La tarde del 4 de diciembre en Miraflores tenía algo de antesala íntima. Una luz oblicua —esa que Lima guarda para los días en que quiere parecer más europea que tropical— caía sobre la tienda Thermomix de La Mar. Allí, entre murmullos atentos y gestos de descubrimiento, la nueva TM7 se revelaba por primera vez al público peruano. No como un objeto, sino como una narrativa: la promesa de una cocina donde precisión y sensibilidad conviven sin estridencias.

Una nueva era culinaria
El evento, curado casi como una exposición de diseño contemporáneo, reunió a representantes de la marca, invitados especializados y a la comunidad que ha hecho de Thermomix un símbolo de eficiencia intuitiva. Desde Chile llegó uno de los voceros clave de la firma, sumándose al equipo comercial y a los principales líderes de venta en Perú. El ambiente tenía el pulso de una conversación colectiva: ¿cómo evoluciona un objeto que ya es referente? La TM7 respondió no con discursos, sino con demostraciones que dejaban entrever un horizonte más amplio.
La pantalla táctil ampliada, más nítida y fluida, se convirtió en la primera señal de ese futuro. Luego, los nuevos modos automáticos —donde la precisión parece obra de un artesano digital— marcaron una pauta distinta: cocinar ya no es un proceso lineal, sino una coreografía inteligente. A ello se sumaron mejoras en el sistema de cocción, que afinaron el control de temperaturas y texturas, y una conectividad avanzada pensada para integrar recetas, actualizaciones y contenidos exclusivos sin fricciones. Todo con la elegancia de lo inevitable.

Demostraciones que hablan del gusto
Entre las activaciones, los asistentes descubrieron cómo la TM7 no solo ejecuta, sino interpreta. Cada plato preparado en vivo parecía una breve escena: el vapor disciplinado, el sonido suave del motor, la transición de una mezcla a una textura final que rozaba la exactitud. Era tecnología, sí, pero también una invitación a reimaginar el acto cotidiano de cocinar como un territorio creativo, tanto en hogares exigentes como en cocinas profesionales.
Las imágenes del evento —risas contenidas, pantallas iluminadas, gestos de sorpresa— capturaron esa energía que rara vez se planifica: la sensación de estar presenciando un punto de inflexión. La TM7 no busca reemplazar la experiencia humana, sino amplificarla, como si entendiera que en cada receta hay un deseo tácito de orden, tiempo y belleza.






La noche dejó un eco discreto, casi táctil. La idea de que, en ciertos objetos, la innovación no es un salto ruidoso, sino un refinamiento continuo. Así llegó la TM7 a Perú: como un recordatorio de que las verdaderas revoluciones —las que permanecen— empiezan en silencio, en la intimidad de una cocina donde todo parece posible.
Escribe: Nataly Vásquez