El entrenamiento puede ser ruido o puede ser lenguaje. En el caso de Gerar Agus, fue primero silencio: años de repetición sin testigos, tres años sin pausa, sin audiencia ni cálculo, sostenidos como una obstinación privada que luego se volvió referencia pública. Antes de las redes hubo una relación íntima con el esfuerzo —competir, ganar, volver a empezar— hasta el quiebre: una caída en la nieve, un codo lesionado, meses de rehabilitación y una sentencia médica que parecía final. Lo que siguió no fue épica, sino decisión: no detenerse, reordenar el propósito y entrenar con más foco y conciencia, una forma de estar en el deporte que hoy define todo lo demás.

Entrenar como se aprende a hablar
Gerar no entiende el fitness como un espectáculo de proezas, sino como un proceso de alfabetización corporal. Su aproximación siempre fue funcional, adaptable, profundamente humana. No todos los cuerpos parten del mismo lugar, y esa certeza atraviesa tanto su trabajo como entrenador como su presencia digital.
El movimiento, en su visión, se enseña en capas: primero se mira, luego se explica, recién después se corrige. La pedagogía precede al impacto. Por eso su contenido no busca deslumbrar, sino acompañar. Variar para no estancarse. Progresar sin saltarse etapas. Entender que el rendimiento no es una línea recta, sino una conversación constante entre capacidad, contexto y tiempo.
Esa filosofía —sostenible, abierta, sin límite de edad ni condición— es la que ha permitido que personas de trayectorias muy distintas se reconozcan en su propuesta. Entrenar paso a paso como una forma de respeto al propio cuerpo. Y, también, como una manera de permanecer.


La ética del movimiento compartido
Influir no es mostrar más; es saber qué no mostrar. En un ecosistema digital donde el cuerpo suele convertirse en promesa inmediata, Gerar se impone límites claros. Comunica solo lo que ha vivido, estudiado y puesto en práctica. No hay atajos sin consecuencias, y esa advertencia atraviesa su discurso con una calma casi contracultural.
Cada ejercicio, cada rutina, cada recomendación parte de un criterio: que pueda adaptarse. Que no excluya. Que no dañe. Mostrar sin contexto es, para él, una forma de irresponsabilidad. Por eso insiste en la ciencia explicada sin solemnidad, en el porqué detrás del movimiento, en la necesidad de contrastar, investigar, escuchar más de una voz.
La pandemia fue una prueba silenciosa de ese enfoque. Cuando muchos entrenaron solos, en espacios mínimos, sin supervisión directa, el valor de un contenido claro, honesto y ajustable se volvió evidente. Convertirse en su propio entrenador, sin perder el cuidado, fue parte de ese aprendizaje colectivo.

Contra la urgencia, el proceso
Gerar desconfía de lo inmediato. De lo que se ve bien pero no se sostiene. En un mundo que premia el brillo rápido, insiste en recordar que detrás de un movimiento limpio hay años de repetición invisible. Que no todo lo que parece fácil lo es. Que no todo lo que circula en redes está respaldado por criterio.
Su apuesta a futuro no es técnica, sino cultural. Que quienes lo sigan aprendan a disfrutar el proceso. A entrenar con alegría, con propósito, con paciencia. A entender el cuerpo no como una meta que se alcanza, sino como un espacio que se habita todos los días. Avanzar sin violentarse. Elegir el bienestar como prioridad, no como tendencia.
Al final, la huella que busca dejar no se mide en marcas ni en cifras. Se mide en hábitos que permanecen cuando la motivación baja. En personas que aprenden a escucharse. En una relación más honesta con el esfuerzo. Porque hay disciplinas que se exhiben. Y otras —las que importan— que se construyen lejos del aplauso, pero muy cerca del sentido.
Escribe: Nataly Vásquez