En la conversación con Julio Pérez-Novoa, asumir la dirección de CasaCor deja de sentirse como un nombramiento y empieza a leerse como un punto de continuidad. Su vínculo con la plataforma no es reciente, pero tampoco está anclado en la repetición. Hay una decisión que se toma desde adentro, con conocimiento del recorrido y con una intención clara de ajustar lo que ya existe sin forzar una ruptura.

Una herencia que no se replica
Julio no entra a CasaCor como quien inicia desde cero. Desde 2008 ha estado cerca de una estructura que fue tomando forma con el tiempo, bajo la dirección de Verónica Torres de Haaker y Elena Benavides. Lo que recibe no es solo una plataforma consolidada, sino una forma de trabajo que ha sabido sostenerse más allá de lo expositivo.
Su decisión de asumir este rol no responde a un impulso, sino a una lectura precisa del momento. Hay una intención de continuidad, pero también una necesidad de ajuste. No se trata de cambiar el rumbo, sino de afinarlo. En ese proceso, aparece una idea que atraviesa su gestión: la dirección de CasaCor como ejercicio de precisión, donde cada decisión suma a una lectura más clara de lo que significa diseñar hoy.
Diseñar sin distraerse con la tendencia
Hablar de estética, en este contexto, no pasa por seguir lo que está en circulación. Julio plantea una distancia frente a lo inmediato y propone algo más exigente. La arquitectura contemporánea en Perú no puede sostenerse solo en lo visual si no está respaldada por una idea que le dé sentido.
En CasaCor, esa postura se traduce en espacios que responden a formas de habitar, no a imágenes. La relación con la luz, la ventilación, los materiales y el entorno deja de ser un recurso decorativo y se convierte en una base. Hay una intención de conectar con lo local sin perder relevancia en una conversación más amplia. No desde la referencia evidente, sino desde decisiones que se sostienen en el tiempo.


El criterio como responsabilidad silenciosa
Dirigir una plataforma como CasaCor implica decidir qué entra y qué queda fuera. Julio no lo plantea como un acto de autoridad, sino como una consecuencia de coherencia. El criterio no se impone, se construye, y en ese proceso hay una exigencia que no se negocia.
No todo vale, y decirlo no genera incomodidad, sino claridad. La curaduría en diseño y arquitectura aparece como un filtro necesario para evitar que la propuesta se diluya en estímulos sin profundidad. Cada espacio debe sostener una idea, entender el diseño como un sistema donde todo está conectado y no como una suma de elementos aislados.
Al mismo tiempo, hay apertura. La dirección no se ejerce en solitario. Se alimenta de los profesionales que forman parte de la muestra, de sus procesos, de sus formas de pensar el espacio. Esa tensión entre convicción y escucha es lo que termina definiendo el tono de esta etapa.
Cuando la forma se convierte en lectura
Pensar en lo que queda no implica proyectar una edición específica. Julio se mueve en otro plano. Lo que busca no es que esta etapa sea recordada por un montaje puntual, sino por una forma de entender el valor de lo que se construye.
En ese sentido, la plataforma cultural CasaCor se aleja de la idea de vitrina y se acerca a la de espacio de influencia. Un lugar donde diseñadores y audiencias pueden revisar cómo se habita, cómo se proyecta y qué decisiones están detrás de cada espacio.



La intención no es cerrar una conversación, sino sostenerla en el tiempo. Que el diseño deje de ser solo una respuesta visual y se convierta en una herramienta para pensar mejor. Esa es, en el fondo, la dirección que Julio propone, una que no necesita imponerse para hacerse visible.
Escribe: Nataly Vásquez