Diseñar una casa empieza mucho antes de elegir materiales, definir proporciones o distribuir ambientes. En FB Arquitectos, Romina Barrantes y Aaron Flores entienden que el verdadero punto de partida está en conocer a quien va a habitarla: sus rutinas, sus necesidades y también aquello que muchas veces no consigue expresar con palabras. Desde esa mirada, su trabajo se construye alrededor de una pregunta esencial: cómo puede la arquitectura residencial acompañar mejor la vida de una persona y convertir un espacio en un lugar que realmente sienta propio.

La arquitectura como una forma de entender al otro
FB Arquitectos nació con una convicción que sigue definiendo cada proyecto: la arquitectura puede transformar la manera en que vivimos. Para Romina y Aaron, esa transformación no ocurre necesariamente a través de gestos extraordinarios, sino mediante decisiones capaces de hacer que un espacio responda mejor a la vida cotidiana. Un hogar, en ese sentido, no es solo el resultado de una propuesta estética, sino el lugar donde transcurre buena parte de aquello que somos.
Esa mirada también explica por qué la arquitectura residencial ocupa un lugar tan importante en su manera de entender el oficio. En un momento en que el ritmo de vida parece exigirnos estar siempre en movimiento, la casa adquiere una responsabilidad distinta. Debe ser un refugio, un lugar capaz de ofrecer calma y seguridad, pero también de acompañar las formas particulares en que cada persona vive. Por eso, para ambos, ninguna decisión es completamente superficial. La orientación de un volumen, la distribución de los ambientes, los materiales y especialmente los colores participan en la forma en que un espacio se percibe y se habita.



Leer antes de diseñar
La relación con el cliente es, quizá, el punto donde la filosofía de FB Arquitectos adquiere una forma más concreta. Romina y Aaron entienden que conocer a una persona no consiste únicamente en preguntarle qué quiere. También implica observar cómo vive, entender sus rutinas, reconocer sus prioridades y prestar atención a aquello que puede quedar fuera de una conversación convencional. Diseñar, en su caso, empieza por esa capacidad de lectura.
A partir de ahí, la propuesta se construye buscando que la funcionalidad y la estética no compitan entre sí. Las proporciones, la luz, los materiales y los detalles forman parte de una misma conversación, una en la que cada elemento debe encontrar su lugar. La satisfacción aparece cuando el cliente entra por primera vez y reconoce algo de sí mismo en el espacio, cuando la casa no se siente como una respuesta ajena, sino como un lugar que, de alguna manera, siempre estuvo pensado para él.
Esa es una de las diferencias entre diseñar para alguien y diseñar con alguien en mente. En el primer caso, el resultado puede ser correcto. En el segundo, existe la posibilidad de que el espacio alcance algo más difícil de conseguir: una identidad propia.



Cuando una casa no necesita seguir el momento
Las tendencias pueden ofrecer referencias, pero no deberían convertirse en el punto de partida. Para Romina y Aaron, cada proyecto debe encontrar su propia identidad a través del diseño y la materialidad, en diálogo directo con aquello que el cliente desea transmitir. La arquitectura no tiene por qué perseguir cada novedad para mantenerse vigente. Puede construir una respuesta más personal, menos dependiente de lo que ocurre alrededor.
Esa misma paciencia se extiende a la construcción. La arquitectura, sostienen ambos, no pide correr. Cada espacio requiere una selección cuidadosa de sus componentes y un respeto por los tiempos de ejecución, porque acelerar un proceso constructivo puede terminar comprometiendo aquello que se busca preservar: la calidad de la obra y la confianza del cliente.
Por eso, una de las mayores satisfacciones para FB Arquitectos consiste en regresar a una de sus obras y comprobar que el tiempo no la ha debilitado. Más bien, que el proyecto ha sabido permanecer. Que sigue intacto, pero también que ha madurado.

En una época en la que muchas decisiones parecen estar condicionadas por la velocidad, la propuesta de Romina Barrantes y Aaron Flores encuentra su valor en otra dirección. Diseñar con atención, escuchar antes de intervenir y construir espacios que puedan seguir perteneciendo a quienes los habitan incluso con el paso de los años. Quizá allí esté la medida más honesta de una arquitectura bien pensada: no en cuánto llama la atención cuando se termina, sino en cuánto sentido conserva cuando la vida ya ha empezado a ocurrir dentro de ella.
Escribe: Nataly Vásquez