Kylla Piqueras: La práctica artística como acto de permanencia

POR NATALY

En la conversación con Kylla Piqueras, a propósito de su participación en Pinta Lima, lo visible parece ser solo una capa. Hay una insistencia en lo que no termina de decirse, en lo que permanece...

En la conversación con Kylla Piqueras, a propósito de su participación en Pinta Lima, lo visible parece ser solo una capa. Hay una insistencia en lo que no termina de decirse, en lo que permanece activo sin explicarse, como si la obra no buscara ser entendida del todo sino sostenida en el tiempo.

Una memoria que no necesita traducción

Kylla no trabaja desde el recuerdo como archivo, sino como presencia. Lo que aparece en su obra no responde a una narrativa lineal ni a una intención de explicar de dónde viene todo, sino a una relación que sigue ocurriendo. Hay territorios, vínculos y experiencias que no se exponen de forma directa, pero que continúan operando dentro de cada pieza. Esa memoria no se vuelve evidente, pero tampoco desaparece. Se mantiene en una especie de tensión constante.

En ese sentido, lo que presenta en Pinta no busca representar un origen, sino sostenerlo activo. La obra no traduce, contiene. Y en esa decisión hay una toma de posición clara frente a un contexto que muchas veces exige claridad inmediata o lecturas cerradas. Kylla parece moverse en otra dirección, una donde lo importante no es que todo se entienda, sino que algo permanezca.

El punto exacto donde detenerse

Hablar de equilibrio en su trabajo puede resultar tentador, pero no es una categoría que ella misma persiga de forma consciente. Más bien, aparece como resultado de un proceso que se ajusta mientras ocurre. Hay una línea delicada entre lo simbólico y lo decorativo, y cruzarla implica vaciar de sentido lo que antes tenía peso.

Kylla confía en reconocer cuándo una pieza deja de necesitarla. Ese momento en el que la obra adquiere cierta autonomía no se fuerza, se percibe. Y ahí decide detenerse. No busca agotar el significado ni resolver todas las capas. De hecho, lo incompleto parece ser parte de su lógica. Mantener un grado de misterio no es una estrategia, es una forma de preservar la intensidad.

Lo que no se toma, se escucha

Trabajar con conocimiento ancestral, en su caso, no pasa por representar ni reinterpretar de forma directa. Implica una relación más compleja, donde el respeto y la escucha tienen un rol central. Kylla entiende que hay saberes que no le pertenecen del todo, y que no todo debe ser llevado al plano visible o exhibido dentro del circuito del arte.

En un contexto global que tiende a simplificar o estetizar aquello que es profundamente situado, su práctica se mantiene en una posición más contenida. No busca traducirlo todo ni hacerlo accesible en términos inmediatos. Hay una dimensión devocional en su vínculo con la naturaleza, una forma de compromiso que no necesita validación externa. Lo que le interesa es que esa relación se mantenga viva dentro de la obra, sin perder su complejidad.

Obras que no se cierran

Una vez que las piezas salen del estudio, Kylla deja de intervenir. No en términos físicos, sino en la forma en que son leídas. No le interesa controlar la interpretación ni dirigir la experiencia del espectador. Prefiere pensar en cada obra como algo abierto, capaz de sostener múltiples lecturas sin perder su núcleo.

Esa apertura no es una renuncia, es una extensión del proceso. Las interpretaciones que se alejan de su intención inicial no le resultan ajenas, sino necesarias. Activan nuevas capas, desplazan el sentido, lo mantienen en movimiento. Lo importante, en todo caso, es que la obra tenga suficiente consistencia para sostener esas variaciones sin diluirse.

Lo que queda después no es una conclusión clara ni una idea cerrada. Es más bien una sensación persistente de que hay algo que sigue ocurriendo, incluso cuando ya no está frente a los ojos. Y quizás ahí radica la fuerza de su trabajo, en esa capacidad de permanecer sin explicarse del todo.

Escribe: Nataly Vásquez

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