LUME Beauty Studio no nació del impulso creativo ni del cansancio romántico con el mundo corporativo. Nació de una lectura estratégica. Grace Ortega y Mariana Zapata, ambas con carreras consolidadas en Telefónica del Perú, entendieron que había un vacío silencioso en la industria de la belleza: demasiada estética, poca estructura; mucha promesa, poco criterio técnico. Lume aparece ahí, no como un salón, sino como una decisión.

De la estrategia a la excelencia estética
La transición desde posiciones ejecutivas hacia el emprendimiento no fue una huida, fue una evolución natural. Años de liderar equipos, construir productos y diseñar experiencias se transformaron en procesos claros, estándares elevados y una obsesión por la consistencia. En Lume, nada es improvisado. Tampoco decorativo.
Esa mentalidad corporativa se refleja en cada decisión: desde cómo se evalúa una uña hasta cómo se define qué técnica no conviene aplicar. Aquí, el lujo no está en el exceso, sino en el control. Y el control, en belleza, es una forma poco común de sofisticación.
El estándar Lume: evaluar antes de actuar
La experiencia Lume comienza con algo que el mercado suele evitar: una evaluación real. Breve, técnica, honesta. Estado de la uña, hábitos, estilo de vida, expectativas. No hay recetas universales ni técnicas forzadas. La prioridad es una sola: salud sostenida en el tiempo.
Rubber, soft gel, color gel o acrílico no se ofrecen como catálogo aspiracional, sino como soluciones específicas. Esa coherencia redefine la relación con la clienta. No se busca impacto inmediato, sino resultados que se sostengan. En un sector acostumbrado a la gratificación rápida, esta postura exige algo poco común: paciencia y confianza.


Donde nace la verdadera fidelidad
El punto de quiebre no es estético. Es conceptual. Cuando una clienta comprende que una manicura bien ejecutada también es prevención, su manera de consumir el servicio se transforma. Aparece la conciencia. Desaparece la urgencia.
Las técnicas estructurales cumplen un rol clave en ese proceso de aprendizaje. Demuestran que la estructura no implica rigidez y que la naturalidad no es sinónimo de fragilidad. Con el tiempo, los resultados se vuelven evidentes: menos quiebres, un crecimiento más uniforme y menor dependencia de reconstrucciones agresivas. La fidelidad ya no se construye desde el hábito, sino desde un criterio compartido.

El criterio donde otros improvisan
Las uñas acrílicas son el territorio donde Lume fija su diferencia con mayor claridad. No por virtuosismo, sino por criterio. No todas las uñas califican. No todas las clientas necesitan acrílico. Y decir que no, en esta industria, también es una forma de profesionalismo.
La preparación es meticulosa, nunca agresiva. El limado se controla, el uso de primer se decide según el tipo de uña, la estructura se balancea para que funcione en la vida real. Aquí se entiende algo que el mercado suele ignorar: una uña puede verse bonita y estar mal hecha. En Lume, eso no pasa.


Una idea de belleza que no grita
Más que un estudio especializado, LUME es una postura frente al oficio. Una que privilegia la arquitectura sobre el adorno, el proceso sobre la promesa, el largo plazo sobre la satisfacción inmediata. No buscan educar desde el discurso, sino desde la experiencia.
Tal vez por eso el proyecto crece sin ruido. Porque cuando la técnica es sólida y la intención clara, no hace falta insistir. La precisión, cuando es auténtica, siempre encuentra su lugar.
Escribe: Nataly Vásquez