En el norte del Perú, en una ciudad que ha aprendido a blindarse sin dejar de crecer, Mariana de Souza decidió abrir una puerta hacia adentro. Fundadora de Ohmma Yoga, eligió El Golf, en Trujillo, no como escenario sino como declaración: el bienestar también puede tener dirección exacta. Cuatro meses después de abrir, su estudio no se presenta como refugio sino como método. Y ella, más que empresaria wellness, como una mujer que entendió que la presencia no es un concepto, es una práctica diaria.

La necesidad que no era negocio
Antes de convertirse en marca , Ohmma nació como una necesidad de respirar en medio del ruido. Mariana no habla de “peace and love” como consigna; habla de estar presente como si fuera una urgencia contemporánea. Durante once años el yoga fue su disciplina privada, una conversación silenciosa que comenzó en el norte, en Máncora, dentro del hotel boutique Hotel KICHIC, donde un profesor le mostró que flexibilidad no es lo mismo que conciencia.
Desde el inicio, el proyecto también se sostuvo gracias a alianzas que nacieron desde la confianza. Una de ellas fue con Adriana Boccoleri, fundadora de Mae Yoga Store, quien creyó en la visión desde el primer momento y acompañó el proceso aportando los mats que darían vida a las primeras prácticas. Su apoyo no fue solo material, sino también un gesto profundo de confianza en lo que aún estaba comenzando a tomar forma.
Mariana había sido bailarina de ballet durante más de siete años. El cuerpo ya obedecía. Lo que faltaba era dirección interior. Lo entendió tarde, como se entienden las cosas que no hacen ruido. Yoga no llegó como moda, llegó como ajuste. Primero lo enseñó en el jardín de su casa, a su madre, al esposo de su madre, a quien estuviera dispuesto a sentarse a las ocho de la mañana y practicar grounding. La vocación no se anuncia; se prueba en familia.



El espacio como argumento
Ohmma Yoga está en El Golf porque Mariana necesitaba coherencia. Creció ahí. Conoce sus reglas, su seguridad, su ritmo residencial que ahora convive con oficinas y nuevos negocios. Pero el estudio no se sostiene solo en ubicación estratégica. Se sostiene en una arquitectura pensada como extensión de su filosofía.
El proyecto fue trabajado con la arquitecta Pia Marrufo y con la especialista en branding Andrea Villegas, ambas trujillanas. No se trataba de “hacerlo bonito”. Se trataba de alinear ADN, luz, proporciones, recorrido. En Ohmma nadie entra con zapatos. Después de cada clase, el espacio se limpia. No como ritual performático, sino como disciplina. Mariana lo hace ella misma. El mensaje es claro: el lujo no está en el diseño sino en la intención.
En una ciudad donde la industria del bienestar empieza a acelerarse —pilates, barre, outfits coordinados, fotos estratégicas— Ohmma propone una ruptura silenciosa. Puedes llegar en pijama. Puedes no saber nada. Puedes ser hombre en un entorno donde el imaginario ha sido femenino. El estudio no vende aspiración física; ofrece presencia como estándar.



Cuando el bienestar deja de ser tendencia
En 2026 emprender en wellness exige más que entusiasmo. Mariana lo sabe. Vivió en Lima hasta 2025 y decidió apostar por provincia, donde la accesibilidad logística es mayor pero el reto cultural es más profundo. Yoga todavía se percibe como moda o como estética. Ella insiste en que no es ninguna de las dos.
El testimonio de Rodrigo Montes —papá, empresario con más de treinta años de trayectoria— marcó uno de los primeros puntos de inflexión del proyecto. Fue la primera persona en confiar plenamente, adquiriendo el paquete más completo desde el inicio, incluso antes de que todo estuviera completamente en marcha. Llegó con expectativas silenciosas y una mirada observadora; lo que encontró fue un espacio de restauración, descanso y respiración consciente. Con el paso de las semanas, los cambios se hicieron evidentes, incluso para su entorno más cercano. Su confianza temprana y su generosidad al compartir su experiencia se convirtieron en un impulso invaluable para el crecimiento del estudio. Su presencia ocupa un lugar de agradecimiento en esta historia.
En Ohmma se practican también hatha y vinyasa —permanencia y fluidez—, hot yoga con luz infrarroja en una sala que alcanza los 38 grados, yoga prenatal hasta los ocho meses y medio, e incluso modalidad para adultos mayores o personas en silla de ruedas. La oferta no es acumulación de tendencias; es una estrategia de comunidad. La clase puede reunir a una embarazada, a un ejecutivo estresado y a una joven que busca fuerza. La consigna es la misma: no competir, no compararse, escuchar.
Mariana insiste en algo que incomoda al mercado: en yoga no hay posturas correctas, hay posturas conscientes. Si la pierna no llega al cielo, basta con que respire. Para un lector exigente, esa frase podría sonar simple. Pero en un contexto donde todo se mide en rendimiento, resulta subversiva.



Expansión sin estridencia
A cinco años, Mariana no habla de franquicias como trofeo sino como consecuencia. Piensa en Lima, piensa en alianzas estratégicas, piensa en Brasil —parte de su raíz familiar— y especialmente en Río de Janeiro, ciudad donde se certificó como profesora y donde se siente en casa. No descarta crecer; descarta perder esencia.
Para ella, la accesibilidad no se reduce a precio. Es apertura. Es decisión de invertir en uno mismo. Esa idea, más que cualquier calefactor infrarrojo o paleta de colores neutros, define la marca. Ohmma Yoga no busca viralidad; busca retorno. Que el alumno regrese no por el espacio, sino por cómo se siente después.
Mariana de Souza no fundó un lugar. Fundó una práctica. Y en tiempos donde el bienestar se empaqueta, se estetiza y se acelera, su propuesta es incómodamente sencilla: estar presente.

Quizá por eso Ohmma no promete transformación inmediata. Promete algo más difícil de vender y más complejo de sostener: coherencia. En una ciudad que aprende a sobrevivir entre el ruido, alguien decidió enseñar a respirar. Y eso, en 2026, es casi un acto político.
Escribe: Nataly Vásquez