Una buena mesa empieza mucho antes de que lleguen los invitados. En el caso de Ana Jaime, empieza en una infancia marcada por una madre que encontraba en cocinar, recibir y atender a los demás una forma de demostrar cariño, y continúa hoy en un proyecto que nació durante la pandemia y que encontró, después de un quiebre personal, una manera propia de entender la hospitalidad. Ana Jaime Planner reúne quesos, charcutería, panes, acompañamientos y detalles cuidadosamente elegidos, pero detrás de cada propuesta hay algo menos tangible y bastante más importante: la intención de hacer que las personas se sienten, conversen y disfruten juntas.

Una forma de recibir que viene de casa
Ana no llegó a la mesa desde una estrategia de negocio. Llegó desde la memoria. Creció viendo a su mamá preocuparse por alimentar a los demás, recibir en casa y estar pendiente de que todos se sintieran bien. Con los años entendió que aquella manera de atender tenía algo más profundo detrás: la comida podía ser una forma de decirle a alguien que importaba.
Durante la pandemia decidió convertir ese gusto en un proyecto propio. Dos años después, un quiebre de salud volvió a poner algunas cosas en perspectiva y la llevó a mirar con otros ojos aquello que tenía delante. Las reuniones, los pequeños placeres y el tiempo compartido adquirieron otro valor, y esa mirada terminó entrando también en su trabajo. Ana Jaime Planner comenzó a construirse alrededor de una idea sencilla: una mesa puede ser bonita, pero su verdadero sentido aparece cuando consigue reunir a las personas que están alrededor.
En esa historia también están sus hijos. Ana habla de ellos con una emoción que atraviesa su manera de entender el crecimiento profesional. Verlos sentirse orgullosos de lo que hace se ha convertido en una de sus motivaciones para continuar, incluso después de haber tenido que empezar de nuevo. Su proyecto tiene así una dimensión que no aparece en una bandeja ni en una composición de mesa: la de demostrar que siempre existe la posibilidad de construir algo propio.
Cuando una mesa empieza a parecerse a quien la recibe
Personalizar una celebración, para Ana, comienza por escuchar. Quiere saber qué le gusta al cliente, qué está celebrando y cómo será el espacio donde ocurrirá el encuentro. Incluso una invitación puede convertirse en punto de partida para descubrir colores, referencias o una idea que después aparecerá en la mesa. La propuesta se arma desde ahí, buscando que cada elemento tenga relación con los demás sin que el resultado parezca excesivamente calculado.
Ese equilibrio es importante para ella. Hay una diferencia entre cuidar cada detalle y hacer que todo parezca intocable. Ana prefiere que la composición tenga movimiento, que los distintos tipos de quesos y charcutería convivan con panes y acompañamientos y que las alturas ayuden a construir una mesa con ritmo. Sus pizarras con frases para cada ocasión se han convertido, además, en uno de esos recursos personales que permiten reconocer su trabajo sin necesidad de explicarlo.
Pero existe otra parte de su propuesta que tiene menos que ver con lo visual y más con la confianza. Cuando alguien la contrata, Ana quiere que pueda olvidarse de la mesa y volver a sus invitados. Que no tenga que preguntarse si falta algo, si todo llegó a tiempo o si la composición funciona. En una celebración, esa tranquilidad también forma parte de la experiencia.



Que parezca una obra de arte, pero que se pueda comer
Hay una frase que Ana ha escuchado más de una vez: “parece una obra de arte”. Le gusta, naturalmente, porque sabe que detrás de esa reacción hay una sorpresa que consiguió funcionar. Pero su respuesta interna es bastante más terrenal: ahora hay que comerla.
La anécdota dice mucho de su manera de trabajar. La estética importa, pero no está por encima del propósito. Una mesa puede tener composición, altura, color y una selección cuidada de productos, pero pierde sentido si nadie se acerca, prueba, conversa y vuelve por otro bocado. La buena mesa, en su mirada, no es una pieza para contemplar desde lejos, sino un espacio que se activa con quienes la comparten.
Esa combinación entre cuidado visual y espontaneidad también explica por qué su trabajo no se limita a una lógica de catering. Cada propuesta busca responder al tipo de encuentro y a las personas que lo protagonizan. La mesa funciona como escenario, pero la celebración sigue perteneciendo a quienes están alrededor.
Entre aromas, texturas y nuevas mesas
El siguiente capítulo de Ana Jaime Planner parece llevarla hacia formatos donde la experiencia pueda suceder de una manera más participativa. Sus talleres Entre Aromas y Texturas parten de esa misma vocación por reunir, pero cambian el lugar del espectador. Ya no se trata únicamente de recibir una bandeja terminada, sino de probar quesos, conocer productos, conversar y compartir con otras personas alrededor de ellos.
También existe un interés por ampliar su trabajo hacia el mundo corporativo. Ana imagina experiencias para empresas, equipos, clientes y marcas que no se reduzcan a resolver qué se va a comer, sino que tengan una intención detrás. La buena mesa puede ocupar otros espacios sin perder aquello que la hizo reconocible desde el comienzo: productos bien elegidos, una composición cuidada y una razón para que las personas quieran quedarse un poco más.
Hay algo consistente en esa evolución. Ana quiere probar nuevos formatos, trabajar con proveedores y aliados y ampliar el alcance de su proyecto, pero sin convertir el crecimiento en una excusa para alejarse de su esencia. Su manera de entender el trabajo sigue estando vinculada a una idea que aprendió mucho antes de tener una marca: recibir también es cuidar.



Por eso, cuando Ana habla de sus mesas, la conversación termina regresando a las personas. A los hijos que la miran con orgullo, a los clientes que confían en ella, a los invitados que finalmente se sientan y empiezan a compartir. Lo que queda después de una celebración no siempre es la fotografía de una mesa impecable. A veces es algo mucho más sencillo: haber conseguido que, durante unas horas, todos quisieran estar exactamente ahí.
Escribe: Nataly Vásquez



