Centro Psicológico NAYA: La apuesta por una nueva cultura de bienestar emocional

POR NATALY

En un momento en que hablar de salud mental dejó de ser un susurro privado para convertirse en una conversación pública, Ana Lucía Ledesma y Stefany Carrión decidieron construir un lugar donde esa conversación pudiera...

En un momento en que hablar de salud mental dejó de ser un susurro privado para convertirse en una conversación pública, Ana Lucía Ledesma y Stefany Carrión decidieron construir un lugar donde esa conversación pudiera ocurrir de verdad. No como discurso, sino como experiencia. Así nació Centro Psicológico NAYA, un espacio pensado para acompañar la vida completa de una persona, desde los primeros meses antes del nacimiento hasta las preguntas más silenciosas de la adultez.

Cuando dos trayectorias se encuentran

Antes de que NAYA existiera como proyecto, Ana Lucía y Stefany ya compartían una inquietud común. Ambas venían de años de trabajo clínico, aunque desde lugares distintos. Ana Lucía había pasado más de una década dentro del mundo educativo, observando de cerca cómo las emociones de los niños se entrelazan con la dinámica familiar y escolar. Stefany, en cambio, había desarrollado su carrera completamente dentro del consultorio clínico, acompañando procesos individuales más profundos y prolongados.

Se conocieron en un curso de disciplina positiva. Primero de manera virtual, como ocurre con muchos encuentros profesionales hoy. Lo que empezó como una coincidencia académica pronto se convirtió en algo más claro. Descubrieron que compartían una forma muy similar de entender la psicología, pero con habilidades distintas que se complementaban con naturalidad. No tardaron en reconocer que ese punto de encuentro podía convertirse en un proyecto mayor.

La idea de NAYA surgió desde ahí. No como una empresa que debía abrirse, sino como una extensión natural de una convicción que ambas tenían desde hacía tiempo: que la salud mental necesita espacios que miren a la persona completa, no solo al síntoma.

El consultorio que no quiere parecer consultorio

En NAYA hay una decisión que se repite en cada detalle. La experiencia terapéutica no empieza cuando la sesión comienza, sino mucho antes. Desde la puerta.

Ana Lucía explica que querían alejarse del imaginario tradicional del consultorio psicológico. Ese lugar blanco, silencioso y distante que a veces hace que quien llega se sienta más observado que acompañado. Por eso el espacio fue pensado con otra lógica. Colores que transmiten calma, luz natural, áreas verdes y una arquitectura que invita a quedarse sin prisa.

En la sede de La Encantada de Villa, el entorno natural se vuelve parte de esa experiencia. No como un recurso estético, sino como una forma de regulación emocional. El sonido de las aves, la cercanía con el mar, los árboles y los espacios abiertos crean una pausa poco habitual en una ciudad como Lima, donde la velocidad suele dominar la rutina. Para muchos consultantes, esa pausa ya es el primer paso del proceso.

La sede de San Isidro responde a la misma filosofía, aunque en un contexto urbano distinto. Una casa blanca en medio de edificios de concreto, discreta pero reconocible para quienes ya saben lo que buscan al tocar su puerta.

El momento en que alguien decide pedir ayuda

Dentro del lenguaje de NAYA hay una palabra que revela mucho sobre su enfoque. No hablan de pacientes. Prefieren decir consultantes.

Stefany explica que el término refleja un cambio en la forma de entender la terapia. La persona que llega no ocupa un rol pasivo ni espera que alguien le entregue respuestas. Llega a consultar algo de su vida. Algo que quiere comprender, transformar o atravesar de otra manera.

Ese primer encuentro ocurre en lo que llaman la sesión cero. Es una conversación inicial dirigida por las propias directoras del centro. No es todavía terapia en el sentido clásico, sino un espacio para entender qué está pasando y qué tipo de acompañamiento puede ser realmente útil.

A veces la respuesta no es la que la familia esperaba. Hay padres que llegan convencidos de que su hijo necesita terapia y descubren que el proceso debe comenzar con ellos. O personas adultas que pensaban necesitar un tipo de tratamiento y encuentran otro camino más adecuado. La sesión cero funciona como una brújula. Evita que el proceso empiece a ciegas.

La familia como parte de la ecuación

En el trabajo con niños y adolescentes, NAYA sostiene una premisa sencilla que cambia toda la dinámica terapéutica. El niño pasa una hora a la semana con su terapeuta. El resto del tiempo está en casa.

Por eso el proceso no puede ocurrir solo dentro del consultorio. Las familias participan activamente en el acompañamiento. Hay reuniones periódicas con los padres, espacios para revisar estrategias de crianza y conversaciones que ayudan a construir un lenguaje emocional compartido.

La idea no es buscar culpables. Al contrario. Stefany suele explicar a las familias que en terapia nadie es el problema. Lo que existe es una situación que necesita nuevas herramientas para resolverse. Cuando los padres se involucran en ese aprendizaje, el proceso avanza con mucha más claridad.

En esa lógica también aparecen otros especialistas dentro del centro. Psicólogos dedicados a distintas etapas de la vida, profesionales enfocados en trastornos de la conducta alimentaria, terapia de pareja, neurodesarrollo y próximamente un espacio dedicado a terapia ocupacional e integración sensorial.

La salud mental, en NAYA, se entiende como un trabajo de equipo.

La filosofía que quieren expandir

Aunque el centro continúa creciendo, Ana Lucía y Stefany no hablan de expansión en términos tradicionales. Su mirada está puesta en algo más amplio. Llevar la conversación sobre salud mental a los lugares donde todavía llega poco.

Ambas dedican parte de su tiempo a dictar charlas en colegios y espacios educativos. Para ellas, la prevención es tan importante como la terapia misma. Hablar con padres y docentes antes de que aparezcan los conflictos puede cambiar muchas historias.

A largo plazo, imaginan que NAYA pueda abrir nuevas sedes y llegar a otras ciudades del Perú. No con la lógica de replicar un modelo empresarial, sino con la intención de extender una forma de trabajo que combina vínculo humano, calidez y rigor científico.

Porque al final, la idea que sostiene todo el proyecto es más simple de lo que parece. Stefany suele repetir una frase que ha acompañado su carrera desde que terminó la universidad: aprender todas las teorías y dominar todas las técnicas es importante, pero cuando se está frente a un alma humana, lo primero es ser otra alma humana.

Tal vez por eso quienes llegan a NAYA no hablan solo de terapia. Hablan de un lugar donde, por un momento, el ruido de la ciudad queda afuera y la conversación vuelve a lo esencial. A entender lo que sentimos. Y a aprender, poco a poco, cómo vivir mejor con ello.

Escribe: Nataly Vásquez

Fotos: Revista Signature

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