Montreal Spa Salon: La excelencia del Ashiatsu en manos expertas

POR NATALY

En una calle de Lima donde los turistas entran y salen entre reservas de restaurante y mapas en el celular, Montreal Spa se sostiene como un pequeño proyecto familiar levantado a pulso por Geraldine Mejía...

En una calle de Lima donde los turistas entran y salen entre reservas de restaurante y mapas en el celular, Montreal Spa se sostiene como un pequeño proyecto familiar levantado a pulso por Geraldine Mejía y Christian Calderón, esposos y socios. Juntos han diseñado un lugar que no busca deslumbrar por escala, sino por algo más difícil de construir: la confianza de quienes llegan, muchas veces de paso, y deciden volver.

Del salón de belleza al refugio de masajes

Montreal Spa no nació siendo un spa de masajes. En sus primeros borradores, el proyecto estaba concebido como un salón de belleza para mujeres: manicure, pedicure, cabello, pestañas, cejas, una propuesta pensada para acompañar la rutina estética de un público local. Sin embargo, la realidad operativa fue marcando otros caminos. Encontrar personal especializado para ese mundo resultaba complejo, mientras que Geraldine llevaba ya 15 años de experiencia como terapeuta de masajes.

La pregunta que lo cambia todo aparece casi como una intuición: “¿Por qué no hacemos un spa de masajes?”. En lugar de insistir en un modelo saturado, Geraldine se apoya en lo que mejor sabe hacer. Deja de imaginar estaciones de uñas y espejos, y empieza a pensar en camillas, técnicas, anatomía. Decide formar ella misma al equipo, combinando teoría y práctica. Y descubre, además, que en esa zona de la ciudad muchos viajeros buscan exactamente eso: un servicio eficiente, profesional y reparador, capaz de encajar en una agenda donde el tiempo siempre es contado.

Turistas, reseñas y el idioma de la hospitalidad

La clientela de Montreal Spa tiene una estadística clara: 90% extranjera, 10% peruana. No se trata de una estrategia calculada desde un tablero de marketing, sino de una consecuencia casi natural de su ubicación y de su manera de trabajar. A pocos pasos, un restaurante muy famoso concentra reservas y listas de espera. Mientras algunos viajeros aguardan su mesa, otros deciden aprovechar el tiempo para un corte de cabello, un masaje, un momento breve de descanso.

El efecto dominó vino después. Las primeras visitas derivaron en reviews en inglés que comenzaron a posicionar a Montreal Spa y Montreal Barber Shop en las búsquedas de barberías y spas en Lima. Cada comentario, cada reseña satisfecha, fue trazando un pequeño mapa global que conectaba ese espacio familiar con viajeros de distintas ciudades.

La hospitalidad se sostiene, en parte, en un detalle clave: todo el equipo habla inglés. Desde la recepcionista hasta Geraldine, pasando por las terapeutas y los barberos. En un negocio pequeño, ese gesto marca una diferencia profunda. Permite escuchar y entender con precisión las necesidades de cada visitante, ajustar la presión del masaje, explicar las técnicas, desmontar dudas. El resultado es una atención más cálida, casi personalizada, que se aleja de la lógica industrial del servicio rápido y anónimo.

El cuerpo como territorio que se respeta

Construir un spa de masajes ético en un contexto donde el masaje suele estar sexualizado no ha sido sencillo. Geraldine lo dice sin rodeos: trabajar con cuerpos implica enfrentarse a malentendidos, prejuicios y expectativas que no corresponden a su propuesta. Al inicio, posicionarse como un espacio profesional fue un ejercicio de resistencia.

La respuesta fue clara: reglas visibles, pautas estrictas, códigos de conducta. Las terapeutas visten uniforme, se presentan como profesionales, explican con calma cada técnica y lo que el cliente va a sentir. Antes de empezar, preguntan si la persona se ha hecho masajes antes, si le gusta una presión suave o más intensa, si hay molestias específicas. No se trata solo de ofrecer un masaje, sino de diseñar una experiencia acorde al cuerpo y la historia de cada cliente.

Ashiatsu: la técnica que cambió el guion

El corazón técnico de Montreal Spa tiene nombre propio: Ashiatsu, una técnica japonesa en la que la terapeuta trabaja con los pies, sosteniendo parte de su peso en tubos instalados sobre la camilla. Geraldine la aprendió antes de llegar a Lima, en su país, de la mano de una maestra japonesa que le advirtió que esa técnica, poco conocida en su entorno, podría convertirse en algo único.

Al principio, la idea de hacer masajes con los pies le parecía casi imposible. Sin embargo, un año de práctica constante le demostró lo contrario. La planta del pie, más amplia que la mano, permite una presión profunda y uniforme, llegando a puntos donde la técnica tradicional tiene límites. Cuando ella y Christian deciden reorientar el negocio y apostar por los masajes, el Ashiatsu se vuelve pieza clave.

Adaptan las cabinas, instalan los tubos, ajustan la infraestructura. Lo que siguió fue un crecimiento impulsado por el boca a boca y las redes sociales. Los videos de la técnica, compartidos en sus plataformas, empezaron a despertar curiosidad. Más y más personas llegaban preguntando específicamente por el Ashiatsu. Viajero tras viajero, reseña tras reseña, el masaje se consolidó como el servicio estrella del spa.

Para Geraldine, el Ashiatsu es algo que “todo el mundo debería probar al menos una vez en la vida”. No lo presenta como un gesto extravagante, sino como una experiencia distinta, capaz de reorganizar cómo se percibe el propio cuerpo. La presión del pie no solo libera tensión: ofrece una sensación de renovación que muchos clientes describen como sorprendente. Algunos, habituados a probar spas en distintos lugares del mundo, han colocado su experiencia en Montreal dentro de su top cinco personal, un reconocimiento íntimo pero elocuente.

Un spa pequeño, amistades que se expanden

Ser un negocio pequeño tiene una consecuencia inesperada: la cercanía se vuelve inevitable. En Montreal Spa, los clientes no son una estadística abstracta, sino rostros que se repiten, historias que regresan. Muchos de ellos han pasado de ser visitantes ocasionales a amigos que vuelven cada vez que pisan Lima. Vienen solos y, con los años, traen a sus esposas, hijas, sobrinas, hermanos. A veces, en un mismo sábado, una familia entera rota entre la barbería y las cabinas del spa.

La relación no termina en la camilla. Geraldine y su equipo suelen recomendar lugares para visitar, restaurantes, rutas. En más de una ocasión, esa orientación turística se convierte en un almuerzo compartido, en una comida que extiende la experiencia del spa hacia la ciudad. Montreal no solo alivia músculos: también funciona como un pequeño punto de encuentro para viajeros que buscan algo más que un servicio eficiente.

En esa trama cotidiana aparece incluso el perro de Geraldine, que la acompaña al trabajo y forma parte silenciosa del ambiente. No es un elemento de marketing, es simplemente parte de la vida diaria del lugar. Ese tipo de detalles, aparentemente mínimos, termina construyendo una atmósfera de confianza que difícilmente podría replicarse en una operación masiva.

Crecer sin perder la escala humana

Cuando piensa en el futuro, Geraldine mira hacia la barbería. La idea de ampliar Montreal Barber Shop está sobre la mesa, quizá en otro local, quizá bajo el liderazgo de su hija mayor. La meta sería extender el negocio manteniendo la línea familiar, esa forma de atención en la que es posible que un día atienda el padre, otro la madre y otro los hijos.

Pero también está la inquietud: crecer suele implicar el riesgo de perder la calidez que da la escala pequeña. La identidad de Montreal Spa está anclada en la presencia de los dueños, en la ética transparente, en la capacidad de decir que no cuando una solicitud rompe el marco profesional, en sostener una práctica de masajes seria en un contexto donde el cuerpo, muchas veces, se mira desde el fetiche y no desde el cuidado.

Que dentro de unos años un viajero recuerde, desde cualquier ciudad del mundo, aquel spa en Lima donde probó por primera vez un Ashiatsu y salió con la sensación de haber recuperado su cuerpo después de un largo trayecto, quizá sea la mejor medida de lo que Geraldine y Christian han construido.

Montreal Spa no aspira a ser un imperio del bienestar. Aspira a algo más íntimo y, tal vez, más difícil: seguir siendo un espacio familiar donde la técnica, la ética y la hospitalidad conviven en equilibrio. Afuera, la ciudad continuará moviéndose al ritmo de reservas, aviones y check-outs. Adentro, mientras una terapeuta se sostiene en los tubos y deja caer la presión exacta sobre la espalda de un viajero, el tiempo parece acomodarse a otra lógica: la de quienes han entendido que cuidar el cuerpo es también una forma de habitar mejor el mundo.

Escribe: Nataly Vásquez

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