El fuego de una vela, el perfume del cempasúchil, el sonido de una copa que se alza en silencio. En Lima, el espíritu del Día de Muertos encontró una nueva forma de celebrarse: como un festín de sabores, ritual y arte. Bajo la complicidad del tequila más icónico de México y la precisión contemporánea de Osaka, la noche del 31 de octubre se convirtió en un viaje entre lo efímero y lo eterno.

Un altar que se degusta
El restaurante Osaka Lima abrió sus puertas a una experiencia que trascendió la mesa. Altares, flores y pan de muerto dieron la bienvenida a los invitados, mientras el portafolio de Tequila Don Julio guiaba un recorrido sensorial en tres actos: un diálogo entre tradición y vanguardia, entre el agave y el océano, entre México y Japón.
El primer tiempo, Death Note Paloma, con Don Julio Blanco, toronja y togarashi, acompañó tiraditos, sushi y makimonos que reinterpretaron el ritual del inicio. Luego, el Jalisco Bijou, sofisticada alquimia de Don Julio Reposado, Matacuy y vermouth Avelino, se presentó junto a un segundo acto de trufa, langostinos y cerdo nikkei. El cierre, Izanami Café, combinó espresso, miso y tequila en un gesto de equilibrio que selló la velada con sutileza: un Suspiro Nikkei que sabía a eternidad.





El espíritu de la celebración
La atmósfera, marcada por una curaduría musical Afrotronic, envolvió a figuras del mundo gastronómico y cultural —Diego Herrera, Diego de la Puente, Luana Barrón, Gabriela Ibarcena, entre otros— en un entorno que respiraba misticismo contemporáneo. Nada fue improvisado: cada copa, cada bocado, cada nota musical respondió a una misma idea—celebrar por amor, como dicta el manifiesto de Don Julio.
Ocho décadas después de su origen, la marca continúa honrando sus raíces al conectar con la cultura local y el arte del encuentro. Esa noche, el altar no estuvo hecho de mármol ni de flores, sino de luz, sabor y memoria líquida.




Escribe: Nataly Vásquez