Para Janina De Las Casas, el lujo en el diseño de eventos personalizados no se mide en materiales ni en exceso, sino en algo menos visible y más difícil de construir, la capacidad de convertir a una persona en un espacio, de hacer que un evento no solo represente a alguien, sino que lo traduzca sin necesidad de explicarlo.

Leer antes de diseñar
El proceso no empieza con referencias ni con tendencias. Empieza con una conversación que no busca respuestas rápidas. Janina escucha, observa, conecta. Hay una intención clara de ir más allá de lo que el cliente dice que le gusta, porque no siempre coincide con lo que realmente lo representa. Esa diferencia, que suele pasar desapercibida, es donde empieza su trabajo.
A partir de ahí, el diseño no se construye desde lo evidente. Los primeros acercamientos no son renders ni propuestas cerradas, sino lecturas. Mood boards que no necesariamente hablan de eventos, pero sí de sensaciones. Cuando el cliente se reconoce en esa interpretación, el proyecto avanza. Si no, se vuelve a empezar.



Lo que no se alquila
En un mercado donde gran parte de los eventos se arma a partir de catálogos, Janina trabaja desde otro lugar. Muchos de los elementos que aparecen en sus proyectos no existen antes del evento. Se diseñan, se producen, toman tiempo. A veces meses. No como un gesto de complejidad, sino como una forma de asegurar que lo que se construye no pueda repetirse.
Ese enfoque redefine lo que significa la experiencia de lujo en eventos. No se trata de sumar capas, sino de elegir con precisión qué elementos deben sostener todo. Puede ser un gran cuadro construido con piezas de madera pintadas en distintos tonos, una estructura suspendida que reinterpreta una lámpara sin serlo del todo, o incluso un techo diseñado para transformar por completo la entrada de un espacio. Son decisiones que no buscan llenar, sino ordenar.



Contra la repetición
Las referencias llegan, es inevitable. Pinterest, redes, imágenes que funcionan como punto de partida. Janina las usa como lectura, no como destino. Le sirven para entender, no para replicar. La distancia entre inspiración y copia es clara, y también es una línea que no cruza.
En esa decisión hay una postura. No todo lo que funciona afuera tiene sentido dentro de cada historia. Por eso, más que seguir tendencias, el trabajo consiste en filtrar. En decidir qué suma y qué sobra. En sostener una identidad incluso cuando eso implica decir no.



El gesto que permanece
Con el tiempo, su lenguaje se ha ido afinando. No como una firma evidente, sino como una forma de trabajar donde siempre hay un elemento que no se repite. A veces es una estructura, otras una composición, otras una pieza que concentra la atención sin necesidad de imponerse.
Ese gesto no busca protagonismo inmediato. Funciona de otra manera. Se queda en la memoria, aparece después, cuando el evento ya pasó y lo que queda no es la suma de detalles, sino una sensación clara de haber estado en algo que no se parecía a nada más.

Janina no habla de eventos en plural, aunque los haga constantemente. Habla de cada uno como si fuera el único que importa. Y en esa insistencia hay una idea que se mantiene: cuando el diseño logra representar a alguien con precisión, el resultado deja de ser decorativo. Se vuelve personal, y eso es lo que realmente permanece.
Escribe: Nataly Vásquez