Juliana Oxenford: La mujer detrás de la periodista

POR NATALY

Juliana Oxenford no cambia cuando se apagan las cámaras. Su vida cotidiana transcurre entre rutinas simples —hacer compras, estar con sus hijos, cumplir horarios familiares— y una convicción clara: primero ellos. La exposición pública nunca...

Juliana Oxenford no cambia cuando se apagan las cámaras. Su vida cotidiana transcurre entre rutinas simples —hacer compras, estar con sus hijos, cumplir horarios familiares— y una convicción clara: primero ellos. La exposición pública nunca llegó de golpe; fue parte de un recorrido largo y progresivo que comenzó a los 19 años y que nunca la alejó de quién es fuera del set. En esta entrevista no buscamos conocer a la figura televisiva, sino a la periodista y madre que no separa lo público de lo íntimo, porque entiende su identidad como una sola.

La familia como centro de gravedad

Juliana no habla de refugio como quien se esconde. Habla de casa. De la casa de su madre, de los almuerzos que no se negocian, de los hermanos como ancla emocional. Creció en un entorno sin excesos, con carencias económicas y una estructura familiar que nunca permitió que los pies se despegaran del suelo. Incluso cuando la independencia llegó temprano —productora a los 23, reportera viajando por el mundo durante trece años—, el eje no se movió.

Su hogar no siempre fue un espacio físico propio. Durante mucho tiempo, fue volver. Estar. Aparecer de alguna forma, incluso si ese día tocaba Nueva York o una inundación en Piura. La rutina, para ella, no es repetición: es pertenencia.

Exposición que no llega de golpe

No hubo un antes y un después traumático. La exposición fue progresiva, casi orgánica. El público la vio pasar por el fútbol, la reportería de bajo perfil, la investigación dura, la radio, los dominicales, el prime time, la conducción, la dirección de programas, el ecosistema digital. La vio crecer, equivocarse, endurecerse, insistir.

Por eso, cuando alguien se le acerca en la calle para una foto, no hay gesto impostado. Hay gratitud. Juliana entiende que su carrera —para bien o para mal— ha sido sostenida por quienes la escucharon, la miraron, la leyeron. Nunca sintió que la televisión la elevara por encima de la vida diaria. Es un trabajo. Con la diferencia de que te reconocen mientras compras verduras y discutes con tu hijo por un Pokémon que no vas a comprarle.

Los silencios que no le pertenecen

Si hay algo que le cuesta, son los silencios impuestos. No porque no sepa resguardar —aprendió a hacerlo, sobre todo desde que es madre—, sino porque el callar por conveniencia no dialoga con su carácter. Juliana protege con firmeza la intimidad de sus hijos. No los muestra, no los expone, no los convierte en extensión de su imagen pública. Ellos no eligieron ser visibles. Algún día, si aparecen, será por decisión propia.

La protección no es solo maternal. Es también periodística. Sabe que la violencia hacia las mujeres en la prensa es real, y que el daño siempre busca lo que más amas. Por eso cuida, no por miedo, sino por responsabilidad.

El periodismo como incomodidad permanente

Juliana no romantiza su profesión. Habla de un oficio duro, inestable, lleno de tentaciones y de colegas que han cruzado líneas éticas. Habla de la vergüenza que eso genera y de la carga de ser metidos todos en el mismo saco. La autocrítica, dice, es diaria. Nunca sale completamente satisfecha de un programa. Es perfeccionista, estructurada, puntual hasta el extremo porque cree que el tiempo es respeto.

Defiende una idea que repite sin nostalgia: para conducir hay que haber estado en la calle. Haber cubierto de todo. Fútbol, economía, política, policiales. Haber visto. Haber pisado. Solo así se puede hablar con coherencia frente a una cámara. El bagaje no se improvisa.

Y aun así, hay cansancio. Hay momentos en los que denunciar parece inútil, en los que todo permanece igual. Pero retirarse no es opción. Cuando se ha apartado —por vacaciones o por silencios impuestos— ha sentido abstinencia. Porque el periodismo, en su caso, no es un rol: es ADN.

La vulnerabilidad que no es debilidad

Se define como sensible, vulnerable. Y lo dice sin dramatismo. Llora frente a cámaras, se equivoca, se le escapa una grosería, abraza con intensidad, besa a sus hijos sin medida. Tiene escudos, sí, pero no para endurecerse: para proteger lo esencial.

Sabe que genera reacciones extremas. Amor u odio. Nunca indiferencia. Y eso, lejos de preocuparla, le parece sano. Caerle bien a todos siendo periodista sería una señal de alarma.

Una sola Juliana

No hay diálogo interno entre la Juliana pública y la privada porque no son dos. Es una sola persona. La que opina, la que entrevista, la que es madre, hija, amiga. La que a las tres de la mañana tuitea si hay un temblor. La que no puede apagar la mirada crítica. Separar sería despersonalizarse. Y eso no está en sus planes.

Cuando piensa en legado, no menciona programas ni entrevistas icónicas. Habla de honestidad. De no ser dueña de la verdad, pero sí de creer que la verdad es una sola y que hay que buscarla sin cansancio. Prefiere comprar pleitos antes que mentir. Dormir tranquila antes que acomodarse. Si algún día deja el periodismo, no será para cruzar al lado de la comunicación política ni de las líneas editoriales compradas. Ese límite es innegociable.

Quizás, cuando todo pase, no la recuerden por una frase exacta ni por un titular. Tal vez la recuerden como alguien incómodo. Jodido para entrevistar. Intenso, pero honesto. Y en un tiempo donde el ruido abunda y la verdad se negocia, eso —simplemente eso— ya es una forma de permanencia.

Escribe: Nataly Vásquez

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