Franco Silva: El rigor de habitar personajes

POR NATALY

A veces la vocación no irrumpe como un relámpago, sino como una confirmación tardía: en la historia de Franco Silva, la actuación no aparece como obsesión temprana ni como plan estratégico, sino como una revelación...

A veces la vocación no irrumpe como un relámpago, sino como una confirmación tardía: en la historia de Franco Silva, la actuación no aparece como obsesión temprana ni como plan estratégico, sino como una revelación discreta —un padre que observa, una obra escolar, una intuición que se afina cuando el tiempo escolar se agota y el futuro exige nombre— y desde ahí, sin épica ni urgencia, se despliega un camino marcado por una mirada consciente sobre lo humano, donde actuar es menos un destino grandilocuente que una práctica vital: vivir de lo que apasiona, aprender sin descanso y aceptar cada personaje como reto, guiado por una brújula silenciosa que lo acompaña desde el inicio —diviértete— no como ligereza, sino como ética, como razón íntima para entrar y permanecer en escena.

El origen no siempre sabe que lo es

La elección de estudiar artes escénicas no fue un acto heroico, sino una consecuencia. Una recomendación paterna que abrió una puerta que Franco aún no sabía que quería cruzar. Con el paso de los meses, esa decisión fue sedimentando una certeza: el escenario no solo era un espacio de expresión, sino un territorio donde podía pensar el mundo desde el cuerpo.

Esa conciencia inicial no se ha desdibujado con el tiempo. Al contrario. Los personajes que decide habitar hoy dialogan con las mismas preguntas que lo llevaron a actuar: qué nos mueve, qué nos frena, qué historias cargamos sin saberlo. En ese cruce entre biografía y ficción, la actuación se vuelve un ejercicio de atención más que de exhibición.

Construir desde la incomodidad

Actuar, para Franco Silva, es un trabajo de excavación. En proyectos como Pitucas sin Luca, donde el humor y la crítica social conviven en una misma superficie narrativa, el proceso creativo exige algo más que timing o carisma. Exige profundidad.

Antes de que aparezca el gesto, hay preguntas. Objetivos claros. Obstáculos precisos. Un pasado que explica —aunque no justifique— las acciones del personaje. Leer, releer, analizar cada línea como si escondiera una pista. Solo así, sostiene, es posible llegar a una verdad interna que no siempre resulta cómoda, pero que es indispensable para una interpretación honesta.

En ese punto aparece una de sus decisiones más lúcidas: no juzgar al personaje. Separarlo de uno mismo sin negarlo. Comprenderlo para que el espectador pueda reconocerse, incluso —o sobre todo— cuando la risa incomoda. Ahí, en esa fricción, el personaje deja de ser funcional y se vuelve memorable.

Elegir con el tiempo a favor

Como muchos actores jóvenes, Franco atravesó una etapa marcada por la prisa. La idea —errónea, admite— de que la carrera debía correrse como una competencia y no como una maratón. Esa ansiedad lo llevó a aceptar proyectos que hoy miraría con mayor distancia. Pero no hay arrepentimiento en su relato. Hay lectura retrospectiva.

Cada experiencia, incluso las que no repetiría, lo condujo al lugar en el que está ahora: un punto de mayor conciencia profesional, donde la imagen actoral se cuida, se estudia y se negocia. Preguntar más. Informarse mejor. Entender que no todo proyecto suma, y que el crecimiento también implica saber decir que no.

En un medio donde la visibilidad y la inmediatez suelen dictar decisiones, Silva opta por otra lógica: priorizar la tranquilidad y la comodidad como parte del desarrollo artístico. No como refugio, sino como base.

Lo que permanece cuando se apagan las luces

Cuando piensa en legado, Franco no evade el deseo —casi universal— de “hacer la escena”. Esa secuencia definitiva que condense todo el rango actoral y deje huella en la memoria colectiva. Es un sueño que sigue intacto, aunque aún no se haya materializado. La fe, dice, permanece.

Pero hay algo más que busca dejar en cada proyecto, más silencioso y quizá más duradero: un ambiente de trabajo ligero, humano, cómodo. La convicción de que el valor de un actor no se mide solo en pantalla, sino también fuera de ella. En la facilidad para colaborar, en la sencillez del trato, en la capacidad de hacer que otros disfruten el proceso.

Tal vez ahí se insinúa su verdadera herencia. No en una escena icónica, sino en una forma de estar. En entender que las historias que hoy se interpretan no solo construyen personajes, sino también modos de trabajar, de convivir, de imaginar la cultura que vendrá.

Y así, sin prisa y sin estridencia, Franco Silva sigue avanzando. No como quien busca llegar primero, sino como quien ha aprendido —al fin— a caminar con sentido.

Escribe: Nataly Vásquez

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