Para Katja Schaus Egg, la relación con la naturaleza empezó mucho antes de PAQARINA. Creció en Oxapampa, rodeada de bosque y biodiversidad, con una cercanía a las plantas que con los años dejó de ser solo parte de su infancia para convertirse en una pregunta personal: qué podía construir desde aquello que conocía y cómo podía hacerlo de una manera coherente con el territorio que la había formado. La respuesta llegó poco a poco, primero desde la cosmética natural y después desde una idea más amplia sobre el consumo, la conservación y la forma de hacer empresa.

Una inquietud que encontró su propio camino
Cuando Katja se convirtió en mamá, esa inquietud adquirió otra dimensión. Empezó a pensar en el mundo que quería dejarles a sus hijos y en la posibilidad de construir algo que tuviera sentido más allá de una actividad comercial. Había explorado distintos caminos hasta que un curso de cosmética natural con una fitoterapeuta despertó una curiosidad que ya estaba ahí, aunque todavía no tuviera una forma definida.
Lo que comenzó como aprendizaje terminó abriendo una perspectiva distinta. Katja entendió que una fórmula podía hablar también del territorio de donde provenían sus ingredientes, de los conocimientos que habían pasado entre generaciones y de la responsabilidad que existe detrás de cada decisión de consumo. Así comenzó a tomar forma PAQARINA, una marca de cosmética natural peruana que encontró en la biodiversidad una oportunidad para crear, pero también una razón para conservar.
Esa relación con el territorio sigue siendo parte de su manera de entender el proyecto. No se trata únicamente de utilizar ingredientes locales, sino de preguntarse qué ocurre antes de que lleguen a una fórmula y qué consecuencias puede tener su aprovechamiento. En esa pregunta empieza buena parte de la identidad de PAQARINA.

Lo que una fórmula también cuenta
En PAQARINA, elegir un ingrediente implica mirar más allá de sus propiedades. Katja pone atención en su procedencia, en la forma en que fue cultivado o extraído, en las personas que participan en ese proceso y en la posibilidad de trabajar con materias primas que mantengan sus características sin perder de vista el impacto sobre el entorno.
Esa búsqueda también ha llevado a la marca hacia las abejas nativas sin aguijón, una parte de la biodiversidad peruana que hoy ocupa un lugar importante en su investigación. PAQARINA cuenta con un meliponario dentro de un área de regeneración y viene desarrollando una línea de cuidado facial elaborada con insumos provenientes de estas abejas. La propuesta reúne investigación, conocimiento e innovación, pero conserva una premisa sencilla: utilizar los recursos del territorio sin desvincularlos del ecosistema al que pertenecen.
Para Katja, hacer un buen producto supone asumir esa responsabilidad desde el principio. La calidad no termina en lo que una persona aplica sobre su piel, porque detrás de cada ingrediente existe una cadena de personas, decisiones y territorios que también forman parte de la historia del producto.



La sostenibilidad empieza cuando deja de ser discurso
Hablar de sostenibilidad es sencillo cuando permanece en el terreno de las intenciones. Llevarla a la práctica exige decisiones menos visibles y compromisos que se sostienen en el tiempo. En PAQARINA, esa mirada se traduce en acciones concretas, entre ellas la conservación de un bosque nativo de 140 hectáreas en Oxapampa y la regeneración de siete hectáreas bajo principios de permacultura.
El proyecto también trabaja con productores locales que comparten una preocupación por el cuidado de las personas y de la Tierra. Para Katja, ese vínculo ha permitido descubrir que el cambio no necesariamente depende de una sola iniciativa, sino de la capacidad de conectar esfuerzos que ya existen y construir a partir de ellos.
Esa idea resulta especialmente relevante en un momento en que muchas marcas buscan incorporar el lenguaje de la sostenibilidad a su identidad. PAQARINA parece plantear una pregunta más incómoda y, por eso mismo, más interesante: qué pasa cuando la sostenibilidad deja de ser una característica de una marca y empieza a formar parte de la manera en que esa empresa toma decisiones.

El consumidor también forma parte de la conversación
La historia de PAQARINA empezó con un producto y un pequeño espacio en San Bartolo. Desde entonces, la marca ha crecido hasta superar los 25 productos y establecer alianzas con tiendas, distribuidores y productores que comparten una visión similar. Sin embargo, para Katja, el crecimiento no parece medirse únicamente en cantidad.
Su mirada vuelve una y otra vez al consumidor y a las preguntas que puede hacerse antes de comprar. De dónde viene aquello que está eligiendo, quién lo produjo, cómo fue elaborado y qué impacto tiene. En esa pausa antes de consumir existe una posibilidad de cambio que no depende únicamente de las empresas, sino también de las decisiones cotidianas de quienes las eligen.
Es una perspectiva que coloca a la cosmética en un lugar más amplio. Cuidar la piel puede convertirse también en una manera de acercarse al origen de lo que usamos y de reconocer que nuestros hábitos tienen consecuencias fuera de nosotros mismos. PAQARINA encuentra ahí una parte importante de su propósito, no en decirle al consumidor qué debe hacer, sino en abrir la posibilidad de mirar con mayor atención.
Katja imagina el futuro de PAQARINA como una red capaz de conectar personas, territorios e iniciativas que comparten esa inquietud. Su idea de crecer no pasa solamente por llegar a más lugares, sino por ampliar una comunidad que entiende que hacer empresa también puede ser una forma de relacionarse con el entorno.



Quizás esa sea la parte más interesante de su historia. Katja no empezó buscando construir una marca de cosmética, sino una manera más coherente de vivir aquello que siempre había sentido cerca. PAQARINA apareció en ese recorrido y terminó convirtiéndose en una forma concreta de llevar esa pregunta al mercado. En un tiempo en que consumir también implica elegir qué tipo de mundo queremos sostener, quizá hacer empresa de otra manera empiece justamente por preguntarse de dónde venimos antes de decidir hacia dónde queremos crecer.
Escribe: Nataly Vásquez



