En Punta Hermosa, la vida sigue el ritmo del mar.
Los días se organizan en función de las olas y el entorno invita a bajar la velocidad. En ese contexto nace El Templo, no como un hospedaje tradicional sino como una casa que abre sus puertas de manera cálida a viajeros de todo el mundo.
Fundado por Mariel Sifuentes y Mathias Bertotto, el proyecto surge de una decisión personal: dejar la ciudad, mudarse frente al mar y construir un espacio donde el descanso sea una experiencia real, sencilla y sostenida en lo cotidiano.

Cuando el cuerpo entiende antes que la cabeza
Llegaron por separado, pero buscando lo mismo. Bajar el ritmo. Dormir mejor. Estar más presentes. El mar, sin pedir permiso, ordenó todo. La vida cotidiana empezó a sentirse más liviana, más clara, más sana. En ese cambio, Mariel y Mathias reconocieron algo que valía la pena compartir.
Por su lado, Mathias soñaba con abrir una surf house y Mariel con tener un hotel frente al mar cuando se jubile. ¿Por qué esperar? No hubo un plan de negocios ni una estrategia de mercado. Hubo intuición y muchas ganas. El Templo nació así: como una extensión honesta de la forma en que Punta Hermosa les enseñó a vivir.


Habitar el viaje
El Templo propone una forma de viajar y de vivir.
Su eslógan “viaja y siéntete como en casa” refleja muy bien el cuidado del descanso, la calidez del trato y el silencio, a partir de las once de la noche, se convierte en ritual.
No hay televisores en las habitaciones. No como prohibición, sino como una invitación a leer, a caminar, a abrir una conversación, a escuchar el mar. La mayoría de quienes llegan buscan lo mismo y esa afinidad construye comunidad sin esfuerzo. Se comparten desayunos, sesiones de surf, caminatas lentas o simplemente el no hacer nada. Incluso en estadías breves, la sensación es la misma: pertenecer, aunque sea por unos días.

Un lugar diseñado para descansar
Todo en El Templo responde a una idea clara de bienestar. Dormir bien es prioridad. Los espacios comunes son amplios, abiertos al mar, pensados para encontrarse o retirarse sin fricción. Terrazas que invitan a quedarse, una piscina amplia, juegos de mesa, mats de yoga y frutas siempre disponibles.
La cocina equipada refuerza esa lógica cotidiana: cocinar cuando se quiere, sin horarios ni protocolos. La experiencia es simple, cómoda y real.
La ubicación termina de cerrar el círculo. El Templo se ubica dentro del condominio Pico Alto, en una calle donde no circulan autos. De noche, el único sonido constante es el mar.


Crecer sin perder el pulso
Punta Hermosa cambia. Gana visibilidad. Se transforma. Mariel y Mathias lo saben y no lo niegan. Pero el crecimiento de El Templo no se mide en expansión acelerada. Se mide en coherencia.
El proyecto se piensa como un espacio de conexión con uno mismo, con otros y con el entorno. Por eso surgen experiencias como retiros de surf, noches de pizza al horno de barro y encuentros espontáneos. Personas de Lima conviven con viajeros de Argentina, Brasil, Uruguay, Inglaterra o Suecia. El intercambio cultural no es un extra, es parte del espíritu.
Mirando hacia adelante, la idea de replicar El Templo en otros lugares del Perú —y quizá del mundo— aparece como una gran posibilidad. La única condición es clara: no negociar la esencia. Pausar. Habitar el silencio. Y recordar que vivir es volver a lo simple.
Al final, El Templo no propone escapar de la realidad, sino recordarla. Que vivir bien no siempre implica más, sino mejor. Y que, a veces, dejarse ordenar por el mar es la forma más honesta de empezar de nuevo.
Escribe: Nataly Vásquez