Mario Cortijo no habla de la actuación como un destino alcanzado, sino como un territorio en permanente construcción. Su recorrido —del teatro a la televisión, de la ficción íntima a encarnar una figura icónica de la música popular peruana— no se organiza en hitos de éxito, sino en momentos de revelación. Instantes en los que entendió que actuar no era solo interpretar a otros, sino ponerse en riesgo a sí mismo. Explorar la identidad propia y, en ese gesto, tocar algo reconocible en los demás.

En una industria acostumbrada a medir trayectorias por visibilidad o alcance, Cortijo propone otra lectura: la actuación como vocación, como disciplina sensible, como responsabilidad cultural.
Cuando el personaje devuelve la pregunta
Con el tiempo, el actor descubrió que cada proyecto era menos una respuesta que una interrogación abierta. ¿Quién soy? ¿Qué tengo para decir? ¿Desde dónde hablo? La actuación dejó de ser un ejercicio de transformación externa para convertirse en un proceso de autoconocimiento exigente y constante. Antes que profesión, una forma de mirar el mundo con sensibilidad y rigor.
Esa conciencia también trajo un límite saludable: el oficio no lo define por completo. Ser actor es una parte, no la totalidad. De ahí nace la necesidad de expandirse, de crear espacios, de formar. Esscala, su escuela de actuación, surge como extensión natural de ese pensamiento: no como proyecto paralelo, sino como gesto coherente. Un lugar donde el conocimiento no se acumula, sino que se comparte y se multiplica.
El cuerpo como archivo cultural
Para Cortijo, la actuación se sostiene sobre tres pilares claros: comprensión, vulnerabilidad y técnica. Ninguno funciona sin el otro. El personaje no aparece desde la improvisación vacía, sino desde una investigación profunda del contexto cultural y emocional que lo rodea. En teatro y en audiovisual, los personajes no existen en aislamiento: dialogan con la memoria colectiva, con el clima social, con aquello que una comunidad siente —a veces sin saber nombrarlo—.
Interpretar a una figura pública como Deyvis Orosco implicó, más que imitación, un acto de escucha. Entender qué representa, qué emociones despierta, qué lugar ocupa en el imaginario popular. El actor llega ahí con humildad: atento al texto, al contexto y al público. El rigor, para él, no excluye la sensibilidad; la sostiene.


Raíces que no se negocian
Su paso por México marcó un aprendizaje decisivo: comprender las dinámicas de una industria más amplia sin diluir la identidad propia. La globalización, en su visión, no exige renuncia, sino claridad. Las raíces no son un obstáculo; son una ventaja narrativa. Forman parte del lenguaje artístico y del posicionamiento ético.
Para Cortijo, estética y ética no se contraponen. Se necesitan. Ética es respeto por el equipo, preparación constante, coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Su aspiración, dentro y fuera del Perú, no es ocupar espacio, sino sumar: demostrar que existe talento peruano preparado, competitivo, capaz de dialogar de igual a igual en escenarios internacionales y de aportar a un relato latinoamericano con voz propia.
Formar para que otros permanezcan
Esscala no se plantea como una escuela tradicional, sino como una plataforma de inserción real. Formación profesional, acompañamiento concreto, estándares altos. El legado que Cortijo imagina no se mide en nombres propios, sino en comunidad: artistas con herramientas técnicas y humanas, con ética de trabajo y con la posibilidad de sostener una carrera en el tiempo.
Más allá de formar actores, le interesa formar personas que entiendan su cuerpo, su voz y su capacidad de comunicar. Personas que desarrollen confianza sin perder sensibilidad. Si Esscala contribuye a consolidar una industria actoral más sólida en el Perú, entonces —dice sin grandilocuencia— el propósito estará cumplido.

Y quizá ahí radique la idea más potente de su recorrido: actuar no como un lugar al que se llega, sino como una práctica que se comparte. Una forma de estar en escena, sí, pero también —y sobre todo— de estar en el mundo.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: @davidtorresphoto