Llegar a Punta Hermosa cambia el ritmo. Lima queda atrás y todo se mueve un poco más lento. En ese contexto aparece Navegante, sin intención de deslumbrar ni de romper nada: un restaurante que entiende dónde está y actúa en consecuencia. No busca destacar sobre el paisaje, sino convivir con él. Hablar con Diego Muñoz refuerza esa idea. No hay discursos forzados ni promesas grandes; hay una forma clara de trabajar: hacer bien las cosas, estar cómodo en el lugar donde se cocina, apoyarse en un buen equipo y ofrecer una experiencia honesta. En un momento en que el lujo suele confundirse con exceso, Navegante propone algo más simple y, justamente por eso, más valioso: hacer que la gente se sienta bien.

Un restaurante pensado para estar, no para demostrar
Aunque Punta Hermosa empieza a figurar en el mapa gastronómico, Muñoz evita las etiquetas. Navegante no pretende ser un proyecto de vanguardia ni un manifiesto culinario. Es, antes que nada, un restaurante relajado, ubicado a pocos minutos de su casa, lejos del ritmo cotidiano de Lima y de sus exigencias constantes.
Esa distancia se siente sobre todo en invierno, cuando el balneario baja la velocidad y el público cambia. En verano, en cambio, las mesas se llenan y el movimiento es otro. El reto está en adaptarse sin perder el nivel, algo que el equipo ha aprendido a manejar con trabajo y constancia. Navegante no compite con la ciudad: ofrece una alternativa.






Una cocina que mira alrededor
Aunque el mar esté siempre presente, Navegante no se define como un restaurante marino. La cocina se nutre también del Valle de Pachacámac, del mercado local y de los productos disponibles en cada momento. La carta cambia, se ajusta y responde a esa realidad.
La temporalidad no siempre es sencilla. El público, los insumos y el ritmo varían mucho a lo largo del año. Pero ahí aparece uno de los pilares del proyecto: el trabajo en equipo. Una cocina que se entrena, que mejora con la práctica diaria y que busca hacerlo un poco mejor que el día anterior.






El lujo de ser bien recibido
Para Muñoz, el verdadero lujo no está en los reconocimientos ni en la puesta en escena. Está en que los vecinos de Punta Hermosa los hayan acogido desde el inicio y en que haya personas dispuestas a viajar desde Lima solo para comer en Navegante.
La experiencia se construye en los detalles: los cócteles del Chino, la cocina de Lucas y Ramiro, la atención cercana de Jesús y su equipo. Todo ocurre sin rigidez ni formalismos innecesarios. La idea es simple: buena comida, buen servicio y un ambiente donde quedarse un rato más no se sienta como un esfuerzo.



Navegante no persigue grandes declaraciones. Avanza día a día, ajustando, corrigiendo y aprendiendo. En esa forma de trabajar —constante, cercana y sin estridencias— se define su identidad. Y quizás ahí esté su mayor valor: demostrar que, a veces, lo más memorable no es lo más elaborado, sino lo bien hecho.
Escribe: Nataly Vásquez
Fotos: Lum Food Photo