Mathias Spitzer aprendió muy temprano que un escenario podía ofrecerle algo que la vida cotidiana no siempre conseguía: una forma distinta de sentirse libre. Años después, esa intuición inicial se ha convertido en una carrera que atraviesa la música con FONÉ, el teatro, el cine y la televisión, y que hoy encuentra una nueva estación en Los Principiantes, producción que apuesta por llevar la ficción peruana hacia estándares capaces de dialogar con una audiencia internacional. Entre personajes, guitarras y cámaras, hay una constante menos visible: la necesidad de seguir buscando.

Todo empezó antes de que existiera una carrera
En primaria, una profesora le pidió que fuera el narrador de una obra teatral que su salón presentaría frente a todo el colegio. No hubo una estrategia detrás de aquella primera experiencia ni una idea previa de lo que significaba actuar. Hubo, más bien, una sensación física que terminó siendo decisiva: sentirse más vivo y libre sobre un escenario que fuera de él. A veces una vocación no aparece como una revelación, sino como una certeza que el cuerpo reconoce antes que la cabeza.
A los 14 años llegó la guitarra clásica y el centro de gravedad cambió nuevamente. Spitzer se obsesionó con el instrumento hasta el punto de abstraerse de todo lo demás. La anécdota de que tenían que esconderle la guitarra para que cumpliera con sus tareas tiene algo de humor, pero también revela la intensidad con la que se relaciona con aquello que le importa. La música y el teatro no llegaron como elecciones aisladas, sino como dos formas de una misma necesidad.
Esa necesidad terminó convirtiéndose en formación profesional y, después, en una carrera. Pero junto con ella apareció otra cualidad menos romántica y probablemente más útil: la terquedad. Spitzer la llama así, sin demasiados rodeos, y reconoce que sigue siendo necesaria para permanecer en un oficio donde el talento por sí solo rara vez alcanza.
Cuando el proyecto también importa
En Los Principiantes, esa perseverancia se encuentra con una producción que aspira a demostrar que la ficción peruana puede competir en calidad con propuestas de alcance internacional. Pero Spitzer no parece entender esa ambición como una razón para modificar la esencia de su trabajo. Para él, la responsabilidad del actor continúa siendo concreta: llegar puntual, conocer el texto, analizarlo, tener una propuesta y estar dispuesto a escuchar al director.
Lo interesante aparece en lo que sucede después de cumplir con ese rigor. Daniel Vega, director de la serie, le ha permitido experimentar una libertad frente a cámara que Spitzer considera poco habitual. La posibilidad de jugar, proponer y reaccionar a lo que ocurre durante el rodaje transforma la disciplina en algo menos rígido: una estructura desde la cual todavía es posible descubrir.
En ese sentido, Los Principiantes representa algo más amplio que un proyecto individual. Spitzer reconoce una industria con actores, directores y productores capaces de trabajar a estándares internacionales, pero también identifica aquello que todavía falta para sostenerla: inversión, iniciativa y políticas que permitan consolidar un verdadero ecosistema de entretenimiento. Eduardo Carrillo, guionista y showrunner, aparece en ese proceso como una figura clave por haber decidido apostar por una historia que se construye junto a La Soga Producciones.
La conversación, entonces, deja de ser únicamente sobre actuación. También habla de una generación que entiende que el crecimiento del audiovisual peruano depende de que alguien decida apostar primero.


La distancia entre la persona y el personaje
Fuera del set existe otro escenario, mucho más inmediato y difícil de abandonar: las redes sociales. Spitzer admite que no le resulta natural compartir constantemente lo que hace, pero también reconoce que hoy son una herramienta indispensable para cualquier artista. En cierta medida, funcionan como un currículum contemporáneo, una primera carta de presentación antes incluso de que exista una conversación.
Pero también sabe lo que ocurre cuando esa vitrina empieza a confundirse con la realidad. Las redes muestran una versión seleccionada de las personas y, en particular, de los artistas. Una versión que puede parecer permanentemente interesante, productiva o feliz. Spitzer prefiere recordar que ninguna de esas imágenes equivale a una vida completa.
Su postura tiene algo de desmitificador. Los artistas tampoco tienen vidas perfectas, no están felices todo el tiempo y, como él mismo reconoce con humor, tampoco son necesariamente tan interesantes como las redes podrían hacer creer. La autenticidad aparece entonces no como una estrategia de comunicación, sino como una forma de recuperar cierta proporción entre lo que se muestra y lo que realmente se vive.
Quizá por eso su relación con la exposición pública parece seguir una regla sencilla: utilizar la herramienta sin permitir que la herramienta termine definiendo a la persona. En una época donde la identidad artística también se construye frente a una cámara de teléfono, preservar una zona privada puede ser otra manera de proteger el oficio.
José Antonio y la posibilidad de quedarse
En Los Principiantes, Spitzer interpreta a José Antonio, un personaje al que ya le ha tomado afecto. Su deseo respecto a él es bastante más sencillo que cualquier expectativa de trascendencia: que el público llegue a encariñarse de la misma manera. Hay una razón detrás. José Antonio tiene un corazón de oro, pero también una impulsividad que lo hace actuar antes de pensar, si es que finalmente piensa.
Ese contraste es precisamente lo que atrae a Spitzer. Le interesan los personajes con capas, aquellos que no pueden reducirse a una sola característica y que permiten reconocer algo propio en ellos. Todos tenemos un poco de José Antonio, plantea. Y ahí aparece una de las claves de su manera de entender la actuación: interpretar no parece consistir únicamente en construir a alguien distinto, sino en encontrar aquello que hace que ese alguien resulte reconocible.
Su futuro ideal continúa en esa dirección. Quiere formar parte de proyectos donde exista compromiso, entrega y profesionalismo compartido; producciones en las que la sensación de estar trabajando hacia un mismo lugar no sea una frase corporativa, sino una experiencia concreta del proceso creativo. Para un actor acostumbrado a moverse entre disciplinas, esa coincidencia de voluntades parece importar tanto como el personaje.

Al mirar hacia atrás, la historia de Mathias Spitzer no se organiza alrededor de una sola plataforma ni de una única disciplina. Primero estuvo el escenario de una escuela. Después, una guitarra que llegó a ocuparlo todo. Luego, el teatro, la música, el cine, la televisión y los personajes que siguen abriendo nuevas posibilidades. Quizá esa sea la verdadera continuidad de su recorrido: no haber convertido la inquietud en un problema que resolver, sino en una forma de avanzar. Porque si algo permanece desde aquel primer escenario hasta José Antonio es la misma intuición que apareció antes de tener un nombre profesional: que crear puede ser una manera particularmente honesta de estar en el mundo.