Durante más de dos décadas, Fiorella Cochella ha visto cambiar algo más profundo que la medicina veterinaria: la forma en que las personas entienden el amor, la responsabilidad y el vínculo con quienes ocupan un lugar silencioso dentro de la casa. Desde American Pet, la directora médica observa una transformación que ya no trata solo de curar enfermedades, sino de acompañar vidas que, para muchas familias, tienen el mismo peso emocional que cualquier otro integrante del hogar.

Cuando una mascota dejó de ser “la mascota”
Hay un momento en la conversación con Fiorella en el que algo se vuelve evidente: la relación entre humanos y animales ya no responde a la lógica de hace veinte años. Antes, el veterinario aparecía cuando algo iba mal. Una emergencia, un accidente, un diagnóstico inesperado. Hoy la relación es distinta y, sobre todo, más íntima.
Fiorella habla de continuidad, de seguimiento, de confianza sostenida en el tiempo. Lo compara, incluso, con la elección de un pediatra. Nadie cambia de médico con facilidad cuando se trata de un hijo. Y en esa analogía se revela algo sobre el presente: perros y gatos han dejado de ocupar un lugar periférico para convertirse en parte emocional de la estructura familiar.
En paralelo, la salud de mascotas también se ha vuelto más exigente. La conversación ya no gira únicamente alrededor de vacunas o tratamientos. Ahora aparecen temas como longevidad, prevención, envejecimiento saludable y bienestar emocional. Lo veterinario dejó de estar limitado a resolver problemas; cada vez más busca anticiparse a ellos.


Lo que un ladrido intenta decir
Parte de la evolución que describe Fiorella tiene que ver con algo que antes parecía impensable: aceptar que los animales sienten, procesan emociones y responden al entorno de maneras mucho más complejas de lo que se asumía.
Como etóloga, su especialidad está precisamente ahí, en entender el origen de ciertas conductas que muchas veces se etiquetan demasiado rápido como “mal comportamiento”. El perro que ladra sin parar, el gato que araña muebles, la mascota que parece ansiosa o destructiva. Detrás de esas escenas cotidianas suele haber algo menos evidente y más incómodo: necesidades emocionales que no están siendo atendidas.
Fiorella no habla de disciplina desde la imposición. Habla de observación. De entender por qué un perro necesita explorar durante un paseo o por qué un gato requiere espacios donde trepar y refugiarse. La conversación cambia de tono cuando explica que muchas conductas problemáticas nacen, simplemente, de una desconexión entre la vida que llevan los animales y aquello que naturalmente necesitan.
En ese punto, la salud emocional de mascotas deja de sonar como una tendencia reciente para convertirse en una conversación necesaria. No porque sea nueva, sino porque antes no se le prestaba atención.


El otro paciente en una sala de emergencia
Cuando una mascota llega a una clínica en una situación crítica, el escenario rara vez involucra a un solo paciente. Fiorella lo dice sin dramatismo: también llega una familia atravesada por miedo, ansiedad y una sensación de urgencia que pocas veces se verbaliza.
Ahí es donde la atención veterinaria se vuelve algo más amplio que una intervención médica. No basta con actuar rápido. También hace falta explicar, contener y generar una confianza inmediata. El desafío, según cuenta, consiste en trabajar con precisión clínica sin perder humanidad en el proceso.
Dentro de American Pet, ese equilibrio se traduce en protocolos de atención, capacitación continua y una filosofía conocida como fear free, una práctica orientada a reducir el estrés y el miedo en los animales durante consultas o tratamientos. La intención es simple, aunque no necesariamente fácil: que una visita veterinaria no se convierta en una experiencia traumática.
En tiempos donde las personas buscan cada vez más acompañamiento y no solo respuestas, la atención veterinaria integral parece responder a una expectativa distinta. Una donde el cuidado no empieza cuando aparece el problema, sino mucho antes.

Una medicina que también educa
Fiorella insiste varias veces en una idea: la prevención solo funciona cuando existe información. Por eso, además del trabajo clínico, han impulsado espacios de educación para familias que buscan entender mejor a sus mascotas y tomar decisiones más conscientes.
La lógica detrás de esa visión parece sencilla. Si las personas hoy investigan, preguntan y se involucran más, el rol del veterinario también necesita expandirse. Ya no se trata únicamente de diagnosticar, sino de acompañar una relación que atraviesa años, etapas y cambios inevitables.
Hablar de bienestar animal, entonces, implica algo más amplio que buena alimentación o controles médicos. Tiene que ver con rutinas, tiempo compartido, espacios adecuados y una convivencia que reconozca que perros y gatos no existen para adaptarse completamente a la vida humana. También necesitan que la vida humana haga ciertos ajustes para ellos.

Quizá ahí radique el verdadero cambio que Fiorella ha visto durante estos veinte años. La medicina veterinaria se ha sofisticado, sí. Hay más especialidades, más tecnología y tratamientos menos invasivos. Pero lo realmente distinto parece ser otra cosa: por fin empezamos a entender que cuidar bien a un animal no significa solo prolongar su vida, sino aprender a leerla mejor mientras ocurre.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Revista Signature