No empieza en la pasarela ni termina en la imagen final. La moda, en este caso, se entiende como un sistema que se construye desde adentro, donde cada decisión tiene consecuencias en quienes lo atraviesan. Con más de dos décadas de experiencia entre pasarelas, producciones y mercados internacionales, Richard Dulanto ha organizado su trabajo en tres frentes que no operan por separado, sino como partes de una misma estructura que busca algo más que visibilidad.

Donde todo empieza antes de verse
Richard entiende que la industria suele mostrar solo el resultado, pero su foco está en lo que ocurre antes de que algo llegue a ser visible. La formación, en ese sentido, no es un paso previo sino el punto donde se define todo lo demás. En su escuela, el modelaje no se enseña como una habilidad aislada, sino como una práctica que exige disciplina, lectura del entorno y una forma de estar frente a otros.
Esa base cambia la manera en que los talentos se integran luego a la agencia y a las producciones. No se trata únicamente de encontrar oportunidades, sino de estar preparados para sostenerlas. Lo que propone Richard es una continuidad que rara vez se articula dentro de la moda local, donde muchas veces los procesos quedan fragmentados y dependen más de la intuición que de una estructura clara.


La representación como una toma de posición
En la agencia, la lógica no gira únicamente en torno a la proyección de imagen. Hay una idea más exigente detrás de lo que significa representar a alguien. Richard insiste en que la estética, por sí sola, no alcanza si no está acompañada de una ética de trabajo que permita construir una carrera en el tiempo.
Esa exigencia se traslada a los perfiles que decide impulsar. No busca únicamente rostros que funcionen frente a cámara, sino personas que entiendan el oficio con responsabilidad. En un entorno donde la velocidad suele marcar el ritmo, esta postura introduce una pausa necesaria que redefine qué se considera éxito dentro de la industria.

El momento en que todo se pone a prueba
Las producciones son el lugar donde ese sistema deja de ser teoría. Es ahí donde la formación y la representación se enfrentan a una realidad concreta, con tiempos, clientes y expectativas que no siempre se alinean. Richard no plantea estos espacios como vitrinas, sino como escenarios donde cada participante tiene que sostener lo que ha construido previamente.
En ese proceso, la moda recupera una dimensión que suele quedar relegada. No es solo imagen, también es mensaje. Cada desfile, cada sesión, cada evento se convierte en una oportunidad para que una marca o un diseñador diga algo que vaya más allá de lo inmediato. Los modelos, en ese contexto, no interpretan únicamente prendas, sino ideas que necesitan ser comprendidas antes de ser mostradas.


Lo que queda cuando el ritmo baja
Cuando Richard habla de legado, evita centrarse en su nombre. Prefiere insistir en una forma de hacer las cosas que pueda mantenerse incluso cuando él no esté al frente. La profesionalización, la disciplina y el respeto por el oficio aparecen como constantes que busca instalar en quienes pasan por su ecosistema.
Hay también una lectura más amplia sobre el lugar de la moda peruana. Richard no la plantea desde la urgencia de competir, sino desde la necesidad de consolidar procesos que permitan sostener ese crecimiento en el tiempo. En esa mirada, el talento local no es una promesa, sino una posibilidad concreta que necesita estructura para proyectarse.

Lo que propone no es una fórmula ni un discurso aspiracional. Es una manera de ordenar una industria que muchas veces ha operado desde la fragmentación. Y en ese orden, casi sin declararlo, aparece algo más interesante: la posibilidad de que la moda deje de ser solo un resultado y empiece a entenderse como un proceso que forma, exige y, en algunos casos, transforma.
Escribe: Nataly Vásquez
Styling: Atelier de Alta Sastrería- Daniel Vercchelli