Entrar a Gioconda Concept Store no se siente como una visita de compra apresurada, sino como una pausa deliberada. Hay color, textura y forma, pero también una intención más profunda que se percibe sin necesidad de explicaciones. La tienda propone algo poco frecuente en la escena local de la moda: una experiencia donde la estética no es un fin en sí mismo, sino una puerta de entrada a la identidad, la representación y la elección consciente.

La historia de Gioconda no comienza con una tienda, sino con una incomodidad. Con la sensación de no verse reflejada en las imágenes que dominaban la moda peruana hace una década. De esa distancia nació La Fulana, una marca de bikinis creada para mostrar la pluralidad real de los cuerpos femeninos. Tallas amplias, biotipos diversos y una narrativa visual que rompía con el canon dominante. Gioconda aparece después, casi como una expansión natural de esa intuición inicial, cuando el espacio físico se convierte en un punto de encuentro entre marcas que comparten valores, sensibilidad estética y una visión más honesta de la belleza.
Cuando la curaduría es una forma de mirada
La selección en Gioconda no responde únicamente a tendencias ni a calendarios de temporada. Su fundadora decidió estudiar moda como una segunda carrera entendiendo que en ella confluyen disciplinas aparentemente opuestas. Psicología, sociología, arte y negocio dialogan en cada prenda. Hay un disfrute evidente por lo visual, las telas, los colores y las texturas, pero también una lectura crítica de lo que la moda comunica y de cómo se construyen los mensajes detrás de cada colección.
La curaduría se vive como un ejercicio activo de observación y criterio. Elegir qué entra a la tienda es también elegir qué historias se cuentan. En ese proceso, el acompañamiento a las clientas ocupa un lugar central. Asesorar no es imponer una imagen, sino ayudar a que cada mujer encuentre las prendas que mejor expresen quién es o quién desea ser. Creativa, clásica, segura, libre. La moda aparece así como un lenguaje personal y no como una fórmula externa.

Belleza con responsabilidad
En un contexto donde la industria de la moda enfrenta cuestionamientos cada vez más urgentes, Gioconda articula una relación clara entre belleza y responsabilidad. El origen del proyecto ya estaba atravesado por esa conciencia. La Fulana solo pudo existir cuando se encontraron materiales responsables, como poliamidas biodegradables y fibras recicladas desarrolladas en la región. Esa lógica se mantiene en la concept store.
La mayoría de las marcas que forman parte de Gioconda producen en el Perú y priorizan procesos más cuidadosos con el entorno y con las personas involucradas. La decisión de comprar se presenta como un acto con impacto real. No solo ambiental, sino también social y cultural. Apostar por producción local, reducir la huella de traslado y evitar cadenas de confección que invisibilizan la mano de obra es parte del mensaje que la tienda busca transmitir con mayor claridad.

Una experiencia que deja huella
Más allá de la prenda, Gioconda aspira a construir memoria. La experiencia de entrar a la tienda se acerca más a una conversación íntima que a una transacción. Un espacio donde la cercanía, la empatía y la escucha tienen tanto valor como el diseño. La referencia a la Gioconda, la Mona Lisa, no es casual. La idea es crear looks memorables para mujeres que también lo son, únicas y difíciles de repetir.
El legado que la tienda imagina no tiene que ver con imponer una estética, sino con habilitar una forma distinta de mirar la moda. Una donde vestirse sea un gesto de libertad y no de corrección. Donde elegir qué ponerse sea una afirmación personal y no una respuesta a expectativas ajenas. En ese equilibrio entre criterio, cuidado y expresión, Gioconda encuentra su lugar. Y lo sostiene, con calma, en un escenario que sigue cambiando.
Escribe: Nataly Vásquez