Hay momentos en los que una plataforma deja de expandirse para empezar a redefinirse. En su edición número 31, CASACOR Perú no solo cambia de sede ni amplía dimensiones: cambia de lógica. Por primera vez, la muestra se construye íntegramente desde el origen dentro del Jockey Club del Perú, marcando un punto de inflexión para una de las plataformas más influyentes de arquitectura, interiorismo y diseño en América Latina. La sensación ya no es la de entrar a un espacio adaptado temporalmente, sino la de recorrer una estructura pensada para que cada transición, cada pausa y cada relación con el entorno tengan sentido dentro de una experiencia mucho más integrada.



Una ciudad dentro de otra
Durante años, CASACOR Perú desarrolló una relación casi intuitiva con la ciudad. Recuperó casonas, resignificó edificios olvidados y convirtió espacios en pausa en escenarios culturales temporales. Esa memoria sigue presente, pero esta edición propone otra conversación. La construcción de un recinto propio no responde únicamente a una necesidad operativa. Hay detrás una intención mucho más precisa: controlar la experiencia desde el inicio y construir una narrativa espacial coherente en todas sus capas.
El recorrido cambia justamente por eso. Los ambientes ya no aparecen como piezas independientes que compiten entre sí, sino como parte de una secuencia donde el visitante deja de consumir espacios para empezar a habitarlos momentáneamente. Bajo el concepto “Mente y Corazón”, la muestra plantea una lectura contemporánea sobre cómo vivimos, trabajamos, descansamos y nos vinculamos emocionalmente con los entornos que construimos.
Dentro de esos más de 11 mil metros cuadrados, la conversación se mueve constantemente entre distintas escalas. Hay lofts, jardines, instalaciones conceptuales, espacios de bienestar y propuestas donde la arquitectura efímera deja de sentirse temporal para adquirir permanencia emocional. Lo interesante es que nada parece pensado únicamente para impresionar. Existe una búsqueda clara por generar relaciones más naturales entre diseño, paisaje y experiencia cotidiana.






La sofisticación de incluir
En una industria donde muchas veces la exclusividad se confunde con distancia, esta edición introduce una decisión que modifica el sentido completo de la muestra: convertirse en una experiencia 100% accesible para personas con discapacidad motriz y auditiva. Y aunque podría mencionarse como un dato técnico, en realidad funciona como una postura cultural mucho más profunda sobre el futuro de la ciudad y de los espacios que habitamos.
La accesibilidad aquí no aparece como añadido ni como discurso paralelo. Se integra desde la estructura misma de la experiencia. Eso cambia la manera en que se entiende el diseño. Ya no basta con que un espacio sea visualmente atractivo o conceptualmente sofisticado. También necesita ser habitable, comprensible y abierto a distintas formas de recorrerlo.
Esa lógica dialoga naturalmente con la presencia del Centro Ann Sullivan del Perú, institución vinculada históricamente a CASACOR y que esta vez adquiere una relevancia todavía más visible dentro del recorrido. La participación del centro no se limita a una presencia simbólica ni a una colaboración lateral. Forma parte del núcleo emocional de la muestra y refuerza una idea que atraviesa toda la edición: el diseño también puede construir vínculos sociales reales.
El reconocimiento a Liliana Mayo, junto al trabajo silencioso de voluntarios y colaboradores que acompañaron el crecimiento de la institución durante décadas, introduce una dimensión distinta dentro de una plataforma asociada tradicionalmente al lujo y la innovación. La sensibilidad aparece aquí no como un gesto decorativo, sino como parte estructural del proyecto.





Cuando el diseño deja de ser decorativo
CASACOR siempre funcionó como una vitrina para la industria, pero reducirla únicamente a eso hoy parece insuficiente. Lo que sucede dentro de la muestra tiene más relación con observar hacia dónde se mueve nuestra idea contemporánea de bienestar. La tecnología, la sostenibilidad, la biodiversidad y las nuevas dinámicas urbanas aparecen integradas con bastante naturalidad dentro del recorrido.
La participación de la Asociación Pro Jardín Botánico de Lima, por ejemplo, desplaza la conversación hacia la relación entre ciudad y naturaleza desde una perspectiva mucho menos ornamental. El jardín de biosonificación lleva todavía más lejos esa exploración al integrar tecnología y paisaje en una experiencia sensorial que evita caer en el espectáculo fácil. Incluso la incorporación del programa de adopción de mascotas de la Municipalidad de Santiago de Surco introduce una lectura distinta sobre convivencia urbana y responsabilidad colectiva.
Hay también una madurez visible en cómo la muestra entiende hoy el lujo. Durante mucho tiempo, el diseño latinoamericano buscó validarse a través del exceso visual o la espectacularidad inmediata. Esta edición parece ir en dirección opuesta. La sofisticación aparece más vinculada a la claridad, a la escala humana y a la capacidad de construir espacios emocionalmente sostenibles.
La transición hacia la dirección de Julio Pérez-Novoa después de más de tres décadas lideradas por Verónica Torres de Haaker y Elena Benavides también se siente coherente con ese movimiento. No hay intención de ruptura agresiva ni necesidad de borrar lo construido. Lo que aparece es una voluntad mucho más compleja y probablemente más difícil: continuar afinando una plataforma cultural que ya entendió que su verdadero impacto no termina cuando acaba la muestra.
Porque quizá lo más interesante de CASACOR Perú hoy no sea únicamente la arquitectura, los ambientes o las tendencias que anticipa. Lo que permanece después del recorrido es otra cosa. La sensación de que el diseño dejó de tratarse solamente de espacios y empezó a hablar, con más claridad que antes, sobre la manera en que queremos vivir.