En un momento en que la salud mental dejó de ser un tema silencioso para ocupar un lugar más visible en la conversación pública, Ana Lucía Ledesma y Stefany Carrión sintieron algo más profundo que una tendencia: la necesidad personal y profesional de crear un espacio distinto. Uno donde el acompañamiento no se limite a la terapia, sino que se viva como experiencia. Así nace Centro Psicológico NAYA, desde una convicción clara: ofrecer un lugar seguro, cálido y humano, donde cada persona pueda sentirse escuchada de verdad.

Antes de convertirse en proyecto, esa idea ya existía en ambas. Ana Lucía desde el ámbito educativo, observando durante más de una década cómo el mundo emocional de los niños se construye entre la familia y el colegio. Stefany, desde el trabajo clínico, acompañando procesos individuales más profundos. Se conocieron en un curso de disciplina positiva y, casi sin buscarlo, encontraron algo en común: una misma forma de entender la psicología, con habilidades distintas que se complementaban con naturalidad. NAYA no apareció como una decisión estratégica, sino como una consecuencia lógica de ese encuentro.
Más que un centro, se construye desde lo que ellas llaman la experiencia. Un enfoque que pone en el centro el vínculo, la empatía, la calidez y la calidad humana en cada proceso, sin dejar de lado el rigor profesional y la base científica que sostiene su trabajo.
El espacio como parte del proceso
En NAYA, la experiencia terapéutica empieza antes de la sesión. Empieza desde que alguien cruza la puerta.
Cada detalle ha sido pensado para generar una sensación distinta a la de un consultorio tradicional. La luz natural, los colores asociados a la calma y la esperanza, las áreas verdes y la presencia constante de la naturaleza no cumplen solo una función estética. Son parte activa del proceso emocional. En la sede de La Encantada de Villa, el sonido de las aves, los árboles, la cercanía con el mar y la tranquilidad del entorno funcionan como reguladores naturales en una ciudad que rara vez se detiene.
En San Isidro, esa misma intención se traduce en un espacio que, en medio del ritmo urbano, mantiene una atmósfera de pausa. Porque para NAYA, no se trata solo de dónde ocurre la terapia, sino de cómo se siente estar ahí.
A eso se suma algo menos visible, pero igual de importante: la calidez humana. Desde quien recibe en la puerta hasta cada integrante del equipo, hay una intención clara de hacer que quien llegue se sienta acompañado, contenido y en confianza desde el primer momento.


Un enfoque interdisciplinario en cada etapa
Dentro de NAYA, el trabajo terapéutico se construye desde una mirada interdisciplinaria. No se trata de un solo tipo de atención, sino de un equipo que integra distintas especialidades según la etapa de vida y las necesidades de cada consultante.
El centro acompaña procesos desde el periodo perinatal —incluyendo embarazo, infertilidad y postparto— hasta la infancia, adolescencia y adultez. En ese recorrido, cuentan con especialistas en psicoterapia infantil, adolescentes y adultos, así como en terapia de pareja y familia, y en trastornos de la conducta alimentaria.
A esto se suma un área enfocada en neurodesarrollo, donde se abordan casos como TDAH y condiciones dentro del espectro autista nivel 1, en articulación con otras disciplinas como neuropediatría. Este enfoque se complementa con el trabajo en terapia ocupacional e integración sensorial, ampliando la forma en que se entiende y acompaña el bienestar emocional.
Más que dividir los casos, la lógica es integrarlos. Entender que cada proceso requiere una mirada amplia, coordinada y sostenida en el tiempo.
La sesión cero y el rol activo del consultante
Dentro de NAYA, las personas no son pacientes, son consultantes. El término no es casual. Refleja un enfoque donde quien llega tiene un rol activo en su proceso.
Ese proceso comienza con la sesión cero: un primer encuentro guiado por las directoras, donde no solo se escucha el motivo de consulta, sino que se profundiza en lo que realmente necesita cada persona o familia. Es un espacio de orientación que permite definir un camino claro, establecer objetivos y asignar al especialista más adecuado.
En algunos casos, eso implica ajustar expectativas. Niños que no necesitan terapia, sino padres que requieren acompañamiento en crianza. Adultos que llegan buscando respuestas específicas y encuentran nuevas formas de abordar lo que les ocurre. La sesión cero funciona como un punto de partida más consciente, evitando procesos a ciegas.

Acompañar, no solo comprender
En el trabajo con niños y adolescentes, parten de una idea simple: el proceso no ocurre solo dentro de la sesión.
Por eso, el acompañamiento incluye activamente a la familia. No solo para comprender lo que sucede, sino para brindar herramientas concretas, generar cambios sostenibles y construir nuevas formas de relacionarse. Hay encuentros periódicos con padres, desde sesiones quincenales hasta mensuales, según cada caso, y un trabajo constante que busca alinear el proceso terapéutico con la dinámica del hogar.
El enfoque no busca señalar responsables, sino entender que las dificultades se construyen en contexto y que también ahí pueden transformarse. Bajo esa lógica, el respeto es un principio transversal: no depende de la edad ni del rol, sino de la forma en que se construyen los vínculos.
La idea de fondo es clara: acompañar implica estar presentes, sostener procesos y ofrecer herramientas desde una mirada respetuosa, empática y basada en evidencia.
Más allá del consultorio
Aunque NAYA sigue creciendo, su propósito no se mide solo en número de sedes. Su interés está en llevar esta forma de entender la salud mental a más espacios.
Por eso, además del trabajo clínico, Ana Lucía y Stefany desarrollan charlas y talleres en colegios y comunidades educativas, apostando por la prevención y la promoción del bienestar emocional desde etapas tempranas.
A futuro, imaginan expandirse a otras ciudades del Perú, manteniendo la misma esencia: un enfoque donde el vínculo humano, la calidez y la ciencia conviven.

Porque, al final, la idea que sostiene todo es simple: conocer teorías y dominar técnicas importa, pero cuando alguien llega con su historia, lo esencial no cambia. Antes que cualquier método, está el encuentro entre dos personas.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Revista Signature