El reconocimiento no siempre llega con anuncios ni gestos grandilocuentes. A veces aparece en silencio, entre sal en los dedos, risas compartidas y amigos que llegan del mar. Así comenzó Cucharitas, en Punta Hermosa: un pequeño local donde la mesa se fue llenando de ceviche preciso, cerveza helada y cucharitas pensadas para compartir. En ese cruce espontáneo entre el océano y la sobremesa, Mónica Jackson entendió que la cocina podía ser también una forma íntima de pertenencia. El pescado era del día, los pulpos llegaban vivos, y el ritual se repetía sin artificios. Nada más. Nada menos. Con el tiempo, ese gesto mínimo se volvió identidad.

Un balneario servido en cucharadas
Cucharitas no imitó a Punta Hermosa; la absorbió. La intimidad del balneario —esa sensación de estar siempre entre conocidos— se filtró en cada plato y en cada saludo. Comer allí se volvió una extensión del verano, incluso en invierno. Cucharitas como refugio, como espacio donde la comida no se impone, acompaña. Mónica habla de comunidad sin grandilocuencia: la describe en acciones cotidianas, en clientes que regresan, en vecinos que adoptan el lugar como propio. La cocina, entendida así, deja de ser espectáculo y se vuelve conversación.


Decisiones pequeñas, convicciones profundas
La identidad de Cucharitas se construyó desde lo esencial. Producto fresco, pescadores con nombre propio, respeto por lo que el mar ofrece cada día. Pero hay otra capa, menos visible y más decisiva: la familiar. El restaurante funciona como una mesa extendida donde trabajan juntas sus hijas, su esposo y su hermano. Esa cercanía no se declara; se percibe. La atención nace del cariño, no de la obligación, y esa energía —silenciosa pero constante— atraviesa el servicio. La coherencia entre lo que se cocina, cómo se sirve y quiénes están detrás sostiene una marca gastronómica reconocible en el sur de Lima.

Tradición que no se queda quieta
Hay sabores que definen una memoria: el ceviche con la acidez justa, el chicharrón en su punto, la canchita con ajo crocante, el arroz con mariscos que sabe a casa, el pulpo al olivo preciso y honesto. En Cucharitas, estos platos funcionan como anclas. Pero la cocina —sabe Mónica— no puede quedarse inmóvil. La frescura diaria obliga a crear, a jugar, a reinterpretar la tradición marina con una mirada contemporánea. Técnicas actuales, presentaciones limpias, equilibrio. Un diálogo constante entre lo que fue, lo que es y lo que aún puede ser.


El mar no tiene temporada
Mientras otros lugares esperan al verano, Cucharitas trabaja todo el año. Porque el mar no descansa. La visión de futuro no apunta a crecer perdiendo intimidad, sino a fortalecer el vínculo con quienes ya forman parte de la casa. Los clientes vuelven porque se sienten cuidados, porque los sabores despiertan recuerdos propios, porque intuyen que detrás de cada plato hay una familia que cocina con atención y respeto. El porvenir, aquí, no se proyecta como expansión desmedida, sino como continuidad consciente.
Al final, Cucharitas no es solo un restaurante en Punta Hermosa. Es un lugar donde el mar se sienta a la mesa y aprende a decir hogar. Un espacio donde la cocina, lejos de buscar aplausos, se queda. Y permanece.
Escribe: Nataly Vásquez