En 2012, DYM Grupo Inmobiliario comenzó con una pregunta bastante concreta: cómo hacer posible que una familia de ingresos medios pudiera vivir bien ubicada en Lima sin tener que asumir una deuda que excediera sus posibilidades. Trece años después, con 11 edificios entregados y más de 200 familias acompañadas, aquella pregunta sigue presente, aunque el negocio haya crecido y el mercado haya cambiado. Su respuesta pasa por una idea menos vistosa que un gran proyecto de amenities, pero mucho más exigente: entender dónde vale la pena vivir y qué necesita realmente una vivienda para funcionar.

Una idea que empezó en el límite
El primer terreno de DYM estuvo en Surco, cerca del límite con Barranco. Esa ubicación terminó siendo más que el punto de partida de la empresa. Se convirtió en una forma de mirar Lima y encontrar oportunidades allí donde la proximidad entre distritos puede cambiar de manera importante el valor de una vivienda.
La lógica era ofrecer una ubicación conveniente, buenos acabados y una experiencia residencial cercana a la de un distrito más aspiracional, pero sin trasladar completamente ese costo al comprador. El primer edificio tuvo apenas 10 departamentos y también dejó las primeras lecciones. La empresa todavía no tenía historial para trabajar con los bancos, hubo plazos que se subestimaron y vender departamentos sobre planos exigió construir una confianza que todavía no existía.
DYM creció aprendiendo desde todos los frentes del negocio. Los socios estuvieron en oficina y obra, coordinaron compras y proveedores, atendieron clientes y asumieron tareas que, en una empresa que recién empezaba, simplemente tenían que hacerse. Esa cercanía con el proceso terminó moldeando una manera de trabajar que todavía permanece: conocer el proyecto desde dentro y entender que el resultado de un edificio depende de una larga cadena de decisiones cotidianas.
La confianza también se construye después de las llaves
Comprar una vivienda no se parece a cualquier otra decisión de consumo. Para muchas familias significa comprometer ahorros acumulados durante años y asumir un crédito que puede acompañarlas durante décadas. DYM entiende esa dimensión de la compra y plantea el vínculo con el cliente desde un lugar que comienza mucho antes de la entrega del departamento.
La transparencia aparece como una parte central de esa relación. Explicar el producto, el proceso de compra, el financiamiento y el cronograma de pagos forma parte del acompañamiento, pero también lo hace algo tan concreto como llevar al cliente a una obra mientras todavía está en ejecución. Mostrar el avance real, incluso cuando el edificio aún está lejos de verse terminado, supone aceptar que la confianza no depende de presentar una imagen perfecta, sino de permitir que el comprador entienda aquello en lo que está invirtiendo.
La relación tampoco termina cuando se entregan las llaves. Para DYM, una observación o una reparación es una instancia en la que se pone a prueba el vínculo construido durante todo el proceso. La empresa cuenta incluso haber regresado a edificios entregados años atrás para atender situaciones que podían estar fuera de sus obligaciones. Que una familia vuelva a comprar o recomiende la empresa a alguien cercano aparece entonces como una consecuencia de esa relación a largo plazo, más que como una cifra aislada.


Donde cada metro tiene algo que decir
La elección de un terreno comienza con tres preguntas. La primera tiene que ver con la ubicación y con algo más amplio que el nombre del distrito: conectividad, transporte, vías de acceso y servicios que forman parte de la vida cotidiana, desde colegios y mercados hasta farmacias, parques y supermercados. La segunda es económica. El proyecto debe poder sostener una propuesta de vivienda accesible en Lima sin alejarse del público al que DYM busca atender. La tercera mira hacia adelante y considera el potencial de valorización de la zona.
Esa manera de elegir también explica lo que la empresa decide no hacer. DYM no plantea su diferencia a partir de acumular áreas comunes o convertir cada proyecto en una colección de amenities. Cuando el comprador tiene un presupuesto determinado, agregar espacios que luego aumentan el precio del departamento y los costos de mantenimiento puede terminar jugando en contra de aquello que se buscaba resolver.
Por eso la atención se desplaza hacia cuestiones menos evidentes antes de habitar un departamento, pero decisivas después. En superficies de 40, 50 o 60 metros cuadrados, la distribución importa. También la luz natural, la ventilación, el almacenamiento, la cocina y la posibilidad de organizar una habitación sin convertirla en un ejercicio de encaje. El diseño deja de ser una imagen para convertirse en una pregunta práctica: cuánto puede hacer una vivienda con el espacio que tiene.
Los acabados forman parte de la misma conversación. Son aquello que el propietario utilizará todos los días y durante años, de modo que la calidad de la entrega adquiere un peso distinto al de cualquier elemento añadido para hacer más atractivo un proyecto en una presentación. En esa ecuación, diseño y funcionalidad terminan teniendo más relación con la vida cotidiana que con la impresión inicial.
Lima primero, América Latina después
El presente inmediato de DYM está puesto en dos proyectos distintos. Madri Living, en Ate, tendrá 44 departamentos de uno, dos y tres dormitorios, incluidos dúplex en los últimos niveles. Naara, en Barranco, contará con 30 departamentos de las mismas tipologías y también dúplex. Aunque responden a ubicaciones y públicos diferentes, ambos mantienen la línea que la empresa ha desarrollado hasta ahora: departamentos funcionales, bien ubicados y con precios competitivos.
La mirada posterior apunta a una posibilidad mayor: llevar el modelo a otros mercados de América Latina. No como una expansión automática, sino como la búsqueda de ciudades donde exista una brecha similar entre lo que una familia joven de ingresos medios puede pagar y lo que encuentra en el mercado cuando busca una vivienda bien ubicada y funcional. Antes de dar ese paso, DYM plantea consolidar procesos, equipo y capacidad de gestión en Lima.
Ese crecimiento también plantea una tensión interesante para cualquier empresa que ha construido parte de su identidad desde la cercanía. A medida que aumenten los proyectos, será necesario profesionalizar estructuras, incorporar especialistas y gestionar varias obras simultáneamente sin perder agilidad ni la relación directa con los clientes. Al mismo tiempo, el acceso a una primera vivienda seguirá siendo un desafío en un escenario donde el precio del suelo aumenta y los ingresos familiares no necesariamente avanzan al mismo ritmo.


Quizá por eso el futuro de DYM no dependa únicamente de cuántos edificios pueda construir. También estará en su capacidad de resolver una pregunta que permanece vigente desde aquel primer proyecto en Surco: cómo hacer que una vivienda bien ubicada, funcional y de buena calidad siga estando dentro de las posibilidades de quienes buscan convertirla en su hogar. En un mercado donde cada metro cuadrado tiene un precio, encontrar la manera de que cada uno tenga sentido puede ser una forma bastante concreta de entender el desarrollo inmobiliario.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Revista Signature



