La naturaleza de las cosas: Revelando paisajes que tiemblan en superficies de madera y metal

POR NATALY

En las salas blancas de LA GALERÍA, la selva se fragmenta en reflejos metálicos, se desdobla en maderas rugosas y se suspende en superficies de acrílico que devuelven la mirada del espectador. La exposición La...

En las salas blancas de LA GALERÍA, la selva se fragmenta en reflejos metálicos, se desdobla en maderas rugosas y se suspende en superficies de acrílico que devuelven la mirada del espectador. La exposición La naturaleza de las cosas, de Marina García Burgos, no reproduce un paisaje: lo tensiona, lo abre, lo hace temblar. Del 10 de septiembre al 4 de octubre, Lima se convierte en escenario de una reflexión donde la fotografía abandona el plano para asumir cuerpo y voz propia.

Fragmentos que respiran como heridas

Los dípticos son el corazón de la muestra. Una misma imagen impresa en soportes diversos —aluminio, espejo, fibras recicladas, madera— revela cómo el material contamina la percepción, cómo cada superficie modifica la narración. El gesto es tan simple como radical: mostrar que un mismo bosque nunca se ve igual, que el paisaje es también un estado de fragilidad. La imagen se quiebra, se desdobla, se resiste a ser contenida.

En estas fisuras visuales late una metáfora mayor: la fractura ambiental que marca nuestro tiempo. La naturaleza es inabarcable, parece susurrar cada obra, pero sus heridas reclaman insistencia, nuevas formas de narrarla antes de que el silencio las consuma.

Amazonía íntima, Amazonía en riesgo

La obra de García Burgos nace de viajes prolongados a la selva peruana, donde escucha relatos de comunidades indígenas, observa rituales cotidianos y traduce en imágenes aquello que rara vez llega a las capitales: la textura de un río contaminado, la sombra de un árbol marcado por la tala, la voz de un territorio que resiste.

El uso de materiales reciclados o frágiles es parte del discurso. Cada soporte se convierte en alegoría del ecosistema que lo inspira: lo efímero, lo vulnerable, lo que puede desaparecer con un solo gesto humano. Frente a la devastación de la minería ilegal y la ausencia de políticas sostenibles, la artista elige un lenguaje que no ilustra, sino que confronta.

La fotografía como espacio expandido

En La naturaleza de las cosas, la fotografía abandona su condición bidimensional para volverse objeto, casi escultura. Los soportes brillan, se astillan o se desgastan, obligando al espectador a moverse, a cambiar de ángulo, a descubrir que la imagen no se ofrece entera nunca. Contemplar el paisaje es aquí un acto de conciencia, un ejercicio de atención radical que revela tanto las huellas de la tierra como las del propio observador.

En medio de la sala, la selva se multiplica y se desarma. No hay un solo punto de fuga, sino múltiples entradas a un territorio donde el tiempo se dilata y la materia respira. Al salir, queda la sensación de haber atravesado un espejo roto: lo real sigue allí, pero ya no se mira con los mismos ojos.

Escribe: Nataly Vásquez

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