Alessandra Acevedo habla de moda como quien habla de arquitectura. No empieza por la tela ni por la inspiración, sino por los cimientos. Antes de que Ecru adquiriera forma pública, antes de que su nombre circulara como marca con identidad definida dentro de la moda peruana contemporánea, hubo trece años de trabajo silencioso bajo el paraguas de Duomoda. No es un prólogo romántico. Es una declaración de método.

La escuela que nadie fotografía
Durante más de una década, Acevedo operó en la zona menos visible del negocio: producción, proveedores, desarrollo técnico, márgenes, errores que no podían repetirse. Ese trayecto no construyó una diseñadora; formó una empresaria. Y en un ecosistema donde muchas marcas nacen desde la intuición, esa diferencia pesa.
Duomoda no le dio exposición. Le dio criterio. Entender cuánto cuesta hacer bien una prenda cambia la relación con la creatividad. Saber qué implica cumplir tiempos modifica el entusiasmo. Cuando Ecru apareció, no lo hizo como experimento, sino como consecuencia. La visibilidad llegó después de la estructura.


Creatividad con columna vertebral
En la conversación contemporánea sobre moda, suele plantearse una tensión entre arte y negocio. Acevedo desarma esa oposición con naturalidad. Para ella, la creatividad sin procesos es frágil; la estructura sin visión es estéril. No compiten. Se exigen.
Esa postura se traduce en decisiones incómodas: eliminar productos que funcionan emocionalmente pero no financieramente, frenar expansiones que seducen al ego, reorganizar equipos cuando el crecimiento amenaza con desbordar la coherencia. Ecru no se construye desde la euforia de una colección, sino desde la mirada amplia del proyecto completo. La marca no responde al impulso del momento; responde a una estrategia que entiende la moda como sistema.


Liderar sin pose
El crecimiento de Ecru obligó a Acevedo a un ajuste menos visible: el personal. Soltar control no es un eslogan corporativo; es una práctica que redefine la autoridad. Al inicio supervisaba todo. Hoy entiende que una empresa madura cuando su fundadora deja espacio para que otros tomen decisiones con autonomía.
Separar emoción de estrategia ha sido otro aprendizaje. La moda intensifica todo: la aprobación, la crítica, el riesgo. Pero las decisiones que sostienen una marca necesitan distancia. En ese tránsito, su liderazgo se volvió menos reactivo y más estructural. No se trata de apagar la pasión, sino de administrarla.
La ambición que no grita
Cuando habla del futuro de Ecru, no menciona volumen como primera meta. Habla de solidez. De profesionalizar procesos. De elevar estándares internos antes de ampliar fronteras. La internacionalización no aparece como sueño aspiracional, sino como consecuencia lógica de una estructura lista para competir.
Su mirada global no diluye la identidad; la exige. Competir desde Perú con una marca de moda contemporánea implica asumir que la conversación es internacional, pero la raíz es propia. Para Acevedo, crecer no significa multiplicarse sin medida. Significa evolucionar sin perder coherencia.

La industria suele premiar la velocidad. Alessandra Acevedo parece apostar por otra variable: consistencia. En un entorno que confunde ruido con relevancia, su recorrido —de Duomoda a Ecru— plantea una idea menos vistosa pero más perdurable: que el verdadero lujo empresarial no está en la expansión inmediata, sino en la estructura que la hace posible. Y esa estructura, cuando es sólida, no necesita anunciarse. Se sostiene sola.
Escribe: Nataly Vásquez