Jaime Custer: Cuando la magia encuentra una voz

POR NATALY

Hay artistas que dominan el truco. Y otros —muy pocos— que entienden el silencio previo al asombro, ese segundo suspendido donde algo íntimo se activa. Jaime Custer pertenece a este último grupo. Su magia no...

Hay artistas que dominan el truco. Y otros —muy pocos— que entienden el silencio previo al asombro, ese segundo suspendido donde algo íntimo se activa. Jaime Custer pertenece a este último grupo. Su magia no irrumpe: susurra. No busca el aplauso inmediato, sino la adhesión emocional de quien observa. En escena, la ilusión se convierte en relato; el gesto, en memoria compartida. Lo que ocurre frente al público no es solo entretenimiento: es un lenguaje que se aprende con el cuerpo y se pronuncia con identidad.

Desde lejos, la magia puede parecer destreza. De cerca, en el universo de Custer, es una forma de decir “aquí estoy”.

El niño que eligió un lugar distinto

A los nueve años, mientras otros ensayaban pertenencias previsibles, Jaime Custer descubría que ser mago era habitar una diferencia. No sabía aún por qué esa elección lo definía, pero intuía que allí había algo propio, una fisura luminosa por donde entrar al mundo. El ilusionismo fue, primero, refugio. Luego, pregunta.

La respuesta llegó en 2018, con apenas diecisiete años, cuando estrenó su primer unipersonal: ¿Mago Revelación? No fue el título lo que marcó un antes y un después, sino la comprensión de que la magia sin relato es ruido breve. Aquella temporada le reveló que el truco necesita un eje, una historia que lo sostenga, una verdad que lo atraviese. La ilusión, entendió entonces, no es un fin: es un medio.

Desde ese momento, cada espectáculo comenzó a construirse como se escribe un texto íntimo: con estructura, transparencia y riesgo emocional. El mensaje era claro y casi infantil en su potencia —“el que lo cree, lo puede”—, pero en su simpleza habitaba una ética. La magia dejó de ser asombro aislado para convertirse en comunicación consciente.

Cinco segundos para capturar el alma

Vivimos rodeados de pantallas, estímulos y desplazamientos rápidos. Se dice —con cierta nostalgia— que el asombro se ha agotado. Custer discrepa. Para él, no ha desaparecido: se ha vuelto exigente.

Hoy, captar atención implica entender el pulso de la época. En redes sociales, el margen es mínimo; en escena, el desafío es similar. La respuesta no está en competir con el ruido, sino en coreografiar la atención. Magia, comedia, pausas, ritmo. Todo dialoga. Todo respira.

El entretenimiento, recuerda, ha sobrevivido a todas las transformaciones técnicas de la historia. Sin sonido y con sonido. En blanco y negro y en alta definición. Las bases permanecen: emoción, identificación, sorpresa, experiencia compartida. El verdadero reto no es resistirse al contexto, sino escucharlo sin perder el centro.

Estética con conciencia

En el trabajo de Jaime Custer, la estética nunca está sola. La acompaña una ética clara, aprendida en casa y refinada con el tiempo. Su comedia es deliberadamente sana. Sus trucos, responsables. Cada decisión escénica pasa por un filtro interno que privilegia el cuidado: del público, del mensaje, de la imagen.

Hay asesoría, escucha y una vigilancia constante sobre lo que se comunica. No por miedo, sino por respeto. Desde su experiencia viviendo en Miami, esta sensibilidad se ha agudizado: leer a los públicos es también una forma de hospitalidad cultural. Adaptarse no significa diluirse, sino comprender desde dónde se mira.

Su pregunta creativa no es “qué está mal”, sino “qué puede hacerse mejor”. En esa formulación habita una visión de futuro más amable para la industria del entretenimiento.

Sembrar legado, no protagonismo

Cuando mira hacia adelante, Custer no se coloca en el centro. Prefiere el rol del amplificador. Le interesan los proyectos con impacto social real, aquellos donde el arte no solo entretiene, sino que redistribuye oportunidades.

No se nombra pionero. Reconoce a quienes ya están haciendo camino. Pero sí se piensa como parte de una red capaz de sostener, traer, mezclar. Artistas internacionales y talento local. Arte callejero y teatral. Alta calidad como punto de partida, nunca como excepción.

El Perú, sabe, está lleno de talento. Lo que falta es inversión, industria, paciencia histórica. Apostar al largo plazo, a la memoria cultural, al legado creativo, es —para él— una responsabilidad generacional.

Y así, mientras la mano ejecuta el truco, la voz narra algo más profundo. Porque en el universo de Jaime Custer, la magia no desaparece al final del acto. Permanece, como una idea que insiste, como un gesto que se recuerda, como ese asombro que, cuando aprende a hablar, ya no se olvida.

Escribe: Nataly Vásquez

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