El 15 de agosto de 2026, Astrid Torreblanca avanzó hacia el altar del brazo de su padre mientras comenzaban los primeros acordes de What a Wonderful World, de Louis Armstrong. Al otro lado la esperaba Tyler Buttle, vestido con un esmoquin negro confeccionado a medida, mientras los jardines, las flores blancas y los caballos de paso peruano reunían en una misma escena los dos lugares que hoy forman parte de su vida. La celebración en Perú tenía todos los elementos de una boda, pero también algo más íntimo: era la manera en que Astrid y Tyler habían decidido contar su historia, una que seis meses antes había comenzado bajo una temperatura de menos 20 °C, en Canadá.

Dos paisajes para una misma historia
Antes de llegar a Lima, la pareja ya había dicho que sí en Kingston, Canadá. El 7 de febrero, Astrid y Tyler celebraron una primera boda al aire libre, en la intimidad de su propia casa y rodeados por un invierno que había cubierto de nieve el paisaje. Fue una celebración pequeña, cercana a la vida que habían construido juntos lejos de Perú y de las grandes reuniones familiares.
Seis meses después, la escena cambió por completo. Esta vez fueron los jardines, las flores blancas y el universo ecuestre de Astrid los que acompañaron la ceremonia. La madre de Astrid estuvo a cargo de conducirla y los testigos fueron cuatro personas especialmente cercanas a la pareja: Carolina Arévalo y Philip Larocque, sus mejores amigos; Rodrigo Torreblanca, hermano de Astrid; y James Brown, a quien Tyler considera una figura paterna.
La elección decía mucho de la pareja. En lugar de intentar reunir dos culturas bajo una misma estética, dejaron que cada una tuviera su propio lugar. Canadá apareció en la historia como el hogar que comparten; Perú, como las raíces de Astrid y el territorio que Tyler también ha incorporado a su vida.
Cuando una relación cambia de dirección
Astrid y Tyler se conocieron años antes por motivos profesionales. Durante un tiempo fueron colegas que mantenían contacto de manera ocasional, sin que ninguno imaginara que aquella relación terminaría tomando otro rumbo. La transformación llegó en agosto de 2021, cuando volvieron a encontrarse durante un seminario profesional en Austin, Texas.
Una noche decidieron recorrer la ciudad en scooter y, en medio de aquella salida improvisada, algo cambió entre ellos. Lo que hasta entonces había sido una relación profesional adquirió otra dimensión. No hubo una gran escena detrás de ese comienzo, sino una de esas situaciones que, vistas en retrospectiva, terminan marcando un antes y un después.
Hoy viven en Kingston junto a Spencer, de 15 años, y Toby, su perro. Astrid dirige dos empresas peruanas vinculadas al sector de seguridad y Tyler está al frente de una compañía canadiense de desarrollo de software. Sus agendas los llevan con frecuencia entre empresas, aeropuertos y distintos lugares, pero cuando hablan de tiempo juntos suelen volver a algo mucho más sencillo: quedarse en casa o escapar hacia la naturaleza.



La pregunta sobre un lago congelado
La propuesta ocurrió en Canadá, en una cabaña que pertenece a la familia de Tyler desde hace generaciones. La pareja había decidido alejarse de la ciudad y pasar unos días rodeados de nieve, hasta que la mañana del 14 de marzo salieron a caminar sobre el lago congelado.
Fue allí donde Tyler se arrodilló y le pidió a Astrid que se casara con él. Ella dijo que sí entre lágrimas y risas. No hubo invitados ni una puesta en escena pensada para ser compartida con nadie más. El momento perteneció únicamente a ellos y terminó siendo coherente con la manera en que habían empezado a construir su relación, sin demasiadas explicaciones y con espacio para que las cosas sucedieran.
Quizás por eso las dos bodas pueden leerse como capítulos de una misma historia. Una ocurrió en medio del invierno canadiense y la otra en Perú, rodeada por la tradición ecuestre que acompaña a Astrid desde siempre. Entre ambas quedaron seis meses, miles de kilómetros y una vida que ya no pertenece por completo a un solo lugar.
Un vestido que también venía de lejos
Para la ceremonia peruana, Astrid eligió un diseño de Rue de Seine, de silueta alargada y cuello halter, trabajado con encajes, texturas y aplicaciones florales. El vestido llegó desde Nueva Zelanda hasta Perú y tenía un significado que iba más allá de su diseño: había sido un regalo de su madre.
Lo acompañó con un largo velo de tul y un bouquet de peonías blancas, dejando que el vestido concentrara la atención sin necesidad de sumar más elementos. Tyler, en contraste, llevó un esmoquin negro confeccionado a medida por la sastrería Andrés Vargas, en tejido Barrington, una elección clásica que acompañaba sin competir con las texturas del vestido.
La celebración continuó por otro registro después de la ceremonia. Para entrar a la recepción eligieron Uptown Girl, de Billy Joel, y Astrid cambió de look para la fiesta. Entre los nuevos detalles aparecieron unos Manolo Blahnik azules, su propia versión del tradicional something blue y, al mismo tiempo, un guiño reconocible al universo de Carrie Bradshaw.






Cuando las tradiciones dejan de ser ajenas
Los caballos ocupaban un lugar particular dentro de la celebración porque forman parte de la historia de Astrid. Su presencia no fue concebida como una decoración temática, sino como una extensión natural de algo que ya estaba en su vida. Durante la tarde, los invitados pudieron ver un espectáculo de caballos de paso peruano, incorporando una de las tradiciones ecuestres más reconocibles del país a la celebración.
La combinación terminó siendo singular sin necesidad de buscarlo: black tie, flores blancas, caballos y una boda que reunía referencias peruanas y canadienses sin convertirlas en una sola cosa. Entre las imágenes que quedaron de aquella tarde, las de Astrid y Tyler junto a los caballos condensan especialmente bien esa mezcla de mundos que atraviesa su historia.
Incluso la torta siguió esa lógica. Astrid eligió una pavlova creada por Dulcefina, con manjar blanco de chirimoya y frambuesas, en lugar de una composición tradicional de varios pisos. Para cortarla utilizaron el florete de su padre, una pieza que él había llevado durante años como parte de su uniforme de policía.
Ese detalle quizás explica mejor que cualquier otro lo que ocurrió en Perú. La pareja no abandonó las tradiciones de una boda, pero tampoco quiso reproducirlas sin preguntarse qué significaban para ellos. Tomaron algunas, cambiaron otras y dejaron que las personas, los objetos y los lugares importantes de sus propias vidas ocuparan ese espacio.





Entre Kingston y Perú, Astrid y Tyler terminaron celebrando algo más que una boda. Las dos ceremonias hablan de una vida compartida entre países, de una familia que creció alrededor de distintas geografías y de una relación que encontró su propia forma de unirlas. Primero fue el lago congelado, después los caballos de paso; primero el invierno canadiense, después el verano peruano. La distancia entre ambos escenarios era enorme, pero la historia que los llevó hasta allí era exactamente la misma. The Buttles.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Carlos Salazar y Victoria Lumiere



