Omi: Una nueva gramática del bienestar en Punta Hermosa

POR NATALY

Cuando el bienestar deja de ser discurso y se vuelve práctica Antes de ser una marca, Omi fue un ritual privado. Un gesto repetido en silencio. Una pareja buscando equilibrio en lo simple: cómo comer...

El verano en Punta Hermosa tiene un ritmo propio. El mar marca las horas, el cuerpo aprende a bajar la guardia y el tiempo se vuelve más amable. En ese escenario —donde la pausa no es un lujo sino una necesidad— nace Omi, impulsado por las miradas sensibles y conscientes de sus fundadoras, Ximena Peña y Antu Torres, no como un negocio que busca atender una tendencia, sino como un espacio que responde a un quiebre íntimo: la urgencia de volver a habitar lo cotidiano con mayor conciencia. No se trata solo de matcha. Ni siquiera de café. Se trata de cómo se consume, desde dónde y para qué.

Cuando el bienestar deja de ser discurso y se vuelve práctica

Antes de ser una marca, Omi fue un ritual privado. Un gesto repetido en silencio. Una pareja buscando equilibrio en lo simple: cómo comer mejor, cómo descansar más profundo, cómo cuidar el sistema nervioso en medio de un mundo que exige velocidad. El matcha apareció casi sin anunciarse, como suelen hacerlo las cosas que permanecen. Una bebida que no acelera, sino que regula. Que no invade, sino que acompaña.

Con los pies en la arena y una vida compartida entre la ciudad y la playa, la intuición fue clara: Punta Hermosa necesitaba un lugar así. Un espacio donde tomar matcha fuera apenas la puerta de entrada a algo más amplio. Un refugio breve. Una pausa con intención. Allí entendieron que no estaban creando un bar, sino una experiencia de bienestar cotidiano, una forma distinta de relacionarse con lo que se consume.

Las decisiones que no se ven, pero se sienten

En un mercado saturado de promesas saludables, Omi eligió otro camino: la coherencia silenciosa. Esa que no necesita carteles ni discursos grandilocuentes. La que se construye desde decisiones internas, muchas veces invisibles para el consumidor, pero determinantes para la experiencia.

Antu dejó el mundo corporativo para estar presente. No como gesto romántico, sino como convicción profunda: la experiencia no se delega. La energía de quien recibe, escucha y conecta es parte del producto. La marca no se administra a distancia; se vive.

La carta también responde a esa lógica. Pequeña, precisa, pensada. Café de especialidad con 84 puntos en taza, panes de masa madre, opciones altas en proteína, bowls que energizan sin agotar. Y los postres, hechos por Antu, cargan una historia doméstica que se filtra en cada preparación: la cocina familiar, los cumpleaños de infancia, el cuidado como lenguaje. En Omi, nada está ahí por azar. Todo responde a una idea de bienestar que no se impone, se ofrece.

Aspirar ya no es parecer, es elegir mejor

Omi dialoga con una generación que ya no se conforma con etiquetas. Que lee, pregunta, cuestiona. Personas que entienden que consumir también es un acto político, emocional y cultural. Desde su formación en marketing, sostenibilidad e innovación, sus creadoras nunca separaron aspiración de responsabilidad.

Aquí, lo aspiracional no es lo inalcanzable. Es lo posible bien hecho. Punta Hermosa merecía una cafetería de especialidad y un matcha bar con intención, calidad y honestidad. Un lugar donde disfrutar algo rico y, al mismo tiempo, aprender —casi sin darse cuenta— a consumir de forma más consciente.

Omi no educa desde la superioridad, sino desde el ejemplo. Desde la experiencia que deja huella sin necesidad de explicarse.

Un lugar que la comunidad pueda llamar propio

Pensar Omi a cinco o diez años no tiene que ver con expansión acelerada ni con multiplicación de locales. Tiene que ver con permanencia. Con convertirse en un punto de encuentro emocional para Punta Hermosa. Un espacio seguro. Un pequeño escape diario. Un lugar donde la comunidad entre sin pedir permiso y se quede sin mirar el reloj.

El verdadero legado que imaginan no se mide en ventas ni en crecimiento exponencial, sino en memoria compartida. En personas que vuelven. En rutinas que se construyen alrededor de una mesa, una bebida caliente, una conversación breve antes de volver al mar.

Omi no busca cambiar la industria del bienestar. Busca algo más sutil y, quizá, más difícil: recordarnos que el bienestar empieza en los gestos mínimos, en lo que elegimos consumir cuando nadie nos mira, en los lugares que nos permiten bajar la voz interna y respirar mejor.

Escribe: Nataly Vásquez

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