La noche limeña se desplegaba lenta sobre San Isidro cuando la embajada de Argentina abrió sus puertas. Adentro, el mármol, las molduras y los ventanales parecían prepararse para una ceremonia íntima: una celebración de territorio y memoria líquida. El Argentina Day no se presentaba solo como un evento comercial, sino como un ritual contemporáneo en el que el vino hacía de puente entre dos países que comparten geografía emocional, historia migrante y una forma particular de entender la hospitalidad. En las bandejas, las copas capturaban la luz cálida de los salones; en el aire, una mezcla de acentos, risas contenidas y promesas de negocio se confundían con los aromas profundos de Malbec, Cabernet Franc y blends blancos que hablaban, sin necesidad de intérpretes, de su origen.


Diplomacia en clave de vino
No se trataba solo de promoción de productos argentinos en Perú. Era otra cosa. Un ejercicio de diplomacia sensorial, donde cada etiqueta era una carta de presentación y cada sorbo, una declaración de intenciones. Empresarios, clientes, sommeliers, miembros del cuerpo diplomático y argentinos radicados en Lima se movían entre mesas y estaciones de degustación como si recorrieran un mapa. Sobre ese mapa se dibujaban tres nombres y sus latitudes: San Rafael y San Martín, en Mendoza, y Cafayate, en Salta.
Las Bodegas Alfredo Roca, desde San Rafael, ponían en escena dos relatos distintos de una misma tierra: el Fincas Malbec, con su carácter maduro, y el Alma Inquieta Cabernet Franc, más vertical, más insinuante, casi como una conversación que comienza en voz baja. A unos pasos, Corbeau Wines, desde San Martín, ofrecía una pausa luminosa: el Mad Bird White Blend, blanco mendocino con espíritu contemporáneo, equilibrando frescura y estructura, pensado para paladares curiosos que buscan algo más que un vino “correcto”. Desde más al norte, en la altura silenciosa de Salta, Vasija Secreta traía su Gata Flora Pink, un rosado de Cafayate que teñía las copas de un rosa preciso, casi cinematográfico, y que parecía hecho a la medida de una noche donde la conversación pedía algo ligero, pero no superficial.



El territorio en la copa
Al centro de la escena, casi como un hilo conductor, se presentaba la Bodega Mi Terruño, con sus Malbec, Cabernet y su Cabernet Franc Reserve. En cada etiqueta, la promesa de un concepto que en Argentina es casi una filosofía: el terruño como identidad, como biografía concentrada. Los invitados no solo degustaban vinos; recorrían texturas, altitudes, suelos. Hablaban de taninos y de barricas, pero también de clima, de familia, de pequeñas decisiones que se toman en la viña y que, años después, terminan definiendo la experiencia en el paladar de un comensal limeño.
Entre copa y copa, las conversaciones derivaban hacia acuerdos futuros, colaboraciones posibles, cartas por rediseñar. Un sommelier peruano anotaba mentalmente cómo integrar un Malbec más expresivo en maridajes con cocina nikkei; un empresario veía en el Cabernet Franc una oportunidad para renovar la oferta de su restaurante. Mientras tanto, los argentinos residentes en Lima encontraban, en esos vinos, una forma delicada de regresar —por un instante— a su propia geografía afectiva.





Una noche entre mapas y música
La música, discreta pero presente, iba marcando el ritmo de la velada. No era protagonista, pero sí telón de fondo emocional. Funcionaba como lo hacen los buenos maridajes: sin imponerse. Entre notas y acordes, el salón se convertía en una coreografía sutil de trajes, vestidos, copas y gestos de reconocimiento. Se brindaba por la relación bilateral, por las oportunidades de mercado, por el crecimiento del consumo de vino en el Perú; pero también se brindaba, sin necesidad de palabras, por algo más esencial: la posibilidad de que un producto agrícola, trabajado con paciencia y obsesión, pueda convertirse en una experiencia cultural compartida.
Cuando la noche comenzaba a desarmarse y las últimas copas se servían con la confianza de quienes ya han encontrado su etiqueta favorita, quedaba claro que el Argentina Day había logrado algo que trasciende la agenda oficial. En la embajada, convertida por unas horas en una casa abierta al paladar peruano, el vino operó como lenguaje común: un idioma hecho de aromas, texturas y silencios compartidos. Afuera, San Isidro retomaba su ritmo habitual. Adentro, entre botellas vacías y notas tomadas apresuradamente, persistía una certeza: hay encuentros que se miden en acuerdos firmados, y otros que se miden en la memoria de una copa que, por alguna razón difícil de explicar, uno desearía volver a servir.
Escribe y fotos: Nasim Mubarak