En un mercado donde durante años las referencias de ropa técnica, ciclismo y equipamiento especializado llegaban casi exclusivamente del extranjero, Julio Ikeda y Renzo Santos decidieron empezar desde un lugar poco habitual: la ausencia. Los fundadores de Lab Mont no heredaron una empresa textil ni crecieron entre talleres. Lo que sí compartían era una larga relación con la bicicleta y la convicción de que una marca peruana podía competir desde la calidad antes que desde el precio. Esa decisión terminó dando forma a un proyecto que hoy desarrolla prendas para el deporte y la industria con la misma idea de fondo: crear productos en los que las personas puedan confiar.

Cuando el vacío se convierte en el punto de partida
La historia de Lab Mont no comienza con un plan de negocios, sino con una conversación entre dos amigos que salían a montar bicicleta. La pregunta parecía sencilla: ¿dónde comprar ropa de ciclismo de buen nivel en el Perú? La respuesta era siempre la misma. Había que buscar fuera.
Esa carencia terminó convirtiéndose en una oportunidad. Julio y Renzo entendieron que, si iban a crear una marca, no tendría sentido hacerlo para ocupar un espacio más dentro del mercado. El objetivo era desarrollar prendas capaces de medirse con las referencias internacionales que ellos mismos utilizaban y admiraban. Para lograrlo, estudiaron las mejores marcas del mundo, analizaron materiales, patrones y acabados, e iniciaron un proceso de aprendizaje que estuvo marcado por meses de pruebas sin una sola venta.
No existía experiencia familiar en el rubro textil ni un camino ya recorrido. Todo debía aprenderse desde cero. Los errores llegaron antes que los resultados, pero nunca fueron interpretados como retrocesos. Formaron parte del método con el que fueron construyendo una identidad propia.


La innovación empieza mucho antes del diseño
Hablar de innovación textil en Lab Mont no significa perseguir tendencias. Significa observar con atención cómo responde una tela bajo esfuerzo, cuánto acompaña un movimiento o qué ocurre después de horas de uso. La estética importa, pero nunca por encima de la función.
Esa mirada ha llevado a la marca a desarrollar prendas para disciplinas tan distintas como ruta, BMX, downhill, triatlón y enduro, además de colaborar con deportistas de especialidades mucho menos frecuentes. En muchos casos, los pedidos llegaron porque simplemente no existía otro taller dispuesto a desarrollar ropa técnica para esas comunidades.
La experiencia personal de Julio y Renzo como ciclistas también marcó una diferencia. Ambos conocían desde dentro las incomodidades que una prenda puede generar cuando el rendimiento depende de pequeños detalles. Esa familiaridad con el deporte les permitió entender necesidades que difícilmente aparecen en una ficha técnica y trasladarlas al desarrollo de cada colección.

Una misma lógica para el deporte y la industria
Con el tiempo, ese conocimiento encontró un segundo camino. La experiencia acumulada en prendas técnicas comenzó a aplicarse en sectores como minería, petróleo, transporte y seguridad industrial, donde el desempeño de una prenda deja de ser una cuestión de comodidad para convertirse en una condición de trabajo.
Aunque el ingreso al ámbito industrial fue más rápido que el deportivo, el criterio se mantuvo intacto. Cada desarrollo parte de escuchar la necesidad específica del cliente, comprender el entorno donde será utilizada la prenda y elegir materiales capaces de responder a esas condiciones.
La investigación tampoco se detiene una vez que un producto llega al mercado. Nuevas membranas, tecnologías de confección y maquinaria forman parte de un proceso permanente de actualización. Para Julio y Renzo, una marca deja de evolucionar cuando cree que ya encontró la respuesta definitiva.

Reparar también es una forma de diseñar
Entre las decisiones menos visibles de Lab Mont existe una que resume buena parte de su filosofía. La marca ofrece reparar prendas dañadas, incluso cuando el camino más sencillo sería vender una nueva.
La iniciativa nació después de que un cliente regresara pocos días después de su compra con una casaca rota tras una caída. Más que reemplazarla, decidieron reconstruirla. Ese gesto terminó revelando algo más profundo: extender la vida útil de una prenda también forma parte de su responsabilidad como fabricantes.
Con el tiempo, ese servicio se convirtió además en una fuente inesperada de aprendizaje. Reparar prendas de distintas marcas permitió estudiar métodos de confección, descubrir nuevas soluciones técnicas y seguir perfeccionando los propios procesos. En lugar de ver esas piezas como productos terminados, comenzaron a entenderlas como oportunidades para seguir aprendiendo.
El enfoque también responde a una realidad local. Julio y Renzo reconocen que producir con los estándares más altos implica equilibrar calidad y accesibilidad. Su propósito nunca fue fabricar prendas exclusivas para unos pocos, sino desarrollar productos confiables que pudieran llegar a un público más amplio sin renunciar al desempeño.
Más que proyectar una expansión acelerada, ambos hablan de construir una marca capaz de permanecer. Creen que el crecimiento debe ser gradual, apoyado en proveedores locales siempre que sea posible y en una visión empresarial que fortalezca la industria peruana desde dentro. No saben dónde estará Lab Mont dentro de veinte años y tampoco intentan dibujar un destino preciso. Prefieren concentrarse en aquello que sí pueden controlar: seguir mejorando cada prenda, mantener la confianza de quienes las usan y demostrar que una marca peruana de ropa técnica puede encontrar su lugar compitiendo por calidad antes que por promesas.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Revista Signature