En la conversación con Joao de Souza – Peixoto y Nashla Silva-Pró, socios y dueños de Proyecto Onze, hay una frase que desarma cualquier expectativa sobre arquitectura o interiorismo: las personas no recuerdan un espacio por cómo se ve, sino por cómo se sienten dentro de él. Lo dicen sin énfasis. Como si no fuera una tesis, sino una constatación. Y sin embargo, ahí comienza todo.

Cuando el diseño dejó de ser superficie
Onze no nació como un estudio obsesionado con la forma. Nació cuando entendieron que la estética, por sí sola, no explica por qué alguien decide quedarse más tiempo del previsto en una casa o por qué una rutina cambia después de una remodelación. El punto de quiebre no fue un premio ni una publicación: fue el agradecimiento inesperado de un cliente que habló de calma en lugar de materiales.
Hasta entonces, el discurso era el habitual: iluminación, composición, distribución. Luego apareció una evidencia más compleja. El espacio no era un contenedor sino un estado emocional. A partir de ahí, dejaron de pensar en interiores como un ejercicio de estilo y comenzaron a diseñar experiencias. “Feel the Space” no es un lema gráfico; es una toma de posición frente a la arquitectura contemporánea que prioriza la imagen sobre la vivencia.
El vacío como disciplina
Para Proyecto Onze, la funcionalidad es condición mínima, nunca suficiente. Una casa puede operar con precisión y, aun así, no sostener a quien la habita. Por eso el proyecto empieza antes del plano, en los ritmos cotidianos, en la energía particular de cada cliente. No buscan imponer un lenguaje reconocible; buscan revelar una identidad.
El vacío ocupa un lugar central en esa filosofía. No como ausencia, sino como territorio donde ocurre la vida. No diseñan cada centímetro. Dejan respirar al espacio. La luz natural, la acústica, las transiciones entre ambientes pesan tanto como el mobiliario. La forma organiza; la atmósfera conmueve. A veces el gesto más radical no es agregar, sino retirar. Simplificar. Permitir que el silencio arquitectónico aparezca y haga su trabajo.

Contra la tentación de la imagen
En un mercado que celebra lo fotogénico y lo replicable, Onze sostiene una ética incómoda: no diseñan para la fotografía. Diseñan para la vida diaria. Esa decisión los obliga a renunciar a soluciones que funcionarían en términos comerciales pero que traicionarían la experiencia real del usuario.
No repiten proyectos. No estandarizan fórmulas. La coherencia es el principio no negociable. Si una decisión estética compromete la comodidad, la iluminación natural o la sensación de calma, simplemente no entra en el plano. Prefieren materiales que envejezcan con dignidad y distribuciones que acompañen cambios de vida. Lo que buscan no es impacto inmediato, sino duración emocional.
Hay una escena que utilizan como medida interna del éxito: alguien entra, baja la voz sin darse cuenta, se sienta sin prisa, cambia su ritmo. En ese gesto involuntario, el espacio confirma que está funcionando.

Dentro de veinte años, dicen, no esperan reconocimiento. No buscan que alguien pregunte quién diseñó ese lugar. Les bastaría con que quien entre sienta calma y ganas de quedarse. Que el espacio reciba sin imponerse. Que acompañe celebraciones, conversaciones y silencios sin reclamar protagonismo.
Si la arquitectura es memoria materializada, Proyecto Onze apuesta por recuerdos habitables. No diseñan espacios. Diseñan la relación entre las personas y su vida cotidiana. Y en esa relación —invisible, persistente— se juega la verdadera permanencia.
Escribe: Nataly Vásquez