Creditomype: Seis años apostando por la confianza como modelo de expansión

POR NATALY

En un mercado donde el crédito suele funcionar desde la distancia y la desconfianza, Creditomype cumple seis años apostando por una lógica distinta. La empresa fundada por Alberto Silvestre nació en plena pandemia, pero su...

En un mercado donde el crédito suele funcionar desde la distancia y la desconfianza, Creditomype cumple seis años apostando por una lógica distinta. La empresa fundada por Alberto Silvestre nació en plena pandemia, pero su origen se remonta mucho antes, cuando a los 19 años abrió una tienda de zapatillas en Gamarra y entendió algo que no aparecía en ningún manual financiero: miles de emprendedores sobrevivían todos los días sin acceso real al sistema bancario. Hoy, con una cartera que supera los 120 millones de soles y sucursales en distintas regiones del país, la fintech peruana celebra un nuevo aniversario consolidando una idea que parecía perder espacio en el negocio financiero: crecer desde la cercanía.

La informalidad como punto de partida

En el Perú, hablar de emprendimiento suele implicar una narrativa aspiracional. Historias de esfuerzo, expansión y resiliencia repetidas hasta convertirse casi en un género propio. Pero el recorrido de Creditomype aparece desde otro ángulo: el de quienes operan fuera de la conversación financiera tradicional.

Silvestre descubrió esa dimensión en Gamarra, uno de los circuitos comerciales más intensos del país. Ahí entendió que la mayoría de pequeños comerciantes no quedaban excluidos por falta de ambición, sino por algo más estructural: informalidad, historial crediticio inexistente y sistemas diseñados para otro tipo de cliente.

La empresa nació en 2020, cuando el mercado todavía estaba atravesado por incertidumbre y parálisis. Mientras buena parte del sector financiero endurecía filtros, Creditomype encontró espacio en quienes seguían necesitando capital para sostener negocios que no podían detenerse. “Un negocio sin capital tampoco progresa”, resume Silvestre. La frase podría sonar funcional si no estuviera respaldada por un contexto donde más del 80% de emprendedores opera informalmente.

Lo interesante es que la compañía no construyó su crecimiento desde la lógica del gran inversionista, sino desde operaciones de escala media y microcréditos que atienden a comerciantes, pequeños empresarios y emprendedoras que históricamente quedaron fuera del radar bancario.

Expandirse antes de saturarse

El crecimiento de las fintech en Perú convirtió el mercado en un territorio cada vez más competitivo. Plataformas digitales, campañas agresivas en redes sociales y modelos completamente remotos comenzaron a dominar la conversación. Creditomype eligió otra dirección.

Mientras gran parte del sector centralizaba operaciones en Lima, la empresa empezó a abrir sucursales en ciudades como Huancayo, Arequipa y Cusco. Próximamente, planea extenderse hacia Trujillo, Cajamarca y Tarapoto. No se trataba únicamente de expansión territorial. Había una lectura más específica detrás: entender que el crédito, especialmente fuera de la capital, todavía depende de vínculos presenciales.

En provincias, explica Silvestre, la confianza sigue siendo un factor decisivo. Un cliente necesita saber que existe una oficina, una persona y una estructura física detrás de la promesa financiera. En ese punto, la empresa encontró una ventaja que hoy considera parte esencial de su identidad.

La estrategia también redefinió su aproximación al marketing. Radios locales, activaciones en mercados, alianzas con asociaciones comerciales y oficinas móviles forman parte de una presencia diseñada para integrarse al ritmo cotidiano de cada ciudad, no para imponer un modelo limeño replicado mecánicamente.

Hay una diferencia importante entre digitalizar un servicio y deshumanizarlo. Creditomype parece haber entendido esa tensión antes que varios de sus competidores.

El crédito como sistema, no como producto

Parte del crecimiento de la empresa también responde a una diversificación que evita depender de un único modelo financiero. Actualmente operan con tres líneas principales: préstamos con garantía hipotecaria, financiamiento vehicular y Hatun Warmi, un programa enfocado en mujeres emprendedoras con microcréditos accesibles.

El nombre —en quechua— no es casual. Tampoco lo es el enfoque. En un país donde gran parte de los pequeños negocios familiares son sostenidos por mujeres, el producto busca insertarse en un segmento históricamente desatendido por las estructuras financieras tradicionales.

Paralelamente, la compañía viene invirtiendo en desarrollo tecnológico con una plataforma propia que permite a sus clientes revisar estados de cuenta y gestionar operaciones digitales. El objetivo de mediano plazo es claro: convertirse en un neobanco.

Pero incluso ahí, la narrativa corporativa evita caer en el entusiasmo tecnológico que domina buena parte del ecosistema fintech regional. La tecnología aparece como herramienta de expansión, no como reemplazo de la relación con el cliente.

Quizá por eso Silvestre insiste tanto en la idea de sistema. Porque cuando habla del futuro de la empresa —una cartera de 500 millones y presencia en cinco países— no lo hace desde la lógica épica del emprendimiento latinoamericano, sino desde algo más operativo: un modelo que considera replicable.

En una región donde las economías informales sostienen buena parte de la actividad comercial diaria, el verdadero negocio no parece estar únicamente en prestar dinero. Está en entender cómo funciona la confianza cuando los grandes sistemas todavía dejan demasiadas puertas cerradas.

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