El bienestar no siempre irrumpe como una revelación luminosa; a veces llega de forma más discreta, casi doméstica, en medio de una mudanza, de una rutina recién estrenada o de un silencio que obliga a escucharse. En el universo de Alexandra Balarezo, el healthy lifestyle no aparece como una promesa de perfección ni como un destino final, sino como un gesto cotidiano: elegir cuidarse incluso cuando nada está resuelto —o, precisamente, cuando nada lo está—. Su presencia digital, contenida y deliberadamente honesta, se construye a contracorriente de una industria que suele asociar bienestar con control absoluto: aquí no hay urgencia ni consignas grandilocuentes, sino tiempo, proceso y una narrativa que entiende el cuerpo no como un proyecto a corregir, sino como un territorio que merece atención.

Cuando el cuidado deja de ser una meta y se vuelve compañía
Durante años, el bienestar fue para ella una idea condicionada: algo que vendría después, cuando la vida estuviera en orden. Pero el quiebre llegó precisamente cuando ese orden no existía. Mudarse sola a otro país, salir del espacio conocido y convivir con la ansiedad generalizada desmantelaron la noción de un “momento perfecto” para empezar a cuidarse.
Ese desplazamiento —geográfico y emocional— redefinió su relación con el cuerpo y la alimentación. No como disciplinas punitivas, sino como lenguajes de respeto. El cuerpo dejó de ser un obstáculo y se convirtió en un aliado. El bienestar, entonces, ya no fue una exigencia, sino una forma de acompañarse en medio de la incertidumbre.


La constancia como lenguaje íntimo
En sus redes, la constancia no se percibe como rigidez, sino como ritmo. Crear contenido, para Alexandra, es una práctica que combina disciplina, ritual y autoconocimiento. Hay estructura, sí. Pero también escucha. Antes de compartir, aparece una pregunta esencial: desde dónde se está hablando y para qué.
Detrás de cámara existen pausas, dudas y días sin claridad. No todo se muestra. Y esa decisión —la de preservar ciertos procesos en privado— es parte central de su estética. La serenidad que atraviesa su contenido no responde a una estrategia visual, sino a una ética: no forzar el relato, no exponer lo que aún está en tránsito, no convertir la vulnerabilidad en espectáculo.

Estética con responsabilidad
En un entorno digital que confunde bienestar con perfección, su propuesta se sostiene en un equilibrio delicado entre estética, ética y responsabilidad. La belleza, aquí, no es decorativa. Es coherente. Cada imagen, cada rutina compartida, cada reflexión está atravesada por una conciencia clara del impacto que puede tener en otros.
No hay fórmulas universales ni cuerpos idealizados. Hay procesos. Se muestra el antes, el después y, sobre todo, el durante. La disciplina aparece, pero nunca desligada de la autocompasión. El sacrificio existe, pero no desde la exigencia extrema, sino desde una lógica sostenible, pensada para permanecer en el tiempo.


Lo que queda cuando la tendencia pasa
Más allá del crecimiento en redes, Alexandra Balarezo construye algo menos visible y más duradero: un legado humano. La idea de que no es necesario ser perfecto para ser valioso. Que avanzar poco también es avanzar. Que cuidarse no es un gesto superficial, sino una forma profunda de respeto personal.
En su narrativa, el bienestar deja de ser una meta aspiracional y se transforma en una decisión diaria, imperfecta y consciente. Una práctica que no promete resultados inmediatos, pero sí una relación más amable con uno mismo. Y quizá ahí radique su mayor fuerza: en recordarle a quien mira que el equilibrio no se alcanza cuando todo está bien, sino cuando, aun en medio del desorden, se elige quedarse y acompañarse.
Escribe: Nataly Vásquez