La luz no cae: se posa. En Marruecos, el sol no ilumina, revela. Bajo esa lógica sensorial se articula la nueva colección de Aguaclara, la casa peruana fundada en 1987 por Liliana y Jorge Villalobos, donde el desierto aparece no como postal sino como estado mental: un territorio de silencio, textura y tiempo dilatado. Inspirada en la mística marroquí y en la transformación de la luz sobre la materia, la propuesta se construye desde fibras nobles, paletas terrosas y siluetas que acompañan el cuerpo con naturalidad, reafirmando una visión compartida por sus fundadores: diseñar sin prisa, con memoria, y con una elegancia que no necesita anunciarse.


El desierto como intuición: cuando la emoción precede a la forma
Toda colección nace de un impulso. En este caso, no fue una silueta ni un color, sino una sensación. Lo exótico y lo místico de Marruecos operaron como un primer llamado: la vastedad del desierto, su silencio denso, la manera en que la luz transforma la materia a lo largo del día.
Ese impulso inicial se traduce en una narrativa estética contenida pero precisa. Paletas terrosas y luminosas, texturas que remiten a lo natural, fibras nobles que dialogan entre sí sin competir. Las prendas no se imponen; conviven. Cada una entiende su lugar dentro de un conjunto orgánico, pensado para moverse con el cuerpo y no contra él.
La comodidad no es una concesión, sino un principio. La ligereza no responde a la tendencia, sino a una filosofía: vestir sin pesar. En Aguaclara, la sensualidad siempre ha sido silenciosa.



Diseñar como ritual: el proceso como lenguaje cultural
Más allá del oficio, la creación en Aguaclara se entiende como una práctica sensible. Un proceso que inicia observando —el entorno, los materiales, el cuerpo— y que se desarrolla en capas, como un ritual contemporáneo.
Primero, los prints: composiciones gráficas que condensan el universo simbólico de la colección. Luego, las siluetas: pensadas para múltiples cuerpos, usos y momentos. Piezas que transitan con naturalidad entre playa, resort y noche, sin necesidad de transformarse.
Aquí, el diseño no busca corregir el cuerpo, sino acompañarlo. Hay una ética implícita en esa decisión: reconocer la diversidad como punto de partida, no como excepción. El ritmo de la colección responde a esa lógica pausada, donde cada prenda tiene tiempo de existir.



Belleza sin prisa: ética, materia y visión de futuro
En un sistema de moda que exige velocidad e impacto constante, Aguaclara insiste en otro tempo. Lo atemporal no es una consigna estética, sino una postura ética.
La elección de fibras —lino 100%, seda 100%, mezclas de algodón y seda— responde a una sensibilidad material que privilegia la calidad por encima de la urgencia. Las siluetas, clásicas y sensuales, se construyen para perdurar, no para agotarse en una temporada.
Cada colección mantiene una coherencia interna, interrumpida solo por algunas piezas de carácter más expresivo, pensadas como acentos. No gritan. Resuenan. En ese equilibrio entre contención e impacto se define la identidad visual de la marca.



Memoria en movimiento: herencia peruana, mirada global
Fundada en 1987 por los hermanos Jorge y Liliana Villalobos, Aguaclara ha construido una identidad profundamente ligada al Perú. Durante años, el imaginario amazónico-andino fue su centro simbólico. Hoy, esa memoria no desaparece: se expande.
Desde 2022, la marca ha comenzado a presentar sus colecciones en destinos como Sudáfrica, México, Francia y ahora Marruecos. No como apropiación estética, sino como intercambio cultural. Cada lugar es entendido como un espacio de resonancia, donde el diseño dialoga sin perder su acento original.
La herencia que se preserva no es solo visual. Está en el respeto por el oficio, por el tiempo que exige el buen hacer, por las fibras naturales y por una producción responsable basada en artesanía latina. Una práctica que forma y empodera a mujeres artesanas, consolidando un legado que trasciende la prenda.



Aguaclara no diseña para el instante. Diseña para el viaje. Para esa mujer cosmopolita que entiende el lujo como experiencia, no como exceso. Que valora la versatilidad, la calidad impecable y la posibilidad —casi secreta— de empacar más de doce historias en un solo carry-on.
En esta colección, el desierto no es un destino. Es una metáfora. Un recordatorio de que la verdadera sofisticación ocurre cuando el diseño aprende a escuchar el silencio.
Escribe: Nataly Vásquez