En una ciudad que todavía calcula cada gesto, Pierina Risi, Adriana Kouri, Joanna Boloña, Gaby Fajardo y Natalie Bourchier decidieron llamarse Imperfectas y sostenerlo sin ironía. El podcast no nació como estrategia sino como necesidad: un espacio donde la conversación no fuera contenido sino postura. En Lima, eso ya es una toma de posición.

El riesgo de nombrarse
Llamarse Imperfectas no fue branding; fue confesión anticipada. Antes de que alguien más lo señalara, ellas lo pusieron en el título. No como excusa, sino como marco. Había algo en sus historias —dudas, errores, contradicciones— que no cabía en el formato rápido de las redes ni en la narrativa impecable que la ciudad suele premiar. El nombre era una manera de proteger esa verdad antes de exponerla.
En esa decisión había una pérdida implícita: la aprobación unánime. Hablar sin filtro, incluso en un ecosistema saturado de exposición, no es sinónimo de impunidad. Es aceptar que la honestidad incomoda. Que no todo el mundo celebra la transparencia cuando deja de ser estética y se vuelve ética. Ellas lo sabían. Aun así, avanzaron.
La vulnerabilidad como diseño
La estética de Imperfectas Podcast no grita. Tampoco pide disculpas. Está pensada. En una ciudad que todavía negocia entre la apariencia y la verdad, ellas eligieron un punto intermedio: cuidado sin artificio, presencia sin espectáculo. No hay caos performático ni dramatización estratégica. Hay intención.
Esa imagen comunica una tesis silenciosa sobre la vulnerabilidad femenina contemporánea: no necesita estridencia para ser profunda. Puede ser elegante sin dejar de ser incómoda. Puede hablar de heridas sin convertirlas en mercancía emocional. En tiempos donde el algoritmo premia el exceso, la contención también es una forma de rebeldía.


Sin roche, pero con límites
Decir “sin roche” podría confundirse con decir “sin consecuencias”. Ellas lo entienden distinto. La honestidad, en su universo, no es licencia para invadir ni para monetizar el dolor ajeno. Es un pacto. Con la audiencia y entre ellas.
En el ecosistema digital peruano, donde la sobreexposición es moneda corriente, decidir qué no contar es tan importante como lo que se cuenta. Ese límite construye la identidad futura del proyecto. No buscan volumen; buscan coherencia. No aspiran a ser virales; aspiran a ser responsables. Y en esa elección hay una visión a largo plazo que trasciende el episodio semanal.
Responsabilidad emocional como legado
Cuando se les pregunta cómo quisieran que se recuerde Imperfectas, la respuesta no se queda en la catarsis. Tampoco en la incomodidad. Hablan de responsabilidad emocional. De crecer mientras se habla. De no romantizar la fractura.
El verdadero impacto, dicen, ocurre cuando alguien escucha y reconoce en voz ajena lo que no sabía nombrar. Ese momento íntimo —silencioso, casi invisible— es el indicador real. No el número de reproducciones. No la tendencia. Si el podcast logra que alguien se sienta menos sola y más consciente, habrá cumplido su propósito.


Quizá ahí reside su sofisticación: en entender que la imperfección no es una narrativa de fragilidad, sino un punto de partida. En una Lima que todavía ensaya su relación con la autenticidad, Imperfectas no propone romperlo todo. Propone algo más exigente: hacerse cargo. Y sostenerlo en el tiempo.
Escribe: Nataly Vásquez