TARQ Studio: Del oficio artesanal a la arquitectura internacional

POR NATALY

La arquitectura de TARQ Studio no empieza cuando aparece un plano, sino bastante antes, en una forma de entender el oficio que viene de la carpintería, de los procesos que toman tiempo y de una...

La arquitectura de TARQ Studio no empieza cuando aparece un plano, sino bastante antes, en una forma de entender el oficio que viene de la carpintería, de los procesos que toman tiempo y de una pregunta que sigue abierta: qué hace que un espacio realmente funcione para quien lo habita. Desde Bogotá, Santa Marta, Miami y ahora Madrid, el estudio ha construido una práctica capaz de moverse entre una plaza pública de 3.000 m² y un espacio íntimo presentado en Casa Decor 2026, sin que esa distancia implique cambiar de convicción.

Antes de dibujar, entender

En TARQ, la arquitectura se aprendió primero desde el hacer. La infancia en una planta de carpintería familiar dejó una idea que todavía atraviesa su manera de trabajar: una pieza no demuestra su calidad cuando se entrega, sino cuando han pasado los años y sigue respondiendo como debería. Aquella experiencia también enseñó que cada proceso puede tener su propio ritmo y, aun así, formar parte de una misma pieza. Hoy esa lógica se traduce en proyectos divididos en etapas precisas, conectadas por una misma idea.

De ahí surge una de las incomodidades que el estudio decidió convertir en método: esa distancia que puede existir entre lo que un espacio promete y lo que realmente hace sentir. No siempre se trata de un problema evidente. A veces es una casa que no termina de sentirse propia, una habitación que nadie utiliza o una distribución que funciona sobre el papel pero no acompaña la manera en que una familia vive.

Por eso, antes del dibujo, TARQ dedica tiempo a construir lo que denomina el alma del proyecto. Se trata de entender quién va a habitarlo y qué necesita de ese lugar, incluso cuando todavía no sabe expresarlo con claridad. Cómo se vive una mañana, qué sucede cuando llegan invitados, qué recuerdos aparecen al hablar de una casa de infancia o qué espacios se prefieren evitar pueden ser datos tan importantes como una medida o un programa arquitectónico.

Esa lectura exige algo más que escuchar respuestas. También implica reconocer aquello que aparece entre líneas sin convertirlo en una excusa para imponer una visión propia. En ese punto, la arquitectura deja de ser una disciplina que simplemente resuelve y empieza a negociar con la vida real, con sus contradicciones y con aquello que las personas todavía están tratando de entender sobre sí mismas.

La belleza llega después

En esa lógica, la estética ocupa un lugar importante, pero no necesariamente el primero. Una puerta tiene una altura determinada porque un cuerpo necesita atravesarla; un mesón responde a la dimensión de una persona que trabaja sobre él. Para TARQ, esa misma relación entre cuerpo y espacio también existe en aquello que no puede medirse con facilidad, como el encuentro, la privacidad o la sensación de recogimiento.

Las decisiones que después pueden parecer puramente estéticas nacen de esa información. Una determinada altura, una entrada de luz o un material elegido por la manera en que envejece son respuestas a una forma concreta de vivir. La arquitectura residencial, entonces, no busca imponer una imagen terminada, sino encontrar una estructura capaz de acompañar a quienes la habitan.

Quizá por eso el estudio no trabaja desde un estilo reconocible que pueda repetirse de proyecto en proyecto. La sofisticación aparece cuando las distintas partes de un espacio consiguen relacionarse con naturalidad, cuando material, uso, proporción y emoción responden a una misma idea sin competir entre sí. Para TARQ, esa arquitectura contemporánea encuentra su elegancia precisamente ahí, en una coherencia que no necesita ser explicada para sentirse.

También hay una postura frente a la innovación. No necesariamente consiste en inventar una forma nueva, sino en mirar de otra manera cómo se fabrica, cómo se ensambla una pieza o cómo pueden encontrarse dos materiales que, en principio, no estaban destinados a convivir. El oficio vuelve a aparecer como punto de partida, incluso cuando el resultado pertenece a un lenguaje contemporáneo.

Colombia, sin una sola imagen

La identidad colombiana ocupa un lugar particular dentro de esta búsqueda porque el territorio aporta mucho más que una referencia visual. Materiales, clima, técnicas heredadas y formas de construir forman parte de las variables que TARQ considera en cada proyecto. Pero incorporarlas no significa reproducirlas literalmente. El reto está en permitir que dialoguen con su tiempo.

Esa posición se entiende mejor cuando se observan dos proyectos tan distintos como Plaza Luna Vallenata, una plaza de mercado de 3.000 m² desarrollada para la Gobernación del Cesar, y Dos Latitudes, la propuesta que TARQ presentó en Casa Decor 2026, en Madrid. Uno pertenece a la escala pública, al uso cotidiano de una comunidad y a las exigencias concretas de un edificio que debe mantenerse durante décadas. El otro trabaja desde una dimensión íntima, privada y mucho más cercana al encuentro.

Entre ambos existe una misma preocupación por la permanencia. En Plaza Luna Vallenata, el verdadero desafío no estaba en cómo se vería el proyecto durante su inauguración, sino en cómo respondería veinte años después frente al mantenimiento y al uso cotidiano de un edificio público en Colombia. Es una cuestión menos visible que la imagen arquitectónica, pero decisiva para determinar si una obra realmente funciona.

En Madrid, esa misma mirada tomó otra forma. TARQ fue el primer estudio colombiano en participar en Casa Decor Madrid y obtuvo el premio Extraordinario Ángeles Barbería entre 47 participantes. En Dos Latitudes, la tradición artesanal colombiana tampoco aparece como un recurso decorativo. El estudio la trata como materia de trabajo, susceptible de ser desmontada, comprendida y llevada hacia otro uso.

La mesa central del proyecto nace precisamente de tres vasijas en werregue, una técnica de cestería del pueblo Wounaan del Chocó que puede tomar alrededor de dos años de trabajo. Tradicionalmente vinculadas a la conservación de alimentos y al transporte de agua, estas piezas fueron transformadas por TARQ en una mesa de comedor, trasladando una técnica ancestral hacia el centro de un espacio contemporáneo dedicado al encuentro.

Más que fijar una imagen de lo que debe ser la arquitectura colombiana, el estudio parece interesado en ampliar el campo de posibilidades. Lo público y lo privado, lo monumental y lo íntimo, lo abierto y lo introspectivo pueden pertenecer a una misma práctica siempre que detrás exista el mismo nivel de exigencia.

Lo que queda cuando nadie explica

Pensar en una arquitectura que seguirá existiendo dentro de treinta o cuarenta años obliga a cambiar la pregunta. Ya no importa tanto si el proyecto conserva intacta la intención de quienes lo diseñaron, sino si todavía consigue acompañar a las personas que lo usan. Para TARQ, esa diferencia es fundamental.

En un edificio público, significa construir con recursos reales y asumir que la obra deberá resistir el uso diario de una comunidad durante décadas. En una casa, significa permitir que quienes viven allí puedan transformarla con el tiempo sin destruir aquello que le da carácter. Una arquitectura demasiado dependiente de las condiciones exactas de su entrega corre el riesgo de envejecer junto con ellas.

La vida, en cambio, nunca permanece quieta. Cambian las familias, los hábitos, las necesidades y las maneras de ocupar una habitación. Un proyecto capaz de admitir esas transformaciones conserva algo que no depende de su novedad. Puede seguir siendo útil, incluso cuando ya nadie recuerda exactamente por qué fue concebido de esa manera.

Quizá esa sea la medida más exigente para TARQ. No que dentro de cuatro décadas alguien reconozca su firma en una fachada, sino que una persona pueda trabajar, recibir amigos, discutir, crecer o envejecer dentro de uno de sus espacios y sentir que ese lugar todavía le pertenece. La arquitectura habrá hecho su trabajo cuando pueda permanecer sin necesitar explicación.

Escribe: Nataly Vásquez

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