Frente a frente, en las instalaciones del hotel Nhow Lima, Carlos Añaños —uno de los empresarios más emblemáticos en la historia del continente— nos abre la puerta de su vida para conocerlo a profundidad. Lo que inicia como una entrevista se convierte en un diálogo sin guiones ni pretensiones: una exploración auténtica del lado humano nunca antes visto del hombre que logró construir un imperio de múltiples marcas con ventas que superan los billones de dólares, 40 fábricas y operaciones en 27 países de América, Asia y África. Una conversación que trasciende el éxito y se adentra en su esencia: sus raíces, hábitos, aprendizajes y todo aquello que lo ha llevado a edificar un legado que bordea las seis décadas de existencia.

Carlos, la mayoría suele presentarte desde tus triunfos: fundador del Grupo AJE, presidente del Patronato Pikimachay y creador de Tiyapuy. Pero dejando de lado el éxito y todas las hazañas que has construido alrededor del mundo, quiero centrarme en tu interior: si despojamos cada logro profesional, expansión y conquista empresarial, ¿quién es realmente Carlos Añaños? ¿Qué queda de ti cuando quitamos al empresario incansable y dejamos solo al ser humano?
—Uy, ¿por qué preguntas tan difícil, Diego? Es una pregunta profunda. Muy linda tu pregunta, gracias. Yo creo que Carlos es una persona humana, un serrano orgulloso que ha crecido en el campo, que tiene sueños como muchos niños, como muchos emprendedores. Y mi sueño fundamental es ver a las personas que menos tienen cada vez mejor; mi sueño es ver a mi Ayacucho cambiado; mi sueño es ver a mi Perú cada día mejor, que vivamos en un espacio de armonía, de paz, porque al final los éxitos pueden ser efímeros. El día que nos vayamos, ¿qué nos llevamos?
Y uno de los temas que a mí me motivó a dejar el mundo empresarial es que en algún momento dije: “No quiero ser un rico más del cementerio”, porque lo más profundo de las personas es la parte humana. Lo más profundo es con quién vivimos, con quién nos rodeamos, quiénes son nuestras amistades, cuál es nuestro espacio físico —desde nuestro barrio, nuestro pueblo, nuestra ciudad y nuestra nación—, qué hacemos por ello.
Un día, almorzando con el conferencista y gran amigo Miguel Ángel Cornejo, me dijo: “Carlos, al final, ¿qué quieres que diga tu epitafio? ¿Qué quieres que diga tu lápida?” Como decimos en Ayacucho: por favor, que en tu lápida no diga: “Nació, murió y nunca supo para qué vivió.” Creo que Carlos es esa persona que quiere que su lápida diga que por lo menos fue un soñador, alguien que siempre quiso ver bien a su gente.
¿Cómo definiría el éxito en sus términos?
El éxito es una palabra compleja y difícil de explicar, porque muchos miden el éxito como un tema económico. Yo ya pasé esa etapa de ver el éxito como un tema económico.
Para mí, éxito es ir a Ayacucho y, cuando recorro las zonas alejadas, llegar a una chiquintirca donde no hay restaurante, preguntar: “¿Dónde puedo comer?”, y encontrar a gente bondadosa que te brinda un plato de comida absolutamente incondicional. Eso es éxito. Éxito es que puedas caminar libremente. Éxito es que seas libre de pensamiento, libre de movilidad, libre de acción. Éxito es poder salir a la calle y mirarle la cara, transparente, a las personas. Éxito es no llevar pasivos escondidos o maldades, o esqueletos —como dicen en el ángulo político— en los armarios. Éxito es verte la cara y poder sonreír con la gente. Éxito es no tener miedo porque no has hecho daño a nadie.
Actualmente, hay una nueva ola de emprendedores en internet que parecen tener rutinas basadas en la disciplina: despiertan temprano, van al gimnasio, luego mantienen reuniones con sus equipos. Me gustaría saber realmente: ¿Cómo es el día a día de Carlos Añaños? A veces uno se imagina: ¿Cómo será el día a día de Bill Gates, Elon Musk? ¿Cómo definiría el día a día de un emprendedor de éxito peruano?
El día a día es largo. Muy largo. Muchos creen que los emprendedores no trabajamos. Trabajamos muchas horas. Yo, cuando trabajaba en AJE hace muchos años, decía: yo tengo la suerte de tener cronológicamente 59 años, pero vividos llego a los 70 y picos, porque duermo menos, porque aprovecho absolutamente todos los espacios de mi vida y hasta sueño con lo que hago, sueño con lo que quiero hacer. Y cuando trabajaba en AJE yo explicaba y decía: yo hasta sueño con las botellitas.
El día a día es diverso. La metodología de algunos es levantarse muy temprano, esforzarse; pero creo que, para mí, los días son —como digo yo— divertidos. ¿Por qué divertidos? Porque yo pasé de esa etapa de ya no solo pensar en qué trabajo. Yo no trabajo: yo lo que hago es divertirme. Por ende, no es una filosofía de: “Wow, cuánto me esfuerzo.” Yo me divierto. Todo lo que hago, todo lo que decido es absolutamente para divertirme. Porque para mí el trabajo es una diversión; no es algo pesado, no es algo que: “Ay, madre mía, un día más tengo que levantarme temprano.”

¿Qué suele hacer en las mañanas al despertar? ¿Tiene algún ritual? ¿Desayuna parametradamente todos los días, como alegan algunos de los CEOs más importantes del mundo?
No, no, no. Yo me despierto y lo primero es que veo noticias. Tengo que estar informado, saber qué ocurre en el mundo. Me gusta ser una persona informada: leo bastante, de todo un poco, y normalmente me pongo al día con mis quehaceres. Porque no te olvides que viajo mucho; y normalmente, cuando amanezco, recibo por lo menos 40 o 50 mensajes que tengo que responder. Me gusta ponerme al día en lo que puedo avanzar y, cuando llego a la oficina, ya llego descargado de mis quehaceres cotidianos. Llego muy tranquilo para enfocarme en el trabajo.
¿Entrena en el gimnasio o practica alguna disciplina que le dé mayor claridad mental para ejecutar sus múltiples proyectos?
No. Estos últimos cuatro años debo reconocer que no. Fácil sería mentirte. No, no. Estos últimos cuatro años no.
En cuanto al régimen alimenticio, ¿tiene alguna alimentación especial?
Respecto al régimen alimenticio, yo soy un amante de la comida peruana. Y eso me lleva a probar todos los platillos, todos los restaurantes. Me gusta recorrer el mundo y probar distintas propuestas, estar en los mejores restaurantes del mundo. Entonces, eso no me permite tener un régimen cuidadoso. Soy una persona que vive, disfruta su momento y la pasa bien.

¿Qué ha significado para usted el apoyo familiar —de su núcleo más cercano— para forjar este legado en todos los proyectos que ha dirigido?
La familia es tu cimiento. Mi esposa, Carolina; mis hijos —Carlos, de 22; Valeria, de 21; Lorena, de 15; Rodrigo, de 11 años— son tus cimientos, tus pilares de apoyo.
Una sonrisa de mi niño, un beso de mi niña de 15 años paga todo. No tiene absolutamente ningún precio. Yo tengo una razón de vivir. Ellos son mi razón de vivir: los míos, los cercanos. Hoy tengo, gracias a Dios, a mi madre. Intento ir y, cada vez que estoy en Perú, almuerzo con ella o estamos juntos varias horas todos los días durante mi estadía.
En algún momento de su juventud pensó llegar a ese nivel de éxito empresarial, habiendo liderado una compañía de más de mil millones de dólares que hizo frente a Coca-Cola Company? ¿Fue consciente de que estaba escribiendo un fragmento trascendental de la historia de los negocios?
Mi padre decía: “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar.”
Yo trabajaba todos los días, y te voy a comentar una anécdota. Muchos días —o casi todos— me acostaba con la preocupación de que no había terminado lo que tenía que terminar. Me acostaba diciendo: “Wow, no hice esto, no hice esto, no hice esto…”
¿Cómo me daba cuenta de lo que había pasado? Cuando veía seis meses atrás, cuando veía un año atrás, decía: “Wow, cómo ha cambiado.” Soy una persona que trabaja incansablemente, que se esfuerza, sin buscar resultados a corto plazo, sino a largo plazo. Y eso me ha enseñado a trabajar con más serenidad, con más tranquilidad y con más pasión, por supuesto.
¿Qué siente que aún le falta por explorar o soñar?
Yo sueño con un Perú mejor. Y no es porque quiera entrar a hablar de política. El Perú es un país maravilloso, con 20 mil años de historia. El primer hombre, desde Canadá hasta la Patagonia, decidió vivir en las cuevas de Pikimachay, en Ayacucho.
Siempre me pregunto —y lo pregunto a otros—: ¿por qué habría decidido vivir el primer hombre de toda América en el Perú? ¿Y en Ayacucho? Eso nos da una categoría de país milenario. ¿Será que nosotros, sus hijos, no nos damos cuenta de la maravillosa tierra que habitamos?
Analizando este espacio, me da tristeza cuando recorro el interior del país: gente pobre, sin educación, sin cuidados de salud, con tanto por hacer. Y digo: si he tenido éxito en mi vida personal y profesional, ¿por qué no hacer algo por ellos?
Sueño con ver a las personas mejor, con posibilidades. Creo que no se merecen estar como están. Y creo que los peruanos —los empresarios especialmente— tenemos una gran responsabilidad: ayudar. Intentar ayudar. Hacer algo por nuestra ciudad, por nuestro pueblo, por nuestro país. Es una responsabilidad.

Adentrándonos a este nuevo año lleno de proyectos, ¿qué perspectivas tiene respecto a su vida personal y empresarial, especialmente con Tiyapuy y el Patronato Pikimachay?
Tenemos muchos proyectos. Hoy grabé un video saludando a la Escuela de Alta Cocina Juan Pablo II en Ayacucho, que participó en un concurso con el paiche y ganó el primer puesto. Les decía el orgullo que siento. Creo que el Perú necesita emprendedores. Sueño con apoyar a muchos emprendedores. Hoy estoy en una etapa en la que hago mentoring gratuito a quienes piden cita por teléfono o redes sociales. Me escriben. Les dedico tiempo a personas de todo tipo de negocios: desde informática hasta un señor que vende verduras a hoteles cinco estrellas, hasta un empresario de Huancayo con una heladería de 50 empleados.
Ayudar a emprendedores creo que es un aporte importante.Mis proyectos futuros van en ese sentido: ayudar desde la absoluta incondicionalidad. Porque ese empresario quizá no tiene los recursos para contratar a una consultora. ¿A mí qué me cuesta ayudarlo? Esa es la alegría que siento.
En el 2026 voy a dedicarme con mayor intensidad a un programa de apoyo a emprendedores de todo el Perú, gratuito por supuesto.
Tengo la suerte de tener un doctorado en cometer errores. He cometido muchos. Y esos errores han sido mis cimientos. Porque me he atrevido, he sido intrépido, audaz. Hoy cometo menos errores, y eso es lo que transmito a los emprendedores para que no cometan los mismos.
En 2022 apoyamos a cinco emprendedores y los llevamos a la feria Expoalimentaria de ADEX. De los cinco, uno ganó el concurso nacional de innovación. En 2023 llevamos a diez: ganamos cuatro premios. En 2024 llevamos a veinte: también ganamos cuatro premios nacionales.
En 2025 igual. Mi sueño es ayudar. Mi sueño es hacer que muchos emprendedores de provincia tengan oportunidades. No solo poner en valor la riqueza del país, sino que sean parte del dinamismo económico.
Hoy, con orgullo y humildad —porque no lo he hecho yo, sino los ayacuchanos— puedo decirte: ¿sabes cuánto creció el PBI de Ayacucho el último trimestre? 9.8%.
Eso lo han hecho los emprendedores ayacuchanos. Yo solo puse mi granito de arena, con las papas Tiyapuy y apoyando a emprendedores.
También hemos ganado el concurso nacional de queso.
Y en innovación, sacamos los primeros quesos con maíz morado. Los ayacuchanos empiezan a ver oportunidades de generar dinamismo económico. Ese es el trabajo que quiero hacer en el futuro. Porque ya no estoy en la etapa de gerenciar una empresa. Ya pasé por ahí. Hoy solo quiero apoyar a las personas.
Las papas Tiyapuy están triunfando en el Perú y en el extranjero. ¿Qué ha significado para usted este proyecto en cuanto a su propósito para con los peruanos?
Ha despertado en mí la esperanza de que el Perú no solo es grande, sino maravilloso. Nuestra papa, según pruebas de carbono 14, tiene entre 8 y 12 mil años de antigüedad. Probablemente el hombre de Pikimachay vivía en esa época. Esta papa fue a España por sus flores, luego a Francia, donde la empezaron a consumir. Le pusieron el nombre pomme de terre. Ellos lograron que la papa recorra el mundo. Pero es peruana.
Así como la papa, podemos hablar del taro, del maíz, del cacao —que la Unesco ya reconoció como peruano—. Esto despierta la esperanza de que el Perú debe generar productos de valor añadido. No podemos seguir vendiendo commodities.
Queríamos poner en valor Ayacucho. Y el COVID nos dio el mensaje. Yo estaba en España y me resistía a que una crisis no trajera un mensaje. Desde las 8 a.m. hasta las 8 p.m., todos los días, investigaba, leía, trazaba ideas. Pensaba: “El COVID tiene que dejar algo bueno.”
Me pregunté: ¿qué valorábamos en la pandemia? La salud. La libertad. Y que el dinero no puede comprarlo todo. Y descubrí la frase de Hipócrates: “Tu alimentación será tu medicina.” Me impactó.
Más del 80% de personas en UCI estaban por mala alimentación. ¿Por qué el primer hombre decidió vivir en Pikimachay? ¿Por qué estas papas —sin hormonas, sin insecticidas, llenas de antioxidantes— nadie las convirtió antes en chips?
En 500 años de historia, nadie lo hizo. Ni en 200 de República. Y ahí nace Tiyapuy: con un nuevo modelo de negocio. No el “yo gano”. No el “win-win”. Sino el “win-win al cuadrado”: ganas tú, gano yo, ganan los agricultores, ganan los consumidores.
En 2019 se pagaba 50 céntimos por kilo de papa. Nosotros decidimos pagarles 6 veces más. Mi financiero me decía: “Nos va a ir mal.”
Pero había que cambiar las reglas. Diseñamos un empaque espectacular para poner la papa en las mejores mesas del Perú y el mundo. Y funcionó.
Nuestros competidores hoy nos siguen, pero lo importante es el propósito. No es quién vende más. Es haber creado una tendencia que no existía.
Tiyapuy es un proyecto con alta sensibilidad social: busca que la gente del Alto Andino tenga mejores ingresos, salud, educación y calidad de vida.

Sobre sus conferencias y presencia en redes: ¿lo veremos este año más activo apoyando emprendedores?
Mi sueño es recorrer el Perú entero. Ya lo he hecho, pero quiero seguir.
Mis charlas son 100% gratuitas. Si cobran entrada, no participo. No es mi perfil. Tengo invitaciones de Iquitos, Tarapoto, Chiclayo, Arequipa, Puno. Voy con ilusión absoluta.
Y no solo doy charlas: trabajo tres días seguidos en cada ciudad, desde las 8 de la mañana hasta la medianoche, reuniéndome con empresarios, artesanos, cámaras de comercio, industrias, sindicatos, productores. Aprendo de todos ellos.
Si tuviera un día libre, realmente libre —sin trabajo—, ¿cómo sería ese día ideal?
Descansando en familia. A veces llamamos a eso “el día de no hacer nada”. Se suben mis hijos a la cama, los cuatro. Conversamos, jugamos, vemos el celular, nos reímos. El cuerpo también necesita descansar.
¿En casa se habla de negocios?
Se habla poco, pero se habla mucho. Mis hijos saben lo que hago, pero intento no convertir los negocios en el único tema. Aprendí a no llevar problemas a casa. En AJE tuvimos momentos duros. Prefería resolverlos yo y proteger a mi familia.
Cuando sale a la calle, recibe saludos, fotos, muestras de cariño. ¿Cómo se siente frente a eso?
Me siento cómodo, a veces avergonzado, porque nunca sé quién me conoce.
Pero me agrada. También me da ilusión. Hoy ya no sé quién me conoce y quién no. Es parte del proceso.
¿Qué es lo más difícil de ser Carlos Añaños?
La intensidad. El estado de ánimo. La actitud. Ser inagotable. He llegado a trabajar algunos días 23 horas y media sin ver el reloj.
¿Alguna vez ha sido usted su peor enemigo?
No creo. Probablemente cuando era joven, sí. Porque los emprendedores nos azotamos con nuestros errores. Pero ya pasé esa etapa. Hoy viajo con personas, tengo un equipo, y siempre me dicen: “No llegamos a tu ritmo.” Creo que esa es la parte más difícil: soy inagotable.
¿Cómo se siente frente a personas que buscan acercarse a usted por interés? ¿Ha desarrollado alguna coraza?
No. Me siento vulnerable. Me muestro vulnerable. La vulnerabilidad abre tu corazón, te hace más humano, más honesto. Te permite decir: “Estoy cansado”, “No puedo”, “No puedo resolver todo.” Pero también te enseña a decir no, que es una de las palabras más difíciles.

Muchas personas le piden ayuda. ¿Cómo aprende uno a lidiar con eso?
No puedo con todo. El tiempo es limitado. Cuando puedo, digo sí. Cuando está fuera de mi alcance, digo no. Tengo reglas claras. Si alguien me dice: “Mi madre está enferma”, apoyo en lo que puedo. Mi secretaria me dice: “Señor Carlos, se le está yendo la mano.” Pero yo recuerdo lo que me decía mi madre: “Da hasta que duela.”
Intento dar hasta que duela.
¿Qué es lo más loco que le ha pedido un emprendedor?
Una vez un emprendedor del norte me ofreció ser socio, gratuitamente, con el 10% de su empresa. Me dijo que valía millones. Yo respondí: “Voy a hacer un due diligence para ver si acepto.” No lo aceptó. Pero yo sí miro los dientes al caballo regalado. Hacer empresa desde la honestidad es lo que te permite caminar por la calle sin deber nada a nadie.
¿Qué extraña de aquel Carlos Añaños joven, soñador?
Quizá planificar mejor. Ser más ordenado. Haber tomado algunos riesgos de otra manera.
Pero la resultante es positiva. Mi curva es positiva. Tengo lo que necesito: una bonita empresa, un sueño maravilloso y mis cimientos: mi esposa, mis hijos y mi madre.
¿Cómo cruzar la línea entre trabajar solo y aprender a delegar?
En Huancayo trabajé en almacén, en máquinas, en todo. Si yo me hubiera quedado operando la máquina, hoy sería el mejor operador del planeta.
Pero no estaría donde estoy. Aprendí a delegar. A confiar, aunque puedan fallarte. Si no tomas riesgos, no avanzas. En 1999 estudié Alta Gerencia en Venezuela. Hice mi visión y misión. Mi visión: no trabajar. Mi misión: hacer que mi equipo trabaje. El modelaje es el mejor liderazgo. No puedes pedir a otros lo que tú no haces.

¿Cómo fue dejar el Grupo AJE y empezar una nueva etapa?
Fue durísimo. Muy duro. No existe expadre ni exfundador. Dejar una compañía duele. Lloré mucho. Pero mi propósito estaba por encima, incluso de los 20 países que tenía por abrir.
¿Siente que está cumpliendo ese propósito?
Creo que sí. Ayacucho ha crecido 9.8% el último trimestre. La gente está cambiando su mindset. Gastón Acurio me contó que su trabajadora ayacuchana regresó diciendo: “Estoy feliz. En Ayacucho les va bien. Mi pueblo está maravilloso. Ahora hay alguien que compra toda la papa nativa.” Ese es mi granito de arena.
¿Quiénes son realmente sus amigos?
Las amistades se construyen en etapas. Tengo amigos del colegio, de la universidad, de programas de formación, de Harvard, de diferentes áreas. Incluso proveedores que empezaron hace casi 40 años. Hoy son grandes amigos. Es confianza.
¿Cómo le gustaría ser recordado?
Intenté dar lo mejor por mi Ayacucho y por mi Perú. Intenté.Es difícil hablar de “lo hice”, porque es largo. Pero sí: todos los días intento hacer algo por mi tierra.
Créditos
Escribe: Diego Heysen
Fotos: Sebastián Portocarrero
Locación: Hotel Nhow Lima