A los 10 años, Valery recibió de su mamá un regalo que terminaría anticipando una profesión: sus primeras brochas Bobbi Brown. Mucho antes de convertir el maquillaje en una carrera, ya disfrutaba arreglando a las mujeres de su familia para sus eventos y observando el trabajo de maquilladores de otros países. Hoy, después de formarse en Perú y Colombia y de desarrollar una trayectoria que abarca maquillaje profesional, novias, campañas de belleza y e-commerce, aquella curiosidad infantil se ha transformado en una mirada propia, donde la técnica importa tanto como la capacidad de entender a quién se tiene delante.

Antes del maquillaje está la mirada
La historia profesional de Valery no comienza con una tendencia ni con una intención de transformar rostros. Comienza mucho antes, cuando el maquillaje despertaba en ella una curiosidad que todavía conserva. Miraba el trabajo de profesionales de otros países y encontraba allí una posibilidad que, con el tiempo, dejó de parecer un sueño lejano para convertirse en una forma concreta de trabajar.
Ese origen también explica una parte importante de su propuesta actual. Para Valery, el maquillaje no consiste en imponer una imagen, sino en reconocer aquello que ya existe en cada mujer y encontrar la manera de resaltarlo. La técnica aparece después de una lectura más personal: qué le gusta, cómo suele verse, qué quiere transmitir y qué elementos de sus facciones merecen atención.
Esa perspectiva ha ido dando forma a Valery Loreine como marca personal y como estudio. Su trabajo combina formación, criterio estético y una atención cercana que busca que la clienta participe de su propia transformación sin dejar de reconocerse en el resultado. En esa diferencia, entre verse distinta y verse más ella misma, está buena parte de su manera de entender la belleza.
El rostro también cuenta una historia
En el maquillaje para novias, esa lectura adquiere otra dimensión. No se trata solamente de construir un look que funcione durante varias horas o que tenga un buen resultado frente a una cámara. Antes de decidir texturas, intensidad o acabados, Valery empieza escuchando. Quiere saber cómo se maquilla habitualmente una mujer, qué le gusta de su rostro y cómo imagina ese día que lleva meses construyendo en su cabeza.
A partir de ahí, cada elección encuentra su lugar. La preparación de la piel, la intensidad de la mirada y el equilibrio del conjunto responden a una misma intención: que el maquillaje acompañe a la mujer sin convertirse en protagonista. Para Valery, el maquillaje de novia debe ser elegante, auténtico y atemporal, pero también suficientemente personal como para que ella pueda sentirse cómoda desde el primer momento.
Hay una idea especialmente reveladora en su manera de trabajar con novias: la preparación también forma parte de la experiencia. En medio de una jornada cargada de decisiones, personas y expectativas, ese momento previo puede convertirse en un espacio de calma. La imagen quedará registrada en fotografías, pero también permanecerá la sensación de cómo se vivió ese día. Para Valery, ambas cosas importan.



Del estudio hacia nuevas formas de belleza
Su trabajo tampoco termina frente al espejo de una clienta. Experiencias como Glowbar le han permitido llevar su conocimiento hacia un espacio más abierto, donde el maquillaje deja de ser únicamente un servicio para convertirse en una oportunidad de descubrimiento. Allí, enseñar una técnica o conversar sobre un producto puede ayudar a que una mujer entienda mejor su propio rostro y encuentre nuevas maneras de expresarse.
Las campañas de belleza abren otra puerta. En ellas, Valery cambia de registro y pone su mirada al servicio de una idea visual. Interpretar la identidad de una marca, trabajar junto a otros profesionales y traducir un concepto a través del maquillaje le permite explorar una dimensión distinta de su profesión, una en la que el rostro también forma parte de un lenguaje.
Esa capacidad de moverse entre lo personal y lo visual revela una concepción más amplia del maquillaje. No se trata únicamente de aprender a maquillarse, sino de desarrollar criterio sobre la propia imagen. Un color puede despertar curiosidad, una técnica puede cambiar la manera de mirar un rostro y un detalle aparentemente pequeño puede terminar incorporándose a un estilo personal. En esa posibilidad de experimentar, Valery encuentra una de las partes más estimulantes de su oficio.
Lo que empieza en Perú no tiene por qué quedarse aquí
Después de certificarse en Perú y Colombia y de ampliar su formación a través de experiencias en otros países, Valery mira el crecimiento de su marca desde una perspectiva que va más allá de consolidar un nombre propio. Su intención es convertir Valery Loreine en una marca de belleza reconocible dentro y fuera del Perú, con una identidad capaz de mantenerse consistente a medida que crece.
Para hacerlo, sabe que no basta con ampliar la presencia del Studio. También será necesario fortalecer al equipo, enriquecer la experiencia y desarrollar nuevas colaboraciones que permitan llevar su propuesta hacia otros mercados. La expansión, en su visión, no significa dejar atrás aquello que construyó la marca, sino encontrar la manera de conservarlo mientras adquiere nuevas dimensiones.
Su ambición es grande, pero la forma de expresarla resulta reveladora. Valery no habla de crecer a cualquier costo, sino de cuidar cada etapa para que, allí donde una clienta se encuentre con la marca, pueda reconocer una misma dedicación y una misma sensibilidad. Esa consistencia puede ser uno de los mayores desafíos cuando una propuesta personal empieza a convertirse en algo más amplio.



Quizá por eso aquella niña que recibió unas brochas a los 10 años todavía está presente en la manera en que Valery entiende su profesión. La curiosidad sigue siendo el punto de partida, solo que ahora tiene detrás años de formación, experiencia y una visión mucho más definida. Su siguiente etapa no parece consistir únicamente en llegar más lejos, sino en descubrir hasta dónde puede llevar una mirada que comenzó aprendiendo a observar antes de aprender a maquillar.
Porque cuando el maquillaje consigue hacer su trabajo sin borrar a quien lo lleva, deja de ser simplemente una cuestión de apariencia. Se convierte en una forma de reconocimiento. Y esa parece ser la idea que Valery ha elegido llevar consigo, desde aquellas primeras brochas hasta la marca que hoy imagina más allá del Perú.
Escribe: Nataly Vásquez



