Épica no nació para seguir una tendencia, sino para instalar una nueva manera de entender el entrenamiento en Lima. En una ciudad acostumbrada a fórmulas conocidas, Malú, Yuvisa y Karol apostaron por una disciplina que exigía educar, insistir y sostener una visión cuando todavía nadie la pedía. Hoy, a días de cumplir un nuevo aniversario este 8 de marzo, el estudio no solo celebra tiempo transcurrido: celebra permanencia.

El riesgo de traer lo que no existía
La historia comienza lejos de Lima. Malú descubre el barre en México y en Madrid, se entusiasma con una disciplina que combina técnica, resistencia y control. Regresa con una certeza: en Perú no había nada parecido. Pilates, yoga o ballet clásico, pero no barre.
Emprender, entonces, no fue una moda sino una respuesta. Viene de una familia emprendedora y entendió que si quería esa experiencia, tendría que crearla. Convocó a Yuvisa, luego a Karol. El primer año fue menos épico de lo que sugiere el nombre: volantes repartidos puerta por puerta, explicaciones repetidas frente a la confusión —“no es ballet para niñas”—, clases vacías, horarios que no funcionaban, miedo real a que no prendiera.
Educar un mercado sin tradición es una forma de resistencia silenciosa. Persistieron. Ajustaron metodología. Convocaron bailarinas profesionales que aceptaron el desafío de traducir técnica clásica en lenguaje fitness. Así comenzó a tomar forma una identidad propia.


Entrenar con propósito
Desde el inicio decidieron que no querían ser “un studio fitness más”. Barre, en Épica, debía ser entrenamiento con propósito. Cincuenta minutos de foco absoluto. Un espacio donde la instrucción no se limita a repetir movimientos, sino a recordar: este tiempo es tuyo.
La mayoría de sus clientas son mujeres. Mujeres que trabajan, que estudian, que maternan, que sostienen. Mujeres que llegan buscando ejercicio y se quedan por algo más difícil de cuantificar: una comunidad donde nadie observa para juzgar. En un contexto donde el acoso en gimnasios es conversación frecuente, el studio se convirtió en territorio seguro. Aquí pueden sudar sin sentirse expuestas.
Lo que más enorgullece a sus fundadoras no es la expansión, sino esa frase que repiten como mantra: “Épica fue el lugar donde decidí elegirme.” No buscan influencers; buscan mujeres reales. Con arrugas, con responsabilidades, con historias en proceso.

Una inauguración con propósito
Cuando el estudio estuvo listo para abrir en marzo del 2023, había varias fechas posibles sobre la mesa. Eligieron el 8. No como un gesto publicitario, sino como una decisión consciente que dialogaba con lo que ya estaban construyendo.
Abrir ese día significaba reconocer el contexto y asumirlo con naturalidad: mujeres creando un espacio para otras mujeres, desde la disciplina, la autonomía y la comunidad. La fecha no definió el proyecto, pero sí lo enmarcó con claridad.
Con el tiempo, ese 8 de marzo dejó de ser solo un día de apertura para convertirse en una referencia interna. Un recordatorio anual de por qué empezaron y de la responsabilidad de sostener, con coherencia, aquello que decidieron inaugurar.

Crecimiento sin estridencia
De una sala pequeña a tres. De cuatro socias haciendo todo —clases, redes, limpieza, edición— a un equipo que hoy supera las veinticinco personas. El segundo local, a puerta de calle, marca una nueva etapa. La barra proteica, la colección propia, la próxima certificación con metodología desarrollada internamente: pasos que responden a una lógica de consolidación, no de exhibición.
Crecen porque la comunidad crece. Porque quienes empezaron el primer día siguen ahí. Porque el avance físico es visible, pero el cambio de postura —literal y simbólico— es aún más evidente. Porque el mercado, que antes no sabía qué era el barre, hoy lo reconoce como tendencia.
Malú habla de expansión a otras ciudades y países sin grandilocuencia, casi como quien verbaliza un compromiso consigo misma. Manifestar, dice, es también trabajar.
Épica no promete transformación inmediata. Propone algo más incómodo: disciplina sostenida. Decidirse, una y otra vez. En tiempos donde el bienestar se consume como contenido, ellas insisten en devolverle profundidad. Y quizá ahí reside su verdadera diferencia: no venden un cuerpo ideal, sino la práctica constante de habitar el propio.
Escribe: Nataly Vásquez