Hay inauguraciones que no buscan anunciarse, sino revelarse. AYLA abrió sus puertas como se abre un santuario: sin prisa, sin ruido, con una calma que se impone desde lo invisible. Más que un spa, lo que comenzó a respirarse fue un estado. Una forma de entender el bienestar como energía, como pausa consciente, como retorno al origen de la belleza.

Desde el primer gesto, la experiencia estuvo cuidadosamente orquestada. El unboxing —caja personalizada, invitación titulada Agrabah, tarjeta de agradecimiento, stirnband intervenido, vela, amuleto turco y canje AYLA— funcionó como un preámbulo sensorial. No eran objetos, sino símbolos. Pequeñas claves que anticipaban lo que vendría: un espacio donde cada detalle está pensado para detener el tiempo y afinar la percepción.






Un santuario donde la calma habita
Inspirado en el misticismo turco, AYLA se presenta como un lugar de conexión profunda. Aquí, el bienestar no se entiende como un servicio, sino como un acto espiritual. La energía fluye de manera silenciosa, el cuerpo se renueva sin esfuerzo y la belleza —lejos de transformarse— se revela. No hay exceso ni artificio; hay intención, luz contenida y una atmósfera que invita a volver hacia adentro.
Las instalaciones, las texturas, la iluminación y los materiales construyen un lenguaje propio: uno que honra lo ancestral sin replicarlo, que mira al pasado para reinterpretarlo con sensibilidad contemporánea. AYLA no replica un imaginario oriental; lo traduce con respeto, creando un refugio donde la estética es también una forma de cuidado.






El ritual compartido
La inauguración se expandió a través de una experiencia gastronómica pensada como extensión del concepto. El chef Hans Pueller, especialista en cocina de autor, diseñó una propuesta inspirada en Medio Oriente, donde cada plato funcionó como un ritual breve: sabores que no buscan impresionar, sino acompañar. Una cocina que entiende que lo extraordinario puede ser sutil.
En la barra, Chocho Díaz asumió la coctelería desde la sobriedad y la precisión. Cócteles clásicos y de autor, ejecutados con criterio y experiencia, pensados para dialogar con el ambiente sin robarle protagonismo. El gesto final llegó con el café preparado por Nagib Mubarak, CEO de Namuk Cafetería Árabe: café árabe-turco elaborado en arena caliente, una técnica milenaria que convirtió el cierre en ceremonia y memoria compartida.
AYLA no inauguró un espacio. Inauguró una forma de estar. Un lugar donde la calma habita, donde la luz interior despierta y donde el bienestar deja de ser una promesa para convertirse en experiencia. En tiempos de velocidad y estímulo constante, AYLA propone algo más radical: detenerse, respirar y recordar que la belleza, cuando es auténtica, siempre estuvo ahí.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Alex Dupont