Ophelia Studio: Redefiniendo lo cotidiano desde el arte floral

POR NATALY

Hay proyectos que nacen como respuesta a un exceso. Ophelia Studio surge precisamente ahí, en el punto donde el ruido cotidiano comienza a saturar los sentidos y la necesidad de pausa se vuelve urgente. Diego...

Hay proyectos que nacen como respuesta a un exceso. Ophelia Studio surge precisamente ahí, en el punto donde el ruido cotidiano comienza a saturar los sentidos y la necesidad de pausa se vuelve urgente. Diego Alva y Christian Scanabissi no hablan de flores como objetos decorativos, sino como experiencias emocionales, capaces de alterar la atmósfera de un espacio y el ánimo de quien lo habita.

La conversación con ambos avanza con la misma cadencia que sus arreglos. Sin apuro. Con intención. Desde el inicio queda claro que Ophelia no busca competir con la floristería tradicional, sino proponer otra manera de mirar lo natural dentro de la ciudad.

Una memoria sensorial como punto de partida

El origen de Ophelia no se encuentra en una tendencia ni en una estrategia de mercado. Está anclado en una imagen persistente. Diego recuerda acompañar a su padre al mercado cuando era niño. Bajar unas escaleras y entrar a una floristería escondida. El cambio era inmediato. El aire, la luz, los olores. La ciudad quedaba suspendida por un instante.

Esa sensación de refugio es la que hoy estructura la identidad del estudio. Ophelia nace como una pausa deliberada, un intento por reconectar con lo silvestre y lo esencial dentro de la vorágine urbana. No se trata de nostalgia, sino de sensibilidad. De reconocer que el entorno también construye estado de ánimo.

Componer desde la atmósfera

El proceso creativo de Ophelia no comienza con la elección de una flor específica. Comienza con una idea más abstracta. Una temperatura. Un recuerdo. Una escena. Diego y Christian hablan de su trabajo en términos casi cinematográficos. Cada arreglo busca evocar algo reconocible, aunque no siempre evidente.

La curaduría es precisa. Las texturas dialogan entre sí. El color nunca es arbitrario. Un ejemplo claro es su Bosque de Rosas, donde la flor clásica se transforma al ser acompañada por eucalipto y gipsofilias. El resultado no es ornamental, sino ambiental. Hay frío. Hay neblina. Hay una melancolía suave, muy limeña, incluso en pleno verano.

Aquí, el equilibrio visual importa, pero no como fin estético. Importa porque sostiene el relato. Porque permite que el arreglo tenga alma y coherencia emocional.

El cliente como parte del lenguaje

En Ophelia, vender flores no es el objetivo central. Lo es construir significado. Por eso, los pedidos personalizados ocupan un lugar especial dentro del estudio. No se trata de cumplir una solicitud, sino de iniciar una conversación.

El cliente llega con una intención. Un gesto. Un recuerdo que quiere materializar. Diego y Christian traducen ese impulso en botánica. Explican símbolos. Proponen combinaciones. Ajustan tonos. El proceso es colaborativo y profundamente humano. El ramo deja de ser un objeto para convertirse en un mensaje, en un statement que comunica algo sin necesidad de palabras.

Esta manera de trabajar redefine la relación entre creador y cliente. No hay imposición de estilo, pero sí una visión clara que guía cada decisión.

Flores que habitan lo cotidiano

Mirar hacia adelante, para Ophelia Studio, implica expandir su universo sin diluir su esencia. La visión es clara. Trascender la floristería para convertirse en un estudio de diseño y lifestyle, donde lo botánico dialogue con otros lenguajes creativos.

Las flores, en este futuro, no están reservadas para celebraciones puntuales. Habitan la mesa diaria. Acompañan conversaciones reales. Se integran al hogar como piezas de arte vivo. Incluso, se proyectan hacia nuevas colaboraciones donde la botánica se cruza con la moda y la identidad personal.

El objetivo es simple y ambicioso a la vez. Redefinir el ritual de regalar y convivir con flores, no como un gesto ocasional, sino como una expresión de carácter y sensibilidad.

Ophelia Studio no busca sorprender. Busca permanecer. Como esos espacios escondidos que, una vez descubiertos, se convierten en refugio. Un lugar donde lo natural vuelve a tener voz y donde el lujo se entiende como algo más profundo. Tiempo. Silencio. Intención.

Escribe: Nataly Vásquez

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