Casa Sarao: La voz española que renueva San Isidro

POR NATALY

Hay tardes en San Isidro en las que el ritmo del distrito financiero baja apenas un par de decibeles. Es el instante preciso en el que la luz se filtra entre las torres de vidrio...

Hay tardes en San Isidro en las que el ritmo del distrito financiero baja apenas un par de decibeles. Es el instante preciso en el que la luz se filtra entre las torres de vidrio y se posa sobre Paseo Begonias, como si alguien hubiera decidido atenuar el ruido para que se escuche mejor lo que ocurre en las mesas. Allí, entre oficinas, vitrinas y tránsito contenido, Casa Sarao aparece como una pausa coreografiada: un comedor donde la gastronomía española se reescribe en clave contemporánea, pero conserva el compás de barra, sobremesa y celebración.

Un sarao de ciudad: cuando la fiesta es el plato

En España, un sarao era, antes que nada, una excusa: música, baile, conversación, copas que se rellenan sin prisa. En Lima, el concepto se traslada a este espacio cálido y moderno, donde la palabra deja de ser una anécdota lingüística y se vuelve atmósfera. Aquí, la fiesta no irrumpe, se insinúa. Se percibe en el murmullo de las mesas largas, en los platos al centro que invitan a compartir y en esa iluminación que parece pensar más en la piel que en la foto.

Desde el primer vistazo, Casa Sarao negocia con el imaginario clásico de la taberna y lo conduce hacia un registro más actual: líneas limpias, texturas cálidas, detalles que susurran Madrid o Barcelona sin caer en el decorado folklórico. La cocina española está presente, pero no como postal congelada, sino como lenguaje vivo. Es en esa tensión entre tradición y contemporaneidad donde la propuesta encuentra su fuerza.

Tapas como prólogo: pequeñas historias en voz alta

En la carta, el relato comienza en formato breve. Tapas que funcionan como prólogos comestibles, diseñados para abrir el apetito y la conversación. El jamón ibérico llega como un clásico que no necesita presentación, pero sí contexto: cortado con calma, desplegado en el plato como un cuadro minimalista, recordando que en la cocina española el producto suele ser la frase más elocuente.

Las papas bravas –tan versionadas como discutidas en medio mundo– aparecen aquí con ese equilibrio difícil entre confort y precisión: crujientes, atrevidas, con una salsa que no busca gritar, sino quedarse. Las gildas, con su ensamblaje exacto de encurtidos y salazones, son pequeños golpes de personalidad; una declaración de intenciones para quien entiende que una brocheta puede contener el carácter de una barra entera.

En las croquetas cremosas, el juego está en la textura: la corteza que cede, el relleno que casi se derrama, el sabor que no necesita estridencias para ser memorable. Los bocatas y la tortilla española servida en porciones para compartir completan este repertorio inicial pensado para manos inquietas y sobremesas que se alargan. No hay prisa; el ritmo se marca al centro de la mesa.

Fondos con oficio: técnica, memoria y una mirada contemporánea

Cuando llegan los platos de fondo, la cocina de Casa Sarao muestra su dimensión más narrativa. La fideuá de mariscos es mucho más que un guiño al Mediterráneo: es una puesta en escena donde el fideo tostado, el caldo concentrado y el mar expresado en capas sostienen el plato con seguridad. Es un fondo pensado tanto para el ojo como para el paladar, con esa precisión que revela horas de cocina silenciosa.

El cochinillo crujiente se sirve con una estética pulida, casi arquitectónica. La piel, tensa y dorada, es promesa de textura; la carne, suave y jugosa, sostiene el discurso. A su lado, la paletilla de cordero al horno habla de tiempos largos, de paciencia, de una cocina que entiende que no todo debe resolverse en minutos. Es un plato que dialoga con la tradición castellana, pero con una composición contemporánea que lo acerca a un paladar urbano y cosmopolita.

El rabo de toro estofado completa esta constelación de fondos que apuestan por la cocina lenta y el respeto al producto. Cada bocado es una lección de reducción, equilibrio y memoria. El resultado no pretende ser rupturista: su modernidad se expresa en la presentación, en la limpieza de sabores, en la manera en que dialoga con un entorno donde el comensal llega desde una reunión de directorio o una jornada de oficina, buscando algo más que un almuerzo eficiente.

Jorge Muñoz: un puente entre dos orillas

Detrás de esta propuesta se encuentra el chef Jorge Muñoz, cuyo recorrido profesional lo ha llevado por cocinas de Perú y España, incluyendo su paso por Pakta, el espacio de cocina nikkei conceptualizado por el reconocido chef Albert Adrià. Esa experiencia, marcada por la precisión técnica y la exploración creativa, se percibe en Casa Sarao como una suerte de subtexto: no está escrita en la carta, pero late en la ejecución.

Muñoz no busca replicar un recetario español de museo ni caer en la simple traducción de sabores. Su objetivo parece otro: construir un punto de encuentro donde la gastronomía española se viva en Lima con naturalidad, sin artificios, como quien adopta una costumbre nueva que ya se siente familiar. La cocina se convierte en un puente entre dos orillas, pero también entre dos ritmos: la velocidad corporativa de San Isidro y la cadencia pausada de una sobremesa ibérica.

Un escenario donde la ciudad se ensaya a sí misma

Insertarse en Paseo Begonias implica asumir un papel dentro de un ecosistema urbano en transformación. Este destino que combina gastronomía, retail, espacios de trabajo y experiencias se ha consolidado como una suerte de laboratorio de ciudad contemporánea: vertical, eficiente, pero cada vez más atento a los rituales que humanizan la jornada.

Con la llegada de Casa Sarao, la oferta gastronómica del complejo supera las 20 experiencias, a las que se suman nombres como el hall gastronómico Popurrí –con sus 14 restaurantes de autor–, además de propuestas como La Sanahoria, Olivia, Melt, Rutina, Barrio y otros espacios que amplían el mapa de posibilidades para quienes transitan este núcleo financiero. En ese contexto, el restaurante de Muñoz suma algo más que una nueva mesa: aporta un imaginario cultural. Introduce la idea de que, en medio de la lógica corporativa, todavía hay lugar para el sarao, para el encuentro, para el rito de compartir un plato al centro sin mirar el reloj.

Un lugar para negociar con el tiempo

Al caer la tarde, cuando las luces de las oficinas empiezan a reflejarse en las copas y el murmullo de Paseo Begonias se hace más denso, Casa Sarao funciona como un pequeño refugio. Un comedor desde el cual Lima se permite mirar hacia España sin nostalgia, con curiosidad. Un espacio donde una fideuá de mariscos, un cochinillo crujiente o unas papas bravas se convierten en pretexto para conversaciones que cruzan fronteras, sectores y generaciones.

En San Isidro la ciudad parece ensayar una nueva coreografía: trabajar, cruzar la calle, sentarse a la mesa, detenerse un momento. En esa coreografía, Casa Sarao no es solo un restaurante español contemporáneo; es un recordatorio de que toda gran ciudad necesita lugares donde el tiempo afloje la corbata, suba el volumen de la conversación y permita que, aunque sea por un rato, la vida se parezca a un sarao.

Escribe: Nataly Vásquez

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