Felipe Aracama: Una ambición que redefine la nueva conversación sobre ciudad

POR NATALY

Hay arquitectos que hablan de metros cuadrados, tendencias o velocidad de ejecución. Felipe Aracama, en cambio, parece moverse desde otro lugar, uno donde la decisión de construir empieza mucho antes de los planos y donde...

Hay arquitectos que hablan de metros cuadrados, tendencias o velocidad de ejecución. Felipe Aracama, en cambio, parece moverse desde otro lugar, uno donde la decisión de construir empieza mucho antes de los planos y donde el límite entre convicción y negocio todavía merece discutirse. A sus 29 años, mientras el mercado inmobiliario acelera hacia fórmulas seguras, Felipe insiste en algo menos cómodo: entender que no todo proyecto merece existir, incluso cuando podría ser rentable. En esa postura, silenciosa pero firme, aparece una idea que atraviesa su trabajo: la arquitectura no debería confundirse con acumulación.

La decisión de decir que no

En un momento donde buena parte de la ciudad parece levantarse bajo la lógica de la rapidez, Felipe recuerda una decisión que marcó una forma de trabajar más que un episodio aislado. Hace algunos años rechazó proyectos de casas de estilo francés en barrios cerrados. No lo cuenta como un gesto radical ni como una declaración estética grandilocuente. Lo recuerda más bien como una consecuencia inevitable de algo que no estaba dispuesto a negociar.

No se trataba únicamente de gusto. Había también una incomodidad más profunda con aquello que sentía ajeno a la formación y a las preguntas que lo habían acercado a la arquitectura. Mientras otros estudios aceptan adaptarse a cualquier lenguaje visual si el cliente lo pide, Felipe habla de identidad como quien protege una conversación que no quiere distorsionarse. En el estudio familiar donde trabaja junto a su padre, sostiene que las personas saben qué tipo de mirada van a encontrar cuando cruzan la puerta. Esa claridad, dice, también es una forma de honestidad.

En esa postura aparece algo que suele escasear en ciertos sectores del desarrollo urbano: criterio. No como capricho, sino como una manera de entender que una firma, incluso una joven, necesita construir coherencia antes que volumen.

Espacios que alguien pensó antes de existir

Cuando Felipe habla de arquitectura contemporánea, la conversación rara vez gira alrededor de la espectacularidad. Más bien insiste en algo que parece simple, aunque requiere tiempo: que las personas puedan percibir que un espacio fue pensado.

No espera que alguien conozca de proporciones, materiales o historia arquitectónica. Le interesa otra cosa. Que quien atraviesa un acceso, recorre una entrada o permanece unos segundos en un ambiente pueda notar, aunque no logre explicarlo, que hubo alguien imaginando ese lugar antes de existir. Un recorrido que no ocurre por accidente. Una perspectiva que conduce la mirada. Una iluminación que modifica la sensación de escala. Una decisión tomada para que el espacio no sea solamente funcional.

Ahí aparece uno de sus intereses más persistentes: los puntos de fuga, las proporciones alargadas, la relación entre amplitud y comodidad visual. Felipe habla de esos elementos con la naturalidad de quien todavía disfruta el proceso de pensar un espacio desde el vacío, como si cada proyecto siguiera comenzando con la misma pregunta: ¿cómo se sentirá habitar esto?

Quizá por eso evita la repetición automática. No parece interesado en producir fórmulas que funcionen rápido. Hay, más bien, una insistencia en que el diseño todavía pueda sentirse deliberado, incluso en un contexto donde la velocidad suele imponerse sobre la contemplación.

La ciudad también es una responsabilidad

Felipe se define a veces como arquitecto y otras como desarrollador urbano. La diferencia no es menor. En una industria donde el éxito suele medirse por rentabilidad inmediata, le interesa defender la idea de que construir también significa intervenir la manera en que las personas viven una ciudad.

Habla del equilibrio sin romantizarlo. Reconoce el peso del negocio, los costos, la necesidad de que un proyecto funcione económicamente. Pero también insiste en que reducir el desarrollo inmobiliario únicamente a cifras termina empobreciendo la conversación. Para él, la arquitectura residencial y el desarrollo urbano todavía tienen la capacidad de dejar algo más complejo que un retorno financiero: una relación emocional con el espacio.

Por eso menciona una palabra que aparece varias veces durante la conversación: huella. No como legado solemne ni como búsqueda de reconocimiento inmediato, sino como una posibilidad concreta de permanencia. La ambición existe y no intenta esconderla. Le interesa que sus obras puedan estudiarse algún día en facultades de arquitectura. Le interesa también construir edificios que las personas sientan propios, espacios capaces de integrarse a la vida cotidiana hasta volverse parte de la identidad de quienes los habitan.

En el fondo, quizá ahí esté la tensión más interesante de Felipe. La de alguien que entiende las reglas del negocio, pero todavía se permite creer que una ciudad puede construirse desde algo más que la utilidad. Que un edificio no solo se recuerde por cómo se veía, sino por la forma en que hizo sentir a quienes vivieron dentro de él. Y aunque el tiempo siempre termina reinterpretando cualquier obra, hay quienes todavía diseñan esperando dejar algo que permanezca cuando ya no puedan explicarlo ellos mismos.

Escribe: Nataly Vásquez

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