Thiago Vernal: Convirtiendo escenarios en territorios propios

POR NATALY

A los trece años, cuando la mayoría todavía está intentando entender quién es, Thiago Vernal ya sostenía un escenario completo sobre los hombros. Protagonizar el musical Billy Elliot en Perú no fue solo una experiencia...

A los trece años, cuando la mayoría todavía está intentando entender quién es, Thiago Vernal ya sostenía un escenario completo sobre los hombros. Protagonizar el musical Billy Elliot en Perú no fue solo una experiencia temprana dentro del teatro musical. Fue el primer momento en que el arte dejó de ser un interés y empezó a parecerse a una identidad. Con los años llegaron el cine, la televisión, nuevos escenarios y una audiencia que lo ha visto crecer proyecto tras proyecto. Pero si uno mira hacia atrás, es difícil no volver a ese primer punto de partida donde un niño que bailaba sobre el escenario descubría algo que todavía no sabía nombrar.

Cuando el arte deja de ser un gusto

Thiago recuerda esa etapa como un momento formativo más que como un logro precoz. Interpretar a Billy Elliot significaba encarnar la historia de un niño que insiste en seguir lo que siente, incluso cuando el entorno no siempre lo entiende. A esa edad, la ficción y la experiencia personal no estaban tan lejos una de la otra.

Lo que más le quedó de ese personaje no fue la exigencia del rol ni la presión de protagonizar una producción importante. Fue la claridad que aparece cuando un escenario empieza a sentirse como un lugar propio. En ese momento el arte deja de ser algo que uno disfruta y empieza a parecerse a una forma de reconocerse. A veces la vocación no se anuncia con grandes certezas. A veces aparece como una intuición difícil de ignorar.

El punto donde todo se junta

La carrera de Thiago se mueve con naturalidad entre actuación, baile y canto. Tres disciplinas que en muchos casos se entrenan por separado, pero que en su caso parecen responder a una lógica más orgánica. Para él, el escenario funciona mejor cuando esas fronteras desaparecen.

Hay historias que el cuerpo puede contar mejor que las palabras. Otras necesitan la voz o la música para completarse. Lo que le interesa como artista es ese punto en el que todos esos lenguajes se encuentran y dejan de sentirse como partes separadas. Cuando la mente deja de dividir lo que está pasando y el cuerpo simplemente vive la historia, el resultado suele ser más honesto. No porque sea perfecto, sino porque se siente real.

Crecer bajo la mirada pública

Entrar al mundo artístico tan joven también implica crecer en medio de cierta visibilidad constante. Teatro, cine, televisión y ahora redes sociales. Cada espacio tiene su propio ritmo y su propia lógica de exposición. Con el tiempo, esa presencia pública obliga a tomar decisiones sobre qué tipo de artista se quiere ser.

Thiago nunca ha sentido interés por construir una versión pública demasiado distinta de su vida real. Prefiere moverse desde la transparencia, manteniendo cierta coherencia entre lo que ocurre dentro y fuera del escenario. Eso no significa compartirlo todo ni eliminar los límites. Significa entender que la autenticidad también es una forma de cuidado, tanto para uno mismo como para las personas que forman parte de su vida.

El tiempo de construir

Hoy su carrera atraviesa una etapa distinta. Proyectos recientes en teatro musical como Querido Evan Hansen, junto a nuevas experiencias en cine y televisión, marcan un momento de transición natural. El paso de un actor que empezó muy joven a alguien que empieza a consolidar una voz propia dentro de la industria.

Thiago habla de este momento con una mezcla de entusiasmo y paciencia. La idea no es llegar rápido a un punto definitivo, sino construir una trayectoria donde cada proyecto amplíe un poco más el rango de historias que puede contar. En paralelo, las redes sociales han abierto otro espacio de expresión que disfruta, aunque tiene claro que su centro sigue estando en el trabajo artístico.

Si alguien mirara esta etapa dentro de algunos años, probablemente no encontraría un momento de llegada. Encontraría más bien una fase de construcción. Una etapa donde la prioridad no es el ruido inmediato, sino el trabajo silencioso de seguir afinando la voz propia.

Y tal vez ahí esté la verdadera continuidad con aquel primer escenario de su adolescencia. No en la nostalgia de lo que fue, sino en la misma pregunta que todavía guía el recorrido: qué historias vale la pena contar y desde dónde hacerlo.

Escribe: Nataly Vásquez

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