El motor se enciende temprano y el día todavía no ha terminado de acomodarse. En ese momento previo a la largada, cuando el ruido aún no domina el ambiente, Matías Zagazeta encuentra un tipo particular de calma. No es una calma ingenua ni romántica, sino una que se construye con repetición, disciplina y conciencia del riesgo. En el automovilismo internacional, donde la velocidad suele narrarse desde el exceso, Zagazeta propone otra lectura: competir también es saber detenerse por dentro.

Su ingreso al automovilismo no respondió a una estrategia a largo plazo. Fue, ante todo, una experiencia emocional. De niño, subirse a un kart significaba disfrutar, sentirse libre, estar exactamente donde quería estar. No había una noción clara de sacrificio ni de peligro. Eso llegó después, cuando la carrera empezó a exigir renuncias, constancia y una relación más adulta con el riesgo.
La pasión cuando deja de ser impulso
Con el paso del tiempo, la ambición cambió de forma. Antes, ganar era el objetivo central. Hoy, la mirada es más amplia. Construir una carrera sólida implica entender que el crecimiento no siempre es visible ni inmediato. Implica aceptar los riesgos del deporte sin romantizarlos y sostener la motivación incluso cuando el resultado no acompaña. Para Zagazeta, la pasión sigue siendo el motor, pero ahora está acompañada de responsabilidad y una mayor conciencia personal.
La repetición como entrenamiento mental
Existe una idea extendida de que correr es adrenalina constante. En la experiencia de Zagazeta ocurre lo contrario. Manejar al límite exige calma, control y precisión. Los movimientos se entrenan tantas veces que el cuerpo responde sin necesidad de pensar. Dentro del auto, la mente se despeja. La respiración se ordena. El ruido externo pierde relevancia.
Ese estado de concentración absoluta no aparece por azar. Es el resultado de un entrenamiento que va más allá de lo físico y se convierte en una práctica mental. Cuando cuerpo, mente y máquina están alineados, el rendimiento mejora y la toma de decisiones se vuelve más clara.

Quién eres cuando el resultado no define
En un deporte donde los resultados fluctúan constantemente, definir la identidad a partir de una tabla puede ser destructivo. Zagazeta aprendió a separar su valor personal del resultado del fin de semana. Hay carreras buenas y otras duras, y ambas forman parte del proceso.
Su identidad se apoya en los hábitos diarios. La disciplina, el respeto por los demás, el profesionalismo y la forma en la que se relaciona con su entorno. Eso es lo que permanece cuando las cosas no salen como se espera. En un contexto de alta exposición, la autenticidad se vuelve una elección consciente. No representar un personaje, no vender una imagen que no corresponde con la realidad.

Representar más que un apellido
Correr fuera del país refuerza el sentido de pertenencia. Representar al Perú en circuitos internacionales es una responsabilidad que Zagazeta asume con orgullo. Sabe que no son muchos los peruanos en el automovilismo profesional y que cada paso abre camino para quienes vienen detrás.
Más que dejar un legado competitivo, le interesa dejar un mensaje claro. Que el origen no define el techo. Que con trabajo real, disciplina y disposición a asumir riesgos, es posible llegar más lejos de lo que parecía permitido. Si su recorrido logra que otro joven peruano se anime a intentarlo, el objetivo estará cumplido.

Cuando el motor vuelve a encenderse, no hay discursos ni gestos grandilocuentes. Solo concentración, preparación y una idea clara de por qué está ahí. Para Matías Zagazeta, competir no es escapar del miedo, sino aprender a convivir con él.
Escribe: Nataly Vásquez