El movimiento llega antes que la forma y antes que la imagen. En el universo de Meli Raygada, moverse no es una demostración ni un espectáculo, sino una práctica cotidiana que ordena la energía y devuelve presencia. En sus clases, en sus redes y en los estudios que habita —MOUV, Fitmess, Fitclub, Wellnest— el ejercicio aparece despojado de artificio y de promesas rápidas: no persigue cuerpos ideales ni resultados inmediatos, propone algo más silencioso y, por eso mismo, más duradero: sentirse bien.

El momento en que el cuerpo deja de pesar
Todo comenzó con una sensación difícil de explicar y fácil de reconocer: esa ligereza que llega después de moverse. No el cansancio, sino lo contrario. Más energía. Más claridad. Más ánimo para atravesar el día. Meli habla de ese instante con convicción tranquila, como quien ha aprendido a escuchar su propio ritmo. El cuerpo, cuando se mueve, devuelve más de lo que pide.
La danza fue su primera escuela, pero no la única. Con el tiempo, el movimiento dejó de ser solo una forma de expresión artística para convertirse en una herramienta de bienestar integral. No se trataba de verse distinta, sino de habitarse mejor. Y cuando algo genera ese efecto —dice— uno quiere volver a él una y otra vez. Incorporarlo. Hacerlo parte de la vida.


Disciplina sin castigo, constancia sin dureza
En un universo fitness saturado de exigencias y discursos punitivos, Meli eligió otro tono. En sus redes no hay épica del sacrificio ni obsesión por el rendimiento. Hay rutina. Hay hábitos. Hay días buenos y otros no tanto. Autenticidad como práctica diaria.
La disciplina, para ella, no es rigidez. Es estructura. Ordena los días, sostiene los procesos y aparece incluso cuando la motivación se ausenta. La danza le enseñó algo esencial: todo tiene su tiempo. El cuerpo aprende despacio. La mente también. Y el verdadero progreso ocurre cuando uno se trata con amabilidad.
Moverse no como obligación, sino como recordatorio. Recordatorio de cómo se siente el cuerpo después. Más fuerte. Más vivo.


Estética que inspira, ética que sostiene
Meli no niega el poder de lo visual. Sabe que la estética inspira. Que un cuerpo en movimiento puede invitar a otros a empezar. Pero el foco nunca está ahí. La imagen no es el fin, es apenas la puerta.
En sus clases y contenidos, la conversación vuelve siempre al mismo lugar: cómo se siente el cuerpo luego de entrenar. La fuerza como garantía de futuro. Un cuerpo que acompañe toda la vida. Entrenar no para castigar, sino para cuidar.
Esa es la ética que atraviesa su trabajo: priorizar procesos reales, conciencia corporal y salud a largo plazo. En un entorno digital que reduce el cuerpo a rendimiento o apariencia, su propuesta se siente casi contracultural.


Un legado que se construye en movimiento
Mirando hacia adelante, Meli no habla de expansión acelerada ni de fórmulas cerradas. Habla de formación, de seguir aprendiendo, de sumar herramientas para acompañar mejor a quienes confían en ella. Le entusiasma llegar a más personas desde distintos espacios, sin perder la esencia.
El legado que imagina no es monumental. Es cotidiano. Que el ejercicio deje de vivirse como castigo. Que moverse sea un acto amable. Que el cuerpo vuelva a ser casa.

Tal vez ahí radique la verdadera permanencia: en enseñar que el bienestar no se alcanza, se practica. Todos los días. A través del movimiento.
Escribe: Nataly Vásquez