Fiorella Cayo: Cuando el talento se vuelve legado

POR NATALY

Hay infancias que no se recuerdan en silencio. La de Fiorella Cayo suena a guitarras afinándose tarde, a voces que se superponen sin anularse, a un comedor familiar donde el arte no pedía permiso para...

Hay infancias que no se recuerdan en silencio. La de Fiorella Cayo suena a guitarras afinándose tarde, a voces que se superponen sin anularse, a un comedor familiar donde el arte no pedía permiso para existir. No era caos: era expresión en estado puro. Un desorden bonito. Ese pulso —más sensorial que cronológico— sigue marcando hoy cada una de sus decisiones creativas, empresariales y humanas.

Desde ahí se entiende todo lo que vino después.

La casa donde todos hablaban a la vez

Los domingos tenían un ritual propio. Siete hermanos, una mesa larga, canciones que aparecían sin aviso. El padre recitando, cantando Reloj. Una tía improvisando rimas cuando el rap aún no tenía nombre. Otra guitarra sosteniendo melodías que aún hoy viven en la memoria. Y dos niñas —Bárbara y Fiorella— aprendiendo a cantar juntas, sin saber que ese gesto íntimo era ya una escuela de escena, de escucha y de carácter.

Lo que permanece de ese recuerdo no es la anécdota, sino la sensación: todos eran distintos y, aun así, profundamente unidos. Se hablaba encima del otro, pero nadie dejaba de ser oído. Ese exceso de expresión, lejos de disiparse con los años, se convirtió en brújula.

Cuando la libertad se vuelve estructura

De ese origen nace Dance Studio Perú, y más tarde Reborn. El cambio de nombre no fue cosmético. Fue conceptual. Reborn no es solo una escuela: es una arquitectura emocional donde mente, cuerpo y alma dialogan como lo hacían aquellas voces familiares. Un espacio para ser más feliz, dice Fiorella, pero también para reaprender a ser uno mismo en un mundo voluble, acelerado, ruidoso.

Allí conviven el canto, la danza, el teatro musical y algo menos evidente pero esencial: la introspección. Fiorella no solo dirige; enseña. Dicta coreografía moderna, pero también coaching de inteligencia emocional. Habla de nutrición con la misma naturalidad con la que habla de ritmo. Porque —insiste— somos lo que comemos, incluso cuando no lo sabemos. El cuerpo, para ella, no es instrumento: es mensaje.

Elegir desde la conciencia, no desde la urgencia

Cuando produce un espectáculo con más de 380 alumnos y un teatro que debe acoger a 850 personas, la decisión no pasa solo por la logística. Pasa por la atmósfera. Por la magia. Por esa vibración difícil de nombrar que distingue un espacio correcto de uno verdadero. Las mejores decisiones, cree, nacen cuando mente y corazón se escuchan sin jerarquías. El corazón también piensa. Y casi siempre dice la verdad.

Esa lógica atraviesa toda su carrera. Actuar, cantar, dirigir, producir. Decir que sí solo cuando el proyecto suma felicidad, cuando aporta crecimiento personal, artístico o empresarial. Retirarse, incluso de lo atractivo, si algo desalineado amenaza la coherencia.

Ética en tiempos de ruido

Fiorella ha atravesado épocas intensas. Exposición, juicio, simplificación mediática. En lugar de endurecerse, eligió afinar. No se responsabiliza de lo que otros inventan, pero sí de lo que ella sostiene. Sus valores —aprendidos en casa, transmitidos en la escuela— son incorruptibles. La resiliencia no llegó como consigna, sino como consecuencia.

En Reborn no se sigue la moda. Se cuida el contenido. La música no programa negatividad. La estética no se separa de la ética. La elegancia no es pose: es límite. Por eso, cuando alguien no comparte esa visión, se va. No hay ambigüedad en lo esencial.

Crear patria en lo cotidiano

Hay una frase que Fiorella repite con convicción tranquila: vamos creando patria en cada cosa que hacemos. No como consigna política, sino como acto íntimo. Formar líderes emocionalmente sanos, espiritualmente despiertos, físicamente equilibrados. Porque —dice— las personas en paz son más productivas. Y las personas productivas construyen mejores países.

El capital humano, para ella, lo es todo.

Lo comprueba en los años: alumnas que hoy son madres, niños tímidos que encontraron voz, jóvenes becados en Nueva York y Los Ángeles, adultos que regresan con sus hijos. En Reborn no hay finales: hay ciclos que se transforman. Los alumnos crecen y vuelven. El vínculo permanece.

La escena final no ocurre en un teatro. Ocurre cada 25 de diciembre. Una abuela rezando profundamente. Una niña que aprende a llevar a Dios en el corazón. De ahí viene la fuerza, dice. De ahí la fe para avanzar sin que nada la detenga.

Quizás por eso, cuando se piensa el legado de Fiorella Cayo, no aparecen premios ni titulares. Aparecen personas. Vidas tocadas. Voces que ahora se atreven a sonar juntas, sin miedo al desorden. Un desorden luminoso que, cuando es verdadero, también sabe escuchar.

Escribe: Nataly Vásquez

Fotos: Marie y Yasmín Kajatt

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