A los 11 años, Calem ya tiene una relación poco común con la cocina: no solo prepara platos, también busca entender cómo se hacen, quién puede enseñarle una técnica nueva y qué podría intentar después. Lo que comenzó durante la pandemia, entre juegos de cocina, plastilina y recetas preparadas en familia, terminó convirtiéndose en una comunidad que hoy sigue sus aventuras gastronómicas. Pero detrás de los videos, los restaurantes y las colaboraciones hay una pregunta más interesante: qué sucede cuando el talento de un niño empieza a encontrar un espacio propio y cómo acompañarlo sin convertir esa curiosidad en una obligación.

Cuando cocinar todavía era un juego
La historia de Calem con la cocina no comenzó frente a una cámara ni con la intención de construir una audiencia. Durante la pandemia, cuando la vida familiar se había reducido al espacio de la casa, encontró en cocinar una manera más de entretenerse. Ayudaba a su nana, jugaba a preparar platos con plastilina y, de vez en cuando, inventaba hamburguesas y otras creaciones para su familia. Su papá también cocinaba, así que la cocina terminó siendo un territorio compartido.
Un día llegaron unos cuchillos de plástico diseñados para niños y, con ellos, la posibilidad de que Calem empezara a participar de manera más activa. Su hermano comenzó a grabarlo y a editar algunos videos que luego subían a YouTube. La dinámica seguía teniendo algo de juego entre hermanos hasta que apareció una receta que cambió la escala de lo que estaban haciendo: un arroz con pato. La publicaron en TikTok y la respuesta fue inmediata. Poco después, un video preparando pan con pollo alcanzó un millón de reproducciones durante una noche. La comunidad apareció antes de que ellos tuvieran tiempo de imaginarla.
Desde entonces, Chef Calem comenzó a crecer de manera orgánica, pero la pantalla nunca terminó de explicar todo lo que ocurre alrededor de la cocina. Calem también cocina cuando nadie lo está grabando y tiene una particular afición por organizar lo que él mismo llama sus «cenas elegantes». Arregla la mesa, elige la vajilla, coloca las servilletas y prepara un plato especial con ayuda de quien esté en casa. Esa parte resulta reveladora porque devuelve la cocina a su origen: antes que contenido, sigue siendo una actividad que disfruta.
La curiosidad también necesita espacio
La exposición pública introduce una dificultad que sus padres tienen muy presente. La cocina puede parecer una actividad sencilla de mostrar en redes, pero cuando quien aparece frente a una cámara tiene 11 años, la relación entre talento, entretenimiento y obligación requiere otros límites. Para la familia, la regla es clara: Calem cocina porque quiere hacerlo, no porque tenga que hacerlo para mantener una audiencia.
Hay días en los que prefiere jugar con sus amigos o simplemente no entrar a la cocina. En otras ocasiones quiere preparar algo, pero sin cámaras. Y si recibe una invitación para cocinar, solo participa cuando realmente le entusiasma. Esa libertad no significa ausencia de disciplina, sino una forma distinta de entender el aprendizaje, una en la que la motivación sigue perteneciendo al niño.
La misma lógica aparece cuando se habla de su futuro. Si algún día quiere convertirse en chef profesional, tendrá el respaldo de su familia, pero también lo tendrá si decide tomar otro camino. La cocina puede ser una vocación, pero no tiene por qué convertirse todavía en un destino definido. Mientras tanto, Calem sigue explorando otras áreas: toma clases de guitarra, juega fútbol y practica básquetbol. Su identidad no está construida únicamente alrededor de lo que hace bien frente a una cámara.


Cada técnica abre una pregunta nueva
Parte del atractivo de su recorrido está precisamente en esa disposición a seguir aprendiendo. Desde el comienzo, Calem miraba a cocineros como Giacomo Bocchio, Waldir Maqqe, Gastón Acurio, Rodrigo Fernandini, Ximena Llosa y José del Castillo, entre otros, y encontraba en sus preparaciones una razón para intentar algo nuevo. Si un plato llamaba su atención, quería entender cómo podía recrearlo.
Ese interés lo ha llevado a experiencias que van más allá de seguir una receta. Ha aprendido a preparar ceviche, ha trabajado con fuego en un wok junto al chef Roger Arakaki y ha experimentado con procesos como limpiar pescado fresco o despiezar un pollo. Cada encuentro con un cocinero introduce una técnica distinta y, con ella, la posibilidad de asumir un reto que antes parecía fuera de alcance. Para Calem, aprender cocina también significa comprobar que puede hacer algo que todavía no sabía hacer.
Sus padres, además, han tenido que aprender con él. Ambos son arquitectos, no chefs, y muchas de las preparaciones que Calem ha querido intentar han quedado fuera de lo que podían enseñarle directamente. Makis, picarones, paella o turrón han obligado a buscar ayuda en otras personas. Esa limitación terminó convirtiéndose en parte del proceso: aprender a reconocer cuándo una habilidad todavía no está al alcance y cuándo es necesario buscar a alguien que pueda enseñarla.
En ese recorrido, el error también tiene un lugar. No todo sale a la primera y no todas las recetas pueden resolverse en casa con los recursos disponibles. Pero quizá esa sea una de las partes más valiosas de su formación. La cocina no aparece como una sucesión de platos exitosos, sino como un ejercicio de prueba, paciencia y descubrimiento, donde cada dificultad puede convertirse en el comienzo de otra pregunta.
La siguiente receta todavía no está escrita
Pensar en el futuro de Calem implica resistirse a definirlo demasiado pronto. Hoy tiene 11 años y sus padres prefieren concentrarse en que tenga una buena formación, se divierta y conserve esa curiosidad que lo llevó inicialmente a la cocina. Ha podido recibir formación en instituciones como Le Cordon Bleu y acercarse a profesionales que amplían su manera de entender la gastronomía, pero son experiencias que se incorporan a su recorrido sin imponerle una dirección definitiva.
La pauta, dicen sus padres, la marca él. Si aparece un reto y logra superarlo con entusiasmo, pueden avanzar hacia el siguiente. Esa manera de acompañarlo permite que el aprendizaje tenga una característica poco frecuente en una época donde la exposición puede acelerar los procesos: tiempo. Tiempo para probar, equivocarse, descubrir qué le interesa y decidir cuánto quiere profundizar.

La historia de Calem todavía está demasiado abierta como para resumirla en la idea de un niño que quiere ser chef. Quizá lo más interesante sea justamente lo contrario. Tiene la oportunidad de descubrir, con acompañamiento y sin una obligación de permanecer en un solo camino, qué quiere hacer con aquello que hoy le despierta curiosidad. La cocina le ha dado una comunidad, pero también algo menos visible y probablemente más importante: un lugar donde aprender que cada nueva habilidad puede llevar a una pregunta distinta.
Y mientras esa pregunta siga apareciendo, todavía habrá muchas recetas por intentar.
Escribe: Nataly Vásquez



